El próximo 4 de septiembre, cuando el balón suba al aire en Berlín, habrá cuatro selecciones más alrededor de la mesa. El Mundial femenino de baloncesto tendrá por primera vez 16 participantes en lugar de 12, una ampliación que altera el formato de la principal competición de selecciones de FIBA y que llega con España de nuevo entre las aspirantes después de haberse quedado fuera de la edición de 2022. El torneo se disputará hasta el día 13 y dividirá a los equipos en cuatro grupos de cuatro.
La ampliación podría leerse como una simple modificación reglamentaria. Cuatro camisetas nuevas, más partidos y un cuadro diferente. Pero llega en un momento demasiado particular para considerarla solo eso. El baloncesto femenino acumula récords de público en Europa, audiencias históricas en Estados Unidos, nuevas franquicias, más inversión publicitaria y un negocio que comienza a crecer a una velocidad que hace pocos años parecía reservada al fútbol femenino.
FIBA presenta el cambio como consecuencia de esa evolución. La propia federación vincula la ampliación con el éxito de Sydney 2022, considerada por el organismo la edición más exitosa de la historia del Mundial femenino. Aquel campeonato reunió alrededor de 145.000 espectadores, el mayor registro acumulado de la competición; recibió 1,5 millones de usuarios en su web, generó 500 millones de visualizaciones de vídeo y multiplicó por cinco las interacciones en redes respecto a Tenerife 2018. En China, el alcance acumulado del torneo superó los 750 millones de personas, según los datos publicados por FIBA. Los números completos de Sydney 2022 pueden consultarse aquí.
Cuatro años después, FIBA considera que doce plazas ya no son suficientes.
De las gradas llenas a los 3.000 millones
El fenómeno no empieza ni termina con Caitlin Clark ni con la WNBA. En Europa también hay datos que sugieren un cambio de escala.
La EuroLeague Women cerró la temporada 2025-26 con una asistencia media récord de 2.607 espectadores por partido. Tres campañas antes eran 1.599. El crecimiento en ese periodo ronda así el 63%. En total, 286.830 aficionados pasaron por sus pabellones durante la última temporada. Zaragoza ofrece una imagen especialmente gráfica: el Casademont Zaragoza promedió 7.947 personas en sus diez partidos europeos como local, mientras que las tres jornadas de la Final Six congregaron a 10.828 espectadores.
La grada no fue el único indicador. Las visitas a la web de la EuroLeague Women pasaron de 2,7 a 4,3 millones en un año, un incremento del 59%, y sus redes sociales superaron el millón de seguidores. España fue, además, el país que más usuarios aportó a la web de la competición. FIBA detalla aquí los datos de crecimiento de la EuroLeague Women.
Las selecciones europeas se mueven en la misma dirección. El EuroBasket femenino de 2025 registró una media de 2.579 espectadores, la mayor del siglo XXI. El Grecia-Turquía de la primera fase llevó 10.503 personas al Peace and Friendship Stadium de El Pireo y la final entre Bélgica y España reunió a 7.827. Más revelador aún resulta el salto digital: los vídeos oficiales del torneo y sus clasificatorios acumularon 210 millones de visualizaciones, frente a los 43 millones de la edición de 2023.
Ya no se trata únicamente de contar personas. También se empieza a contar dinero.
Deloitte calcula que el deporte femenino de élite superará por primera vez los 3.000 millones de dólares de ingresos en 2026, un 25% más que en 2025. Entre 2022 y 2025, según la consultora, esos ingresos aumentaron un 248%. Y hay un dato especialmente relevante para Berlín: el baloncesto aportará aproximadamente el 35% del negocio mundial, empatado con el fútbol como deporte femenino con mayor capacidad de generación de ingresos.
El dinero procede sobre todo de tres lugares: patrocinio y actividad comercial, derechos audiovisuales y taquilla. Deloitte estima que el área comercial supondrá un 45% de los ingresos en 2026, los derechos de emisión un 25% y los ingresos de día de partido un 30%. Su advertencia, sin embargo, resulta tan relevante como la cifra: el crecimiento sigue estando en una fase temprana y necesita inversión, datos y estructuras duraderas para convertirse en una industria sostenible.
