Una carrera larga y exitosa no es garantía de una vida plena cuando se abandona el paraguas de la NBA. Paul Pierce ganó en torno a los 195 millones de dólares –solo en salarios– durante sus 19 temporadas en la mejor liga de baloncesto del mundo. Fue campeón con Boston Celtics, MVP de las Finales de 2008 y seleccionado diez veces para el All-Star. Su carrera le colocó en las más altas cotas de la época, como uno de los jugadores más reconocidos de su generación. Por mérito propio, el alero amasó una fortuna incalculable, pero la retirada vuelve mortales a quienes vivían en el Olimpo. Casi una década después de colgar las zapatillas, el dinero vuelve a situarlo en los titulares, pero esta vez por motivos ajenos a la pelota naranja. Su abogado asegura que la exsuperestrella atraviesa dificultades económicas para atender a sus obligaciones familiares.
Una afirmación que se desprende de un litigio judicial vinculado a la pérdida de sus ingresos regulares como comentarista de Fox Sports. Según la documentación recopilada por medios estadounidenses, Pierce percibía del orden de 119.000 dólares mensuales hasta el mes de agosto, cuando la cadena decidió prescindir de los servicios. Pese a declarar tales ingresos como desaparecidos, el exalero de los Celtics admite haber obtenido 23.000 dólares de participaciones empresariales durante el pasado mes de septiembre.
Sus compromisos económicos son considerables. El exjugador afirma que destina aproximadamente 28.000 dólares mensuales a manutención infantil y otros 20.000 a una pensión conyugal, que se suma además a otros gastos de índole personal y familiar. Entre tanto, declara que dispone de unos 300.000 dólares en cuentas bancarias, al margen de activos inmobiliarios valorados en tres millones. Pierce no se ha declarado en bancarrota, sino que el argumento sobre el que pivota su defensa es que la reducción de ingresos dificulta el cumplimiento de determinadas obligaciones. La contrapartida del procedimiento, Princess Santiago, cuestiona la información presentada y ha reclamado un examen pormenorizado de sus finanzas.
Las carreras son efímeras, pero los gastos, las inversiones y las responsabilidades familiares pueden prolongarse durante décadas
El caso de Pierce no es único. A lo largo de la historia, son numerosos los exjugadores que, tras retirarse de la actividad profesional, han llegado incluso a situaciones cercanas cuanto menos a la mendicidad. El de Delonte West fue uno de esos titulares que golpearon con fuerza a la NBA años atrás. Sin alcanzar tales cotas, el del exalero de Boston Celtics, entre otros, resignifica un debate que a menudo impacta en el deporte norteamericano y no es otro que la gestión de activos cuando desaparece la principal fuente de dinero. Las carreras son efímeras, pero los gastos, las inversiones y las responsabilidades familiares pueden prolongarse durante décadas.
La bancarrota de Antoine Walker
Pierce compartió vestuario en Boston con otro jugador que también se embolsó más de cien millones de dólares durante su carrera en la galaxia NBA. Antoine Walker fue tres veces All-Star y campeón con los Miami Heat en 2006. Amasó alrededor de los 108 millones en salarios profesionales. En 2010, sin embargo, apenas dos años después de abandonar la competición, ya estaba en la ruina.
Su historia permite extrapolar el asunto más allá de las fronteras de la liquidez que ahora alega Pierce. Walker perdió buena parte de su patrimonio entre inversiones inmobiliarias fallidas, gastos personales y ayudas económicas a familiares y amigos. En una entrevista publicada por Sports Illustrated en junio de 2016, el exjugador admitió que asumió responsabilidades monetarias que terminaron por ahogarlo económicamente. Durante años, entregó dinero a su entorno sin marcar límites y, cuando tuvo que examinar sus cuentas, comprendió que muchas de esas ayudas jamás tomarían el camino de vuelta.
En dicha conversación, Walker explicó que había perdido 18 millones de dólares en inversiones inmobiliarias. Es habitual que, mientras los jugadores se mantengan en activo, entreguen sus actividades económicas a otras personas, dado que ellos no pueden encargarse de supervisarlas diariamente. Las operaciones acabaron por comprometer una parte sustancial de su fortuna. El dinero convirtió al exjugador en la principal fuente de ingresos para su familia y amistades, pero lo expuso al mismo tiempo a decisiones empresariales para las que no estaba suficientemente preparado, tal y como admitió.
Durante años, entregó dinero a su entorno sin marcar límites y, cuando tuvo que examinar sus cuentas, comprendió que muchas de esas ayudas jamás tomarían el camino de vuelta
Tras declararse en bancarrota, comenzó a compartir su experiencia en iniciativas de educación financiera destinadas a deportistas. Entre sus principales advertencias resaltaba la moraleja aprendida a base de golpes y no es otra que la importancia de saber decir que no cuando alguien solicita ayuda económica; sin desdeñar un mal asesoramiento externo.
Los millones no son para siempre
Los contratos de la NBA reflejan salarios brutos. Las cifras anunciadas no equivalen al dinero que un jugador percibe tras la lupa de los impuestos, comisiones y otros gastos devengados de la actividad profesional. Tampoco todo el patrimonio acumulado puede utilizarse de manera inmediata para atender pagos. De hecho, una vivienda conserva un valor económico, pero no necesariamente se traduce en ingresos mensuales. Lo mismo ocurre con inversiones empresariales, que pueden permanecer en la cartera de activos sin generar la liquidez que se requiere.
El caso de Pierce es paradigmático en este sentido e ilustra ese matiz. Su defensa no sostiene que carezca de bienes, sino que sus ingresos actuales son insuficientes para afrontar determinadas obligaciones. De ahí que su situación no deba confundirse con un escenario de bancarrota como el de su excompañero Walker. Además se cruza una particularidad derivada del deporte profesional. Un jugador puede concentrar buena parte de los ingresos de toda su vida en una carrera relativamente corta. Tras ello, necesita dosificar lo acumulado y encontrar nuevas fuentes de financiación para sostener los gastos vitales.
