No hay Mundial inocente. Nunca lo hubo. Ni cuando Benito Mussolini convirtió Italia 1934 en un escaparate del fascismo, ni cuando Jorge Rafael Videla utilizó Argentina 1978 para intentar lavar la imagen internacional de una dictadura que hacía desaparecer personas mientras el balón seguía rodando. Tampoco cuando Corea del Sur alcanzó las semifinales del Mundial de 2002 entre decisiones arbitrales que, más de dos décadas después, siguen formando parte de los mayores escándalos de la historia del torneo. Ni cuando Qatar 2022 confirmó que una Copa del Mundo también puede convertirse en una gigantesca operación económica, diplomática y de prestigio internacional.

Cada generación ha tenido su Mundial marcado por algo más que el fútbol. A veces fue un régimen autoritario buscando legitimidad. Otras, una sucesión de decisiones arbitrales incapaces de disipar la sospecha. En los últimos años, el dinero, los derechos televisivos, los fondos soberanos y la competición por proyectar influencia global han ocupado ese mismo espacio. Cambian los protagonistas, cambian los contextos y cambian las formas, pero el patrón se mantiene: el Mundial nunca ha pertenecido únicamente al deporte.

Por eso resulta llamativo que, cada vez que una polémica salta del césped a los despachos, resurja la vieja consigna de que no conviene mezclar deporte y política. Como si ambos mundos hubieran vivido separados alguna vez. Como si la FIFA no negociara permanentemente con gobiernos para organizar sus competiciones. Como si las sedes no fueran el resultado de complejos equilibrios diplomáticos, económicos y estratégicos. Como si un torneo que mueve miles de millones de euros, moviliza a jefes de Estado y concentra la atención de medio planeta pudiera desarrollarse en una burbuja ajena a cualquier interés político.

La controversia generada por la decisión de la FIFA de levantar la sanción a Folarin Balogun, después de que Donald Trump trasladara personalmente a Gianni Infantino su preocupación por la ausencia del delantero estadounidense en el duelo de octavos frente a Bélgica, vuelve a situar esa contradicción sobre la mesa. Más allá de la legalidad de la resolución o de los argumentos reglamentarios esgrimidos por el organismo, la secuencia ha alimentado una sospecha que el fútbol conoce demasiado bien: la de que el poder político siempre encuentra una puerta de entrada cuando el escenario es un Mundial.

No hace falta demostrar que una llamada presidencial modificó por sí sola una decisión disciplinaria para entender el alcance del problema. En instituciones como la FIFA, la independencia no consiste únicamente en ser independiente; también en parecerlo. Y cuando la organización toma una decisión extraordinaria inmediatamente después de la intervención pública del presidente del país anfitrión, la confianza en la limpieza del proceso queda inevitablemente sometida a escrutinio.

Las protestas de Bélgica y la durísima reacción de la UEFA, que calificó la resolución de "incomprensible" e "injustificable", reflejan precisamente esa pérdida de confianza. No porque prueben una injerencia política, sino porque evidencian que buena parte del fútbol europeo ya no concede a la FIFA el beneficio de la duda.

El Mundial nunca ha sido un territorio neutral

La tentación de convertir el mayor torneo del fútbol en un instrumento político es casi tan antigua como la propia competición.

Italia 1934 marcó el camino. Mussolini entendió que una Copa del Mundo podía ser mucho más eficaz que cualquier discurso propagandístico. La victoria de la selección italiana debía representar la fortaleza del régimen fascista ante millones de espectadores. Las sospechas sobre determinados arbitrajes han sobrevivido durante décadas, aunque la relevancia histórica de aquel campeonato va mucho más allá de esas controversias: el Mundial dejó de ser únicamente un torneo para convertirse en una herramienta política.

Algo parecido ocurrió en Argentina cuarenta y cuatro años después. Mientras la Junta Militar organizaba una de las mayores campañas de propaganda de su historia, los centros clandestinos de detención seguían funcionando a escasos kilómetros de los estadios. La imagen de Videla entregando el trofeo al capitán argentino simbolizó hasta qué punto el deporte podía convertirse en un instrumento de legitimación internacional. El controvertido 6-0 frente a Perú y la visita del dictador al vestuario peruano antes del encuentro siguen alimentando un debate que nunca terminó de cerrarse.

