Múnich 1972 quiso ser la antítesis luminosa de Berlín 1936: arquitectura transparente, colores amables y una policía que apenas debía hacerse notar. El asesinato de once miembros de la delegación israelí el 5 de septiembre no solo dejó una de las mayores tragedias de la historia olímpica. También terminó con una determinada idea de los Juegos. Desde entonces, proteger la fiesta ha significado, cada vez más, levantar fronteras alrededor de ella.
En Múnich, hasta la seguridad formaba parte del diseño. La República Federal de Alemania no quería que los policías dominaran las fotografías de los Juegos de 1972. No quería uniformes que recordaran a soldados, ni alambradas que convirtieran la Villa Olímpica en un cuartel, ni una organización que pudiera despertar imágenes demasiado recientes de otro acontecimiento deportivo celebrado en suelo alemán. Hacía solo 36 años de Berlín 1936.
Múnich debía contar otra historia. El presidente del comité organizador, Willi Daume, quería que aquellos fueran unos Juegos heiter: alegres, luminosos, amables. El diseñador Otl Aicher convirtió la intención política en una identidad visual de azules, verdes, amarillos y pictogramas. Los arquitectos Günter Behnisch y Frei Otto hicieron algo parecido con el espacio: frente a la monumentalidad destinada a imponer respeto, levantaron estructuras ligeras, cubiertas translúcidas y un parque que parecía derramarse sobre la ciudad.
Alemania occidental quería presentarse ante millones de espectadores como una democracia moderna que había aprendido de su historia. Si Berlín 1936 había mostrado el poder del Estado, Múnich 1972 quería mostrar su ausencia. Incluso allí donde el Estado seguía estando.
Aquella decisión tenía una consecuencia: la seguridad debía ser eficaz sin parecer intimidatoria. La policía estaba presente, pero la imagen que se buscaba transmitir no era la de una competición celebrada bajo ocupación policial. La Villa debía parecer una residencia, no una fortaleza.
Hasta la madrugada del 5 de septiembre de 1972. Ocho miembros de Septiembre Negro, una organización palestina, entraron en los alojamientos de la delegación israelí en el número 31 de la Conollystrasse. Durante la toma de rehenes y el posterior intento de rescate en la base aérea de Fürstenfeldbruck murieron los once miembros de la delegación israelí secuestrados, el policía alemán Anton Fliegerbauer y cinco de los atacantes.
En cuestión de horas, muchos de los elementos que habían servido para representar la apertura de los Juegos cambiaron de significado. Los accesos sencillos se convirtieron en vulnerabilidad. La discreción policial comenzó a parecer imprevisión. La Villa abierta dejó de ser únicamente una declaración democrática. También podía ser un objetivo.
La arquitectura de una Alemania distinta
Existe una tentación retrospectiva al observar Múnich: preguntarse cómo fue posible organizar unos Juegos Olímpicos con un dispositivo que hoy parecería extraordinariamente débil. La respuesta más cómoda es hablar de ingenuidad. La más interesante obliga a mirar qué significaba la seguridad en la Alemania de 1972.
No se trataba únicamente de proteger un evento deportivo. Había que decidir qué imagen del poder podía permitirse mostrar una democracia construida sobre las ruinas del Tercer Reich.
El proyecto olímpico estaba atravesado por esa obsesión. Otl Aicher, que había estudiado en el entorno intelectual de la escuela de Ulm y cuya propia biografía estaba marcada por la oposición al nazismo, buscó romper conscientemente con el lenguaje visual de 1936. Desaparecieron los colores pesados y la retórica heroica. Sus pictogramas aspiraban a comunicarse con cualquier visitante sin necesidad de palabras. La imagen resultante —racional, accesible, internacional— terminaría influyendo mucho más allá del deporte.
El parque olímpico hablaba el mismo idioma. Las cubiertas tensadas de Frei Otto, sostenidas como enormes telas transparentes sobre el estadio y otras instalaciones, daban al recinto una apariencia opuesta a la arquitectura de poder del pasado alemán.
