Uno empieza queriendo una vida tranquila y acaba queriendo una vida sin vida. Sin discusiones, sin sobresaltos, sin personas inoportunas, sin errores y sin ninguna posibilidad seria de hacerse daño. Una vida perfectamente ordenada, donde nada irrumpe, nada descoloca y nada obliga a salir de sitio. Muy segura. Muy limpia. Muy previsible. Muy parecido a una sala de espera, de esas en las que uno no sabe muy bien qué está esperando, pero procura no tocar nada mientras tanto.

Queremos enamorarnos, pero con una cláusula que nos permita salir ilesos. Que alguien nos importe lo suficiente como para cambiarlo todo, aunque no tanto como para desordenarnos la semana. Queremos viajar, pero sin turistas; vivir en una ciudad, pero sin ruido; tener amigos, aunque agradeceríamos que vinieran sin algunas de sus manías. Nos gustan las cosas. Lo que llevamos peor son las cosas que vienen con las cosas.

Con el fútbol ocurre algo parecido. Hay gente a la que le gusta muchísimo el fútbol, siempre que el fútbol no se empeñe en comportarse como el fútbol. Que haya partidos, goles, penaltis y alguna polémica arbitral para llenar la semana. Pero nada de política. Nada de futbolistas opinando sobre asuntos que no incluyan un balón. Nada de propietarios, fondos soberanos, precios de entradas, barrios, racismo, protestas o cualquier otra cuestión que tenga la mala educación de recordarnos que los estadios no flotan en el espacio.

Quizá el problema de “solo fútbol” sea el adverbio. Galeano veía en él barrios, ciudades, naciones, negocios, fiestas y conflictos; llegó a escribir que el fútbol podía ser muchas cosas y, aun así, “mucho más que eso”. Nosotros preferimos una versión más manejable. Una en la que el mundo se detenga educadamente en los tornos del estadio y dentro solo entren la táctica, el árbitro y, con permiso, el mercado de fichajes. Todo lo demás parece contaminar el juego. Como si el fútbol hubiera llegado hasta aquí precisamente gracias a no significar nada.

Quizá por eso llevamos años intentando separar el fútbol de la política cuando podríamos ser bastante más ambiciosos. Separémoslo también de la economía, de la historia, de las ciudades, de las migraciones, de las protestas, de los precios y de cualquier futbolista que cometa la imprudencia de tener una opinión después del entrenamiento. Que jueguen, que corran, que nos puntúen bien en el Fantasy y, sobre todo, que no se vengan arriba pensando que son ciudadanos.

También podríamos vaciar los clubes de todo aquello que signifique algo. Fuera los barrios, fuera las familias, fuera las rivalidades heredadas y fuera la memoria. Dejemos el escudo, eso sí, que vende camisetas a precio de coltán. Y quizá el himno, siempre que nadie pregunte demasiado de dónde viene. Podemos conservar los colores, las bufandas y los cánticos. Y si pueden venir patrocinados por algún país con poco interés en los derechos humanos, pues casi que mejor. Todo lo necesario para que siga pareciendo fútbol, pero no tanto como para recordar por qué alguna vez llegó a importarnos.

Con un poco de paciencia conseguiremos por fin el fútbol perfecto. Sin política, sin historia, sin conflicto, sin preguntas y sin nadie diciendo nada incómodo. Dos porterías, un balón y veintidós tíos corriendo detrás. Justo aquello que llevábamos toda la vida diciendo que el fútbol no era.

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