La victoria del FC Barcelona en la Supercopa de España frente al Real Madrid dejó titulares deportivos, pero también una imagen íntima que trascendió el resultado. Mientras el equipo celebraba el título sobre el césped de Yeda, Pedri se apartó unos minutos del ruido para cumplir una tradición muy personal: lanzar un penalti a su padre. No era un gesto improvisado ni una anécdota más. Era un ritual cargado de memoria, agradecimiento y sentido familiar.

Fernando González, padre del futbolista, se colocó bajo palos como tantas otras veces después de una final ganada. No había balón, así que ambos improvisaron con una botella de agua. Pedri la lanzó; Fernando la atrapó. El estadio ya casi vacío fue testigo de una escena sencilla y poderosa, repetida cada vez que el Barcelona levanta un trofeo desde que su hijo se consolidó en la élite. Para Pedri, ese penalti simboliza mucho más que una celebración: es una forma de devolverle a su padre un sueño que no pudo cumplir.

Fernando siempre quiso ser portero profesional. Estuvo a punto de debutar en Tercera División, pero la muerte del abuelo de Pedri lo obligó a hacerse cargo del negocio familiar y a dejar el fútbol en un segundo plano. Aquella renuncia marcó a la familia y, con el paso del tiempo, también al propio Pedri. Cada penalti tras un título es una manera de revivir ese camino truncado y de agradecer los sacrificios que hicieron posible su carrera.

No es el único gesto que los une. Cuando Pedri marca, suele dedicar el gol a su padre con el ya famoso gesto de las gafas. Son códigos internos que hablan de una relación muy estrecha y de una familia que vive el fútbol desde la cercanía, no desde el escaparate.

Una familia que nunca se soltó del fútbol

Detrás del centrocampista que domina los partidos con naturalidad hay una familia que ha sido clave en su formación personal y deportiva. Pedri nunca camina solo. Su madre, Rosy, ha sido el pilar emocional que le permitió crecer sin perder la calma ni la humildad, incluso cuando el foco mediático se volvió constante. Siempre ha preferido mantenerse en un segundo plano, pero su influencia en el equilibrio del futbolista es reconocida por quienes le rodean.

Su padre, Fernando, además de acompañarlo desde niño a entrenamientos y partidos, fue su primer referente futbolístico. Le inculcó valores como el trabajo, el respeto y la cabeza fría, especialmente en los momentos difíciles. No busca protagonismo, pero su figura está profundamente ligada a la manera de entender el fútbol que tiene Pedri: competir sin perder la esencia.

El vínculo familiar se extiende también a su hermano, Fernando, y a un entorno muy arraigado en Tegueste, en Tenerife, donde el apellido González López es sinónimo de deporte y compromiso social. De allí nace otra parte importante de esta historia: la Peña Barcelonista de Tegueste, fundada por el padre de Pedri en los años noventa, cuando ser del Barça en Canarias no era precisamente sencillo. Aquella peña empezó como reuniones en un bar para ver partidos y compartir fútbol, sin imaginar que, años después, uno de los suyos vestiría la camiseta azulgrana y ganaría títulos con ella.

Fernando González siempre ha contado que le habría pagado lo que fuera por que su padre hubiese visto a su nieto triunfar en el Barcelona. De algún modo, cada penalti que Pedri le lanza tras un título también va dirigido a esa memoria. Por eso la escena en Yeda no fue una simple curiosidad viral, sino la síntesis de una historia familiar donde el fútbol no es solo éxito, sino herencia, renuncia y gratitud.

En un deporte cada vez más dominado por cifras, contratos y ruido, la tradición de Pedri y su padre recuerda que, a veces, el gesto más pequeño explica mejor que ningún discurso por qué alguien juega como juega. Y por qué gana como gana.

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