Euforia contenida, pero difícil de contener. Estaba claro que esa iba a ser la sensación principal cuando Aston Martin presentase el AMR-26, el primer coche de la marca británica diseñado por Adrian Newey para que Fernando Alonso y Lance Stroll se batan el cobre en el mundial de Fórmula 1 de 2026. Una nueva temporada que llega, además, con un cambio en el reglamento que impone coches más pequeños, con un corte más agresivo (¡vuelve el rake!) y que deja atrás la denostada normativa del efecto suelo (2022-2025). Nuevos coches que, por sus proporciones en los alerones delantero y trasero y por su significativo recorte en tamaño, recuerdan a otras épocas muy gloriosas para el automovilismo español, cuando Fernando Alonso todavía no había cumplido la treintena y peleaba y ganaba mundiales en las primeras fases de su carrera. Tras muchos años de desilusión para el piloto asturiano, esta pretemporada ha arrancado con las expectativas muy altas: se juntan un piloto con un talento y experiencia históricas, un equipo que ha expresado sus deseos por ganar año tras año, y el diseñador más prestigioso y laureado de la historia de la categoría.
No hay milagros en la Fórmula 1 (con honrosas excepciones, como el título mundial de Jenson Button en 2009), es muy complicado que un equipo que se viene situando en la mitad de la tabla desde su fundación de repente dé un salto hasta la parte alta de la parrilla y Aston Martin ha llegado a los tests del Circuit de Barcelona-Catalunya, por qué no decirlo, de manera atropellada: tarde, sin haber probado el nuevo motor Honda, y sin siquiera haber presentado la livery del monoplaza con el que competirán este año. El primer día de test para Aston ha sido el jueves, mientras que otros equipos llevan metiendo vueltas desde el lunes, y poco o nada se sabe todavía de los rendimientos de los coches salvo por las especulaciones y sensaciones que siempre afloran en el invierno del motor. Por ende, cabría esperar prudencia e incluso incertidumbre, pero la realidad es otra: con todo y con eso, estaba muy claro que en cuanto el nuevo juguete de Newey pisara el asfalto del Circuit, la euforia se desataría. Y así fue, pero con razón: el diseño que presenta el bólido de Silverstone es afilado, muy trabajado, sin precedentes en la parrilla. Radical.
Sin que parezca que de repente en ElPlural.com nos hemos convertido en expertos en aerodinámica de coches de competición, lo cierto es que las sensaciones generales alrededor de las imágenes del AMR-26 son muy esperanzadoras. Es el típico coche que los aficionados al motorsport y a la Fórmula 1, tras décadas de ver carreras los domingos, lo ven y piensan: parece rápido. Luego comenzará la temporada y podrá serlo o no, pero el diseño de Newey ha hecho arquear muchas cejas. Entradas de aire únicas en los laterales. Cuernos en el intake superior. Suspensión trasera anclada al pilar del alerón. Pontones con una forma muy única en comparación al resto de la parrilla. Y la pieza más especial de todas entre el volante y el asiento: un piloto que pese a llevar trece años sin ganar una carrera y cuyo talento ha sido cuestionado en innumerables ocasiones, nunca se ha rendido, ha mantenido el hambre por ganar y ha demostrado lo que es capaz de hacer con coches muy por debajo de sus capacidades. Desde el garaje, un ingeniero que tiene en su haber 12 títulos de constructores con tres escuderías distintas: 1992, 1993, 1994 y 1996 con Williams, 1998 con McLaren, y 2010, 2011, 2012, 2013, 2022, 2023 y 2024 con Red Bull. ¿2026 con Aston Martin?
La euforia ya está desatada
En las redes, valoraciones por doquier han corrido como la pólvora: que si la nariz del coche es muy agresiva, que si tiene cuernos, que si el coche es una barbaridad, que si es radical (la palabra más repetida en la jornada del jueves, pese a que Lance Stroll solo dio cinco vueltas al detectarse un problema eléctrico en el vehículo), que si no se parece en nada a otros coches vistos con anterioridad, que si puerta grande o enfermería... la esquizofrenia colectiva de todos los años, aunque en este caso con algo más de justificación por el cambio de reglamento y todo lo que trae consigo y porque el equipo que comanda Lawrence Stroll cuenta con uno de los cerebros más espectaculares de la historia de la ingeniería de competición. From the pen to the pitlane.
Desde que Fernando Alonso volvió a la Fórmula 1, el objetivo siempre ha sido el mismo: ganar. El asturiano se retiró en 2018 de la categoría tras unos infames años en McLaren Honda en los que la escudería británica salió fatal parada con el reglamento turbo-hybrid (quién no recuerda aquel "GP2 engine, GP2... por radio), y tal será su suerte que, tras su retirada, tanto el motor Honda en Red Bull como la escudería McLaren han conseguido todos los títulos mundiales entre 2021 y 2025. Tras tres años de parón, regresó de la mano de Alpine en 2021 con un coche que consiguió dos podios en toda la temporada: la victoria de Esteban Ocon en el alocado Gran Premio de Hungría y el tercer puesto de Magic en Qatar, en una tensa carrera en la que Sergio Pérez le pisó los talones en el stint final.
Una segunda temporada en Alpine fue suficiente para cambiar de proyecto y dar el salto a Aston Martin en 2023, un cambio que supuso un tremendo acierto: Alonso y aquella bala verde cosecharon 6 podios en las primeras 8 carreras, incluyendo el agónico Gran Premio de Mónaco en el que Max Verstappen hizo magia para arrebatarle la pole position al asturiano y en el que un error estratégico ante la llegada de la lluvia dejó al alonsismo sin la '33'. Desde entonces, el rendimiento del coche de Silverstone cayó en picado y la primera mitad de 2023 se convirtió en un oasis de dulzura que no ha vuelto, con fines de semana puntuales algo más esperanzadores, pero sin grandes expectativas reales. Este 2026 parece venir a cambiar eso, al menos en los fríos y especulativos meses de pretemporada. En noviembre hablamos.