Italia ha vuelto a estrellarse contra su propia decadencia. La selección transalpina, cuatro veces campeona del mundo, se quedó fuera del Mundial de 2026 tras perder en la repesca ante Bosnia y Herzegovina en la tanda de penaltis, prolongando una crisis que ya ha dejado de ser un accidente para convertirse en una herida estructural. La Azzurra no estará en la cita de Estados Unidos, México y Canadá, lo que significa su tercera ausencia consecutiva en una Copa del Mundo después de no acudir tampoco a Rusia 2018 ni a Qatar 2022.

La caída, además, tuvo todos los ingredientes de un drama nacional. Italia comenzó bien el partido y se adelantó muy pronto con un gol de Moise Kean en el minuto 14, pero el encuentro cambió por completo con la expulsión de Alessandro Bastoni antes del descanso. Con uno menos, el equipo resistió durante muchos minutos, aunque acabó cediendo el empate en la segunda parte con un tanto de Haris Tabakovic. Ni la prórroga resolvió el choque y todo se decidió desde los once metros, donde fallaron Pio Esposito y Bryan Cristante, dos errores que condenaron definitivamente al conjunto italiano.

Un gigante convertido en símbolo de la frustración

Lo verdaderamente impactante no es solo la eliminación, sino el peso histórico de lo ocurrido. Italia no es una selección menor ni una aspirante accidental: es una de las grandes potencias del fútbol mundial, con cuatro títulos mundiales en su palmarés. Precisamente por eso, enlazar tres Mundiales seguidos fuera del torneo resulta casi incomprensible desde la lógica futbolística. En el siglo XXI, el recorrido del combinado italiano ha sido una mezcla de gloria y derrumbe: campeón en 2006, eliminaciones en fase de grupos en 2010 y 2014, y después el vacío absoluto en 2018, 2022 y ahora 2026.

Esa línea descendente hace aún más desconcertante el contraste con la Eurocopa conquistada en 2021, un éxito que parecía anunciar una reconstrucción competitiva y que, visto con perspectiva, se ha quedado como una excepción luminosa en medio del desastre. La sensación que queda en Italia es la de un país futbolístico incapaz de transformar talento suficiente en un proyecto sólido, competitivo y estable. Porque aunque esta generación no tenga el brillo de otras épocas, sigue pareciendo difícil de asumir que un equipo con nombres reconocibles no logre siquiera meterse entre los clasificados al Mundial.

“Le pido perdón a toda Italia”

La imagen más potente de la noche fue la de Gennaro Gattuso roto emocionalmente tras consumarse la eliminación. El seleccionador, visiblemente afectado, dejó una de las declaraciones más duras de toda la crisis cuando asumió la responsabilidad pública del fracaso: “Le pido perdón a toda Italia”. En su comparecencia también insistió en que sus futbolistas vaciaron energías y compromiso sobre el césped, pero nada de eso evitó una derrota que, por dimensión simbólica, ya se coloca entre los episodios más dolorosos del fútbol italiano reciente.

La frase del técnico no hizo más que amplificar la sensación de colapso. No fue una eliminación cualquiera ni una derrota aislada, sino la confirmación de que la Azzurra vive atrapada en un ciclo de decepciones que ya afecta a su prestigio internacional. Para una selección acostumbrada a competir por todo, convertirse en habitual ausente del mayor escaparate del fútbol es una anomalía histórica.

Mucho más que un partido perdido

La repesca contra Bosnia deja una lectura inmediata, pero también otra más profunda: Italia ya no solo pierde partidos decisivos, también pierde identidad, continuidad y autoridad competitiva. Los nombres que en otras épocas sostenían una cultura ganadora han dado paso a una etapa de dudas crónicas, presión desmedida y falta de respuestas en los momentos límite. El problema, por tanto, parece ir mucho más allá de un mal penalti o de una expulsión.

Ahora queda por ver si esta nueva humillación sirve al menos para provocar una sacudida real en el fútbol italiano. Porque lo sucedido en Bosnia no es simplemente una noche negra: es la confirmación de que una de las selecciones más grandes del mundo atraviesa una crisis histórica. Y esta vez, ya no hay manera de maquillarla.

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