Se ha escrito tanto sobre Lionel Messi que parecería imposible añadir una palabra más. Y, sin embargo, cada vez que vuelve a jugar obliga a empezar de nuevo. Lo hemos llamado genio, mago, extraterrestre, emperador y dios. Hemos buscado explicaciones en la ciencia, en el arte y en la religión. Ninguna ha sido suficiente. Todas terminan quedándose pequeñas frente a la misma imagen: Messi, una pelota cosida a la izquierda y millones de personas esperando.

Quizá el error siempre haya sido intentar definirlo. Porque Messi no se explica. Messi ocurre.

Ocurre cuando la pelota llega hasta su pierna izquierda y el planeta entero se inclina ligeramente hacia delante. Ocurre cuando los defensores retroceden, los entrenadores contienen la respiración y alguien, en algún salón a miles de kilómetros del estadio, pide silencio. Ocurre cuando levanta la cabeza y todos sabemos que algo está a punto de pasar, aunque nadie sea capaz de averiguar exactamente qué.

A sus 39 años, sigue haciendo lo mismo que lleva haciendo durante las dos últimas décadas: recibe la pelota, la acomoda junto a su pie izquierdo y comienza a avanzar con ella como si ambos estuvieran unidos por un hilo invisible. A veces corre. Otras veces camina. Ya no necesita atravesar el campo entero para dominar un partido. Le basta con esperar el momento preciso, ocupar el lugar adecuado y tocar el balón una vez más que los demás.

Entonces el fútbol vuelve a empezar.

Lo verdaderamente extraordinario no es que Messi todavía pueda inventar un truco nuevo. Lo extraordinario es que, después de haberlo visto hacer prácticamente todo, todavía sigamos esperando que nos sorprenda.

El idioma de lo inexplicable

Messi juega al mismo deporte que el resto, pero parece hacerlo con información privilegiada. Sabe dónde aparecerá el espacio antes de que se abra. Intuye el movimiento de sus compañeros antes de que ellos mismos lo hayan decidido. Cuando el defensa empieza a cerrar un pase, el balón ya ha salido hacia otra dirección. Cuando el portero comprende la trayectoria del disparo, la red comienza a moverse.

Durante años, sus rivales intentaron detenerlo con todo tipo de soluciones. Le pusieron un hombre encima, después dos y más tarde tres. Cerraron el centro, acumularon piernas, endurecieron las entradas y diseñaron sistemas enteros para alejarlo del área. Algunos consiguieron reducirlo durante unos minutos. Otros, durante un partido. Nadie encontró una fórmula definitiva.

Porque Messi no necesita repetir siempre la misma jugada. Puede ganar desde el regate, desde el pase o desde el disparo. Puede hacerlo acelerando el encuentro o deteniéndolo. Puede intervenir cincuenta veces o tocar apenas unas pocas pelotas decisivas. Incluso cuando no aparece, obliga al rival a comportarse como si pudiera hacerlo en cualquier momento.

Su ausencia también ocupa espacio.

Esa quizá sea la última gran evolución de su fútbol. El Messi joven necesitaba la pelota para desordenar el partido. El Messi de 39 años puede desordenarlo simplemente estando. Camina lejos de la acción, observa y almacena información. Parece desconectado, pero está midiendo las distancias, descubriendo debilidades y esperando que el encuentro llegue hasta él.

Y siempre termina llegando.

Entre Gengis Kan y el Cid

En este Mundial ha alternado dos formas distintas de conquista. Ha habido noches en las que ha sido Gengis Kan, avanzando por acoso y derribo, exigiendo la pelota, ocupando el territorio rival y sometiendo al adversario hasta obligarlo a retroceder. Partidos en los que todavía ha parecido capaz de imponer su fútbol por pura insistencia, como si el tiempo no hubiera pasado y la historia siguiera empezando en cada posesión.

En otros momentos ha sido el Cid. Le ha bastado con estar. No hacía falta que tocara continuamente la pelota. Su historia jugaba por él. Los defensas sabían quién estaba delante y actuaban en consecuencia. Unos retrocedían demasiado. Otros abandonaban su zona para seguirlo. Los centrocampistas miraban constantemente por encima del hombro. Los entrenadores modificaban sistemas enteros para evitar que recibiera con comodidad.

Messi también conquista cuando no interviene. Su presencia altera el orden natural de un partido. Atrae rivales, libera compañeros y concentra el miedo. Ocurrió contra Inglaterra. Cuando la selección de Thomas Tuchel renunció a atacar y comenzó a refugiarse alrededor de su propia área, no se limitó a entregarle la pelota a Argentina. Se la entregó a Messi. Y el 10 hizo el resto.

No necesitó marcar. Le bastó con ordenar el asedio. Apareció lejos del área, después en la derecha y más tarde por dentro. Inglaterra fue retrocediendo con cada intervención hasta convertir su propia portería en el único lugar donde sucedían cosas. Todos miraban al 10 y aparecieron Enzo Fernández y Lautaro Martínez.

El gol definitivo lo marcó Lautaro. El centro lo puso Messi. La remontada perteneció a Argentina. La firma era la de siempre.

El hombre que resucitó

Su historia con Argentina tampoco admite explicaciones sencillas. Durante demasiado tiempo, la selección fue el único lugar donde a Messi se le pedía demostrar de nuevo todo lo que ya había demostrado. Cada derrota se convertía en un juicio. Cada final perdida, en una acusación. Cada gesto era analizado como una supuesta prueba de que no sentía la camiseta lo suficiente.