No era únicamente arquitectura bonita. Era arquitectura política. Los organizadores hablaban de unos Juegos verdes, compactos y alegres. Querían transmitir la idea de un país abierto al mundo y reconciliado con la democracia. Por eso resulta demasiado sencillo afirmar que Múnich fracasó porque no había suficientes hombres armados.
La tragedia expuso algo más profundo: la tensión entre una sociedad que quería hacer invisible la fuerza del Estado y un acontecimiento internacional que empezaba a exigir exactamente lo contrario. Después del 5 de septiembre, esa contradicción nunca desaparecería de los Juegos. Lo que cambiaría sería la respuesta.
El día después empezó en Montreal
Solo hicieron falta cuatro años. Cuando los Juegos llegaron a Montreal en 1976, la sombra de Múnich formaba parte de la planificación. La posibilidad de un ataque terrorista dejó de considerarse una amenaza remota para convertirse en uno de los problemas centrales de la organización.
La diferencia no fue solo cuantitativa. Cambió la filosofía. Las investigaciones posteriores sobre el dispositivo canadiense describen Montreal como el primer gran operativo de seguridad olímpica deliberadamente visible. Las fuerzas de seguridad adquirieron una presencia mucho más evidente; aumentó la coordinación entre agencias; se multiplicaron los controles y la vigilancia preventiva; la protección de la Villa Olímpica pasó a plantearse bajo la premisa de que concentrar delegaciones enteras en un mismo lugar convertía el recinto en un objetivo especialmente sensible.
Múnich había demostrado que una Villa podía ser atacada. Montreal decidió que una Villa debía poder defenderse. El cambio parece obvio desde el presente, pero contenía una transformación fundamental de la experiencia olímpica. La seguridad ya no tenía que desaparecer del paisaje. Podía —y en ocasiones debía— formar parte de él.
Ese principio fue creciendo edición tras edición. Los controles de acreditación se hicieron más sofisticados. Aparecieron perímetros cada vez más amplios. La cooperación policial y de inteligencia se convirtió en un elemento estructural de cualquier candidatura. Las cámaras, los sistemas de identificación, las barreras físicas, las restricciones de tráfico y la protección del espacio aéreo comenzaron a formar parte de una infraestructura olímpica que rara vez aparece en los vídeos promocionales.
Después llegaron Atlanta 1996, el 11-S, Atenas 2004, Londres 2012 o París 2024, y la escala volvió a crecer. La transformación excedió incluso a los estadios. Organizar unos Juegos contemporáneos significa modificar temporalmente el funcionamiento de una ciudad: decidir quién entra en determinadas zonas, cómo circulan los vehículos, qué espacios se vigilan de manera excepcional y qué recursos policiales se concentran alrededor de unas instalaciones.
La ciudad olímpica sigue vendiéndose al mundo como un espacio de encuentro. Pero para que ese encuentro pueda producirse, primero hay que construir una frontera alrededor de él.
La imposible frontera entre deporte y política
Múnich también dejó al descubierto otra ficción olímpica más difícil de proteger que cualquier estadio: la posibilidad de mantener los Juegos al margen de la política. El olimpismo nunca había sido realmente neutral. Berlín 1936 lo había demostrado de la manera más evidente posible. También lo habían hecho las tensiones de la Guerra Fría, las disputas por el reconocimiento de países y territorios, la exclusión de Sudáfrica durante el apartheid o el gesto de Tommie Smith y John Carlos en México 1968.
Pero Múnich hizo visible una contradicción especialmente incómoda. La Villa Olímpica pretende reunir a personas identificadas no solo por un deporte, sino por una bandera. Durante unas semanas, atletas de Estados enfrentados viven a pocos metros, desfilan detrás de símbolos nacionales y compiten mientras sus gobiernos mantienen guerras, alianzas, ocupaciones y conflictos diplomáticos.
El COI puede aspirar a mantener el terreno de juego al margen de determinadas manifestaciones políticas. Lo que no puede hacer es situarlo fuera de la historia. El 5 de septiembre de 1972 esa historia atravesó literalmente la valla de la Villa Olímpica.
Y obligó al movimiento olímpico a convivir desde entonces con una paradoja difícil de resolver: cuanto más insiste en presentarse como un territorio universal de fraternidad, más recursos necesita para protegerse de los conflictos del mundo del que pretende separarse. El ideal sigue siendo la apertura. Su funcionamiento cotidiano depende cada vez más del control.