Algunos antiguos jugadores optan por prolongar su vida deportiva en los banquillos. Otros, en cambio, se suben al tren de los medios de comunicación. También hay que descansa sus esperanzas económicas en otros negocios alejados de las canchas, pero los hay que encuentran mayores dificultades para desarrollar esa segunda vida; máxime cuando las inversiones realizadas en sus años en la súper élite no generan los resultados esperados.
La experiencia de Shaquille O'Neal
Shaq conoce perfectamente los riesgos de administrar grandes cantidades de dinero a una edad temprana. Ser uno de los mejores de la historia en su posición no es garantía de éxito. Ni tan siquiera inmediato. El ex de Lakers, Celtics o Magic, entre otros, ha admitido reiteradamente que cometió varios errores al comienzo de su carrera. En una entrevista concedida a Business Insider, el exjugador recordó a qué destinó su primer millón de dólares procedente de un acuerdo comercial. Compró tres Mercedes-Benz, uno para él y otros dos para sus padres, además de otros gastos en joyas y artículos variados.
El problema llegó al descubrir que no había descontado los impuestos ni las comisiones pertinentes. Un responsable de su banco le advirtió de la velocidad a la que estaba quemando el dinero. Entonces, Shaq decidió contratar asesoramiento financiero y, con los años, canalizó sus ingresos a través de inversiones y acuerdos empresariales. Su trayectoria fue bien distinta a la de Walker, aunque ambos necesitaron un golpe de realidad tras gestionar sus primeras ganancias. La letra con sangre entra, suele decirse.
Lo que sí expone el caso de O’Neal es que una decisión financiera puntual y cuestionable no tiene por qué arruinar una carrera económica, especialmente cuando el jugador dispone de margen para corregirla. Al mismo tiempo, exhibe la importancia de un buen asesoramiento antes de comprometer ingentes cantidades de dinero.
¿Mito o realidad?
Durante años, este debate ha ido de la mano de una sonora estadística: el 60% de los jugadores de la NBA termina arruinado durante los cinco años posteriores a su retirada. La estimación surgió de un reportaje publicado en la revista Sports Illustrated en 2009, circulando como la pólvora desde entonces. No obstante, no es fruto de un estudio estadístico con metodología pública y, por lo tanto, no permite verificar tal porcentaje. Investigaciones posteriores sobre las finanzas de deportistas retirados han desnudado las limitaciones de dicho estudio.
Los casos de Walker y otros antiguos profesionales acreditan que existen situaciones graves de insolvencia, pero no permiten calcular cuántos jugadores atraviesan un escenario semejante. De igual modo, sería impreciso concluir automáticamente a Paul Pierce entre los jugadores arruinados por las dificultades que alega en su procedimiento judicial. Sobre todo, teniendo en cuenta su cartera de activos materiales.
El sindicato también piensa en la retirada
La ausencia de una estadística fiable no ha impedido, sin embargo, que la NBA y sus representantes sindicales incorporen la preparación económica para la retirada a sus programas de asistencia. La Asociación Nacional de Jugadores de Baloncesto (NBPA) negocia con la liga las condiciones laborales y prestaciones que perciben los profesionales durante y después de sus carreras. Para muestra, un botón. El convenio colectivo suscrito en 2023, con vigencia prevista hasta la temporada 2029/2030, recoge derechos vinculados con las pensiones y ayudas que reciben los jugadores antes y tras el retiro.
La asociación cuenta con un programa creado en 2017 (Off The Court) para facilitar la transición a la vida posterior al baloncesto. En 2020 nombró director al exjugador Mario West, con la misión de implementar itinerarios de formación, educación financiera, bienestar y oportunidades laborales. Entonces, explicó las dificultades que un deportista puede hallar tras abandonar la actividad, percutiendo en que el programa pretende ayudarles a descubrir otras salidas profesionales o anticiparse a los problemas devengados de la retirada.
El paraguas también alcanza a quienes atraviesan situaciones económicas más frágiles. El NBA Players Legacy Fund, financiado en consonancia por la NBA y el sindicato de jugadores, otorga ayudas a exjugadores tanto de la liga como de la ABA para afrontar problemas financieros, gastos médicos o ayudarles en su formación económica. Los exjugadores con al menos tres temporadas de experiencia pueden solicitar subvenciones que oscilan entre los 5.000 y los 15.000 dólares, con límite ordinario acumulado de 30.000 aunque, eso sí, contempla excepciones para casos extraordinarios.
Al margen del sindicato de jugadores, la Asociación Nacional de Jugadores Retirados dispone de programas de apoyo ante emergencias económicas, problemas sanitarios y necesidades de reconversión laboral. Tales medidas reflejan la preocupación institucional, que no se limita a las grandes figuras, sino que busca atender a quienes desarrollaron sus carreras con las inconveniencias salariales y las condiciones económicas de épocas pretéritas.
Paul Pierce, Antoine Walker y Shaquille O'Neal representan tres situaciones distintas. Pierce conserva patrimonio, aunque su defensa sostiene que atraviesa dificultades para atender determinadas obligaciones. Walker perdió su fortuna y se declaró en bancarrota. O'Neal reconoció errores financieros importantes antes de consolidar una actividad empresarial fuera de las pistas. Sus experiencias ayudan a entender por qué los salarios millonarios no garantizan estabilidad económica indefinida. El resultado depende de cómo se administran los ingresos, de las inversiones realizadas y de las oportunidades profesionales que aparecen después de la retirada.
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