Perdió tres finales consecutivas. Falló un penalti. Lloró. Y se marchó.

El mejor futbolista de su tiempo llegó a despedirse de la selección porque aquello, según dijo, no se le daba. Había convertido ganar en una costumbre con el Barcelona, pero con Argentina acumulaba cicatrices. Durante años cargó con las frustraciones de un país entero y con la comparación permanente con Diego Armando Maradona, como si para ser él mismo tuviera antes que convertirse en otro.

Después regresó. Y no volvió únicamente para cerrar una historia pendiente. Volvió para reescribirla por completo.

El futbolista acusado de no poder ganar con su país terminó haciendo a Argentina campeona de todo. Levantó la Copa América, conquistó la Finalissima y escribió también su nombre con letras doradas en el Mundial, por si todavía quedaba algún lugar en la historia del fútbol donde alguien pudiera fingir que faltaba algo.

Aquel triunfo no completó a Messi como futbolista. No necesitaba una Copa del Mundo para validar dos décadas de genialidad. Pero sí transformó para siempre su relación con Argentina. El hombre que había cargado durante años con el peso de la selección terminó levantándola. El niño silencioso de Rosario se convirtió definitivamente en capitán, símbolo y refugio de todo un país.

Desde entonces, cada partido parece una celebración aplazada de aquella reconciliación. Y ahora ha vuelto a llevarla hasta una final mundialista. Argentina ya no le pide pruebas de amor. Ahora cree en él. Y Messi, como todos los dioses construidos por los hombres, existe también gracias a esa fe. A sus 39 años, ha vuelto a conducirla hasta una final mundialista.

España, el último espejo

Ahora le espera España.

No podía existir un rival con más significado para el último gran partido de Messi. España fue el país donde creció, donde se formó y donde construyó la mayor parte de su leyenda. El lugar que lo vio llegar como un niño tímido y marcharse convertido en una figura universal. Allí aprendió el fútbol que después transformó. Allí ganó, perdió, maravilló y convirtió cada fin de semana en una costumbre extraordinaria.

Durante años, España vio a Messi más de cerca que nadie. Lo sufrió y lo disfrutó. Lo convirtió en rival, ídolo, pesadilla y patrimonio sentimental de varias generaciones. Miles de niños españoles crecieron tratando de llevar la pelota pegada a la izquierda, bajándose las medias o imitando una celebración que parecía pequeña para todo lo que acababa de ocurrir.

Messi pertenece a Argentina, pero una parte de su historia pertenece inevitablemente a España.

Por eso la final parece escrita por alguien demasiado aficionado a las simetrías. El campeón de Europa contra el campeón de América. La Finalissima que nunca se jugó. Argentina defendiendo su corona ante la selección del país donde su capitán se convirtió en leyenda. El presente español frente al último gran presente argentino.

Y en medio, él.

Quizá Argentina gane. Quizá gane España. El fútbol conserva su grandeza porque nunca concede finales por méritos narrativos. No le debe nada a nadie, ni siquiera a Messi. La pelota puede golpear un poste, un portero puede tener la noche de su vida y un partido puede destrozar en noventa minutos el guion más hermoso. Pero cuesta imaginar un cierre mejor.

Messi contra España. Su origen futbolístico frente a su última gran ambición. El país que lo vio convertirse en el mejor contra la camiseta con la que terminó de conquistar la eternidad. Una Copa del Mundo entre ambos. El cierre definitivo para la película de todos los tiempos.

Los evangelios de Messi

Escribir sobre él continúa siendo una tarea incómoda. No porque falten historias, sino porque sobran. Cada frase corre el riesgo de sonar usada. Cada elogio parece haber sido escrito antes. Cada intento de elevarlo termina perdiendo frente a la sencillez de verlo recibir una pelota.

Quien firma estas líneas ha escrito durante casi diez años sobre el coronavirus, mociones de censura, elecciones, guerras, invasiones, papas, crisis políticas y acontecimientos que parecían capaces de detener el mundo. Siempre acaba apareciendo alguna forma de ordenar los hechos y colocarlos dentro de una página. Con Messi sigue siendo diferente.

Todavía provoca nervios y hormigueos. Todavía existe el temor de no encontrar palabras que estén a la altura. Quizá porque escribir sobre Messi consiste en tratar de fijar algo que pertenece al movimiento. Contar con frases una experiencia que solo termina de comprenderse cuando la pelota rueda.

Se puede explicar un gol: desde dónde disparó, qué defensa salió tarde o hacia qué lado cayó el portero. Se puede describir un pase y reconstruir una jugada. Lo difícil es contar lo que sucede en los segundos anteriores. Esa certeza colectiva de que algo está a punto de ocurrir. Ese silencio extraño que atraviesa un estadio cuando Messi recibe abierto en la derecha.

Ahí empiezan a fallar las palabras.

Intentar definirlo es como intentar describir los colores a quien nunca ha podido verlos. Como explicar a qué sabe el agua. Se pueden utilizar comparaciones, recurrir a los recuerdos y ordenar estadísticas, pero siempre queda fuera lo principal.

Quizá haya cosas que no debamos entender. Hay cosas que es mejor disfrutar. Messi es una de ellas.

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