La otra batalla de Múnich: quién decide cómo se recuerda
Existe todavía una última frontera alrededor de Múnich 1972. La de la memoria. Durante décadas, recordar a las víctimas dentro del propio ritual olímpico fue objeto de disputa. Las familias reclamaron repetidamente un homenaje visible durante una ceremonia de apertura de los Juegos. Hubo actos conmemorativos y reconocimientos en otros espacios, pero el gesto que perseguían tardó casi medio siglo.
No llegó hasta Tokio 2020, celebrado en 2021 por la pandemia. Por primera vez, una ceremonia inaugural de los Juegos incluyó expresamente a las víctimas de Múnich en su momento de recuerdo. Habían pasado 49 años. La demora dice algo importante porque una institución no construye su memoria únicamente mediante aquello que recuerda. También la construye mediante cuándo decide recordarlo, dónde y de qué manera.
La ciudad de Múnich siguió un proceso propio. En 1972 se instaló una primera placa. En 1995 llegó el Klagebalken, una escultura de Fritz Koenig con los nombres de las víctimas. No fue hasta 2017, en el 45º aniversario, cuando abrió el actual lugar de memoria dedicado al atentado en el Olympiapark.
El memorial “Einschnitt” del Olympiapark. Archivo.
Su nombre arquitectónico resulta difícilmente más apropiado: Einschnitt, “incisión” o “corte”. El memorial aparece excavado en una de las colinas del parque. No intenta competir con la arquitectura olímpica que lo rodea; la interrumpe. Ese verbo resume quizá mejor que ninguno lo que ocurrió en 1972. Múnich interrumpió una determinada manera de imaginar los Juegos. Interrumpió la confianza en que la apertura física podía ser una virtud sin coste. Interrumpió la pretensión de que el deporte podía aislarse de los conflictos políticos. Interrumpió, finalmente, la imagen que Alemania había preparado meticulosamente para presentarse ante el mundo.
Los Juegos continuaron después del atentado. Pero los Juegos que habían comenzado el 26 de agosto de 1972 no regresaron.
Lo que quedó detrás de la valla
Más de medio siglo después, Múnich conserva una extraña doble condición. Su parque olímpico continúa siendo admirado precisamente por aquello que quiso representar: ligereza, transparencia, espacio público, integración con la ciudad. Las cubiertas de Frei Otto y Günter Behnisch siguen siendo uno de los grandes iconos arquitectónicos del siglo XX. Los pictogramas de Aicher siguen formando parte de la historia del diseño contemporáneo.
Es decir: sobrevivió el ideal estético de Múnich. Lo que no sobrevivió fue la posibilidad de organizar unos Juegos de aquella manera Hoy sería difícil imaginar el mayor acontecimiento deportivo del planeta con una seguridad concebida para pasar desapercibida. Una candidatura olímpica contemporánea debe pensar en terrorismo, drones, ciberataques, control de multitudes, infraestructuras críticas, transporte, vigilancia y protección de delegaciones mucho antes de que llegue el primer atleta.
La arquitectura olímpica ya no termina en la fachada de un estadio. También son arquitectura las barreras que obligan a cambiar de acera, los puntos de control, las cámaras, los centros de mando, las zonas reservadas, los detectores y los perímetros que durante unas semanas reorganizan la ciudad. Casi nunca aparecen en las postales. Pero probablemente sean el legado menos visible y más universal de Múnich 1972.
Aquellos Juegos fueron concebidos para demostrar que una democracia podía organizar el mayor espectáculo deportivo del mundo sin parecer una fortaleza. El 5 de septiembre destruyó esa certeza. Desde entonces, cada ciudad olímpica ha tratado de resolver la misma contradicción: cómo invitar al mundo entero mientras se prepara para defenderse de él.
Por eso quizá la herencia arquitectónica más importante de Múnich no sea la extraordinaria cubierta transparente que todavía flota sobre su parque. Es algo mucho menos hermoso. El perímetro que todos los Juegos posteriores aprendieron a dibujar.
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