Con Corea y Japón en 2002 el escenario cambió, pero la sospecha permaneció. La eliminación de Italia y España quedó marcada por decisiones arbitrales que todavía hoy forman parte de la memoria colectiva del fútbol. El gol anulado a Damiano Tommasi, la expulsión de Francesco Totti o los dos tantos invalidados a España frente a Corea del Sur alimentaron la sensación de que el país anfitrión jugaba con un margen que ningún otro equipo parecía tener. Nunca se acreditó una conspiración organizada, pero tampoco hizo falta para que aquel Mundial quedara asociado para siempre a una de las mayores crisis de credibilidad arbitral de la FIFA.

Qatar 2022 llevó el debate a otro terreno. Ya no se discutía tanto un fuera de juego o un penalti. Lo que estaba en cuestión era el propio modelo de Mundial. La elección de la sede, las denuncias sobre las condiciones laborales de los trabajadores migrantes, las investigaciones por corrupción y el papel del torneo como herramienta de influencia internacional evidenciaron que la Copa del Mundo había dejado de ser únicamente un acontecimiento deportivo para consolidarse como uno de los mayores negocios geopolíticos del planeta.

Trump y el negocio por encima del juego

El episodio de Balogun no convierte a Donald Trump en una versión contemporánea de Mussolini o Videla. Los contextos históricos son incomparables y equipararlos sería una simplificación tan injusta como poco rigurosa.

Lo que sí demuestra es que la tentación de utilizar el Mundial como espacio de influencia política sigue plenamente vigente, incluso en democracias consolidadas. Trump entendió desde el primer momento el potencial simbólico de un Mundial organizado en Estados Unidos. Un campeonato que moviliza a miles de millones de espectadores es un escaparate incomparable para cualquier líder político. Si además el país anfitrión aspira al éxito deportivo, la presión sobre el torneo aumenta inevitablemente.

La cuestión no es únicamente si existió o no una influencia directa sobre la decisión disciplinaria. La cuestión es que esa sospecha resulta hoy perfectamente verosímil para buena parte de la opinión pública. Y eso dice tanto de este episodio como de la reputación que la FIFA ha construido durante décadas. Porque el organismo que preside Gianni Infantino lleva años reclamando que el fútbol permanezca al margen de la política mientras negocia permanentemente con gobiernos, monarquías y grandes grupos económicos. La neutralidad forma parte de su discurso institucional; difícilmente de su práctica cotidiana.

Reducir este debate a Trump sería quedarse en la superficie. El verdadero protagonista es el modelo de fútbol que la FIFA ha construido durante las últimas décadas. Un Mundial con 48 selecciones, más partidos que nunca, nuevos mercados, contratos televisivos multimillonarios, patrocinadores globales y sedes elegidas tanto por criterios económicos y estratégicos como deportivos responde a una lógica muy concreta: el crecimiento permanente del negocio.

El balón hace tiempo que dejó de ser el centro exclusivo del torneo. Hoy comparte protagonismo con fondos soberanos, plataformas audiovisuales, multinacionales, gobiernos y gigantes tecnológicos. Cada nueva edición mueve decenas de miles de millones de euros entre infraestructuras, turismo, derechos comerciales y publicidad. En semejante escenario, resulta ingenuo pensar que la política pueda quedarse fuera del estadio.

Y la UEFA tampoco puede presentarse como un actor completamente ajeno a esa dinámica. Su crítica a la decisión sobre Balogun puede estar justificada desde el punto de vista deportivo, pero llega desde una institución que también ha abrazado la lógica del crecimiento constante: más partidos, un calendario cada vez más saturado, una Liga de Campeones ampliada y una dependencia creciente de los ingresos audiovisuales. La diferencia entre FIFA y UEFA ya no reside en la defensa de un modelo distinto de fútbol, sino en la pugna por controlar una parte mayor de un negocio que no deja de expandirse.

La UEFA protesta ahora, y quizá tenga motivos. Pero tampoco puede fingir inocencia en un fútbol que ella misma ha ayudado a convertir en una máquina de ingresos, audiencias y calendarios saturados. La batalla no es entre pureza y negocio, sino entre quienes se reparten el negocio. Balogun es solo el nombre de esta semana. Antes fueron otros. Después vendrán más. Porque mientras el Mundial siga siendo el escaparate más rentable del planeta, siempre habrá alguien dispuesto a acercarse demasiado al balón.

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