La WNBA ya no busca público: busca espacio
Si Europa ofrece señales de consolidación, Estados Unidos funciona como acelerador.
En 2024, la WNBA reunió 2,35 millones de espectadores en sus pabellones, un 48% más que el año anterior, y pasó de 45 a 154 partidos con entradas agotadas. La media se elevó hasta los 9.807 aficionados. Un año después, la nueva franquicia de Golden State Valkyries llevó todavía más lejos el fenómeno: terminó 2025 con 397.408 espectadores acumulados y una media de 18.064 por encuentro, récord de la liga.
En 2026 la expansión ha dejado de ser una metáfora. La WNBA ha incorporado a Toronto Tempo y Portland Fire, alcanzando las 15 franquicias, mientras ya tiene anunciadas futuras incorporaciones en Cleveland, Detroit y Philadelphia que llevarán la competición a 18 equipos.
Toronto ya ha proporcionado una fotografía difícil de ignorar. En julio, un partido contra Dallas en Montreal congregó a 20.996 espectadores, nuevo récord de asistencia para un encuentro de temporada regular de la WNBA.
La televisión acompaña. Los datos publicados este agosto por Nielsen apuntan que la WNBA había generado 3.800 millones de minutos consumidos en Estados Unidos antes del parón del All-Star de 2026, mientras la valoración que reciben sus patrocinadores había aumentado un 71%. El contexto es todavía mayor: los estadounidenses consumieron 28.600 millones de minutos de deporte femenino durante el primer semestre de 2026, un 18% más que un año antes, y la inversión publicitaria alrededor del deporte femenino ha aumentado un 120% desde 2022.
“No es una tendencia pasajera”, sostiene Charlene Polite Corley, vicepresidenta de Inclusive Insights de Nielsen. La compañía habla de un reajuste cultural provocado por una combinación de mayor acceso a los partidos, construcción de relatos alrededor de las deportistas e inversión de las marcas.
Hay, sin embargo, una paradoja detrás de esos récords. El precio de los derechos audiovisuales y las valoraciones de las franquicias están subiendo mucho más rápido que hace una década, pero el deporte femenino todavía ocupa una porción reducida del gigantesco negocio deportivo estadounidense. Es precisamente esa distancia entre audiencia potencial y monetización efectiva la que está atrayendo capital. Reuters recogía este año estimaciones que sitúan en unos 200 millones de dólares anuales el nuevo paquete audiovisual de la WNBA, más del triple que el anterior.
Italia y Hungría vuelven a llamar a la puerta
La ampliación de Berlín tiene otra consecuencia menos económica y quizá más significativa para FIBA: ensancha el mapa.
Italia vuelve a un Mundial después de 32 años. Hungría, después de 28. Mali disputará dos ediciones consecutivas por primera vez en su historia. Alemania, además de ejercer como anfitriona, tendrá la oportunidad de aprovechar un mercado que FIBA lleva tiempo intentando desarrollar.
Son casos que explican por qué pasar de doce a dieciséis no significa solamente añadir encuentros. Durante años, un número reducido de potencias ha ocupado buena parte del espacio disponible en los grandes torneos. Abrir cuatro plazas permite recuperar mercados históricos, introducir otros emergentes y ofrecer una recompensa deportiva mayor a federaciones que invierten durante años sin tener garantizado el escaparate mundialista.
FIBA ha ampliado también el camino hasta Berlín. Su nuevo sistema incluyó clasificatorios con 24 selecciones y una fase de preclasificación diseñada para que más países pudieran entrar en el circuito internacional.
El riesgo es evidente: más participantes no garantizan por sí solos más competitividad. Estados Unidos ha ganado las cuatro últimas ediciones y llegará a Berlín buscando una quinta corona consecutiva. La ampliación tendrá que demostrar que puede ensanchar la base del torneo sin multiplicar partidos desequilibrados y que el salto de cantidad termina generando más selecciones capaces de acercarse a la élite.
España observará ese experimento desde dentro. Regresa a un escenario mundial en un torneo sensiblemente mayor que el último que disputó. Alrededor habrá más países, más partidos y unas expectativas comerciales distintas.
Berlín será, por eso, algo más que la próxima estación del calendario. Durante diez días permitirá comprobar cuánto de ese crecimiento que aparece en informes, taquillas y pantallas ha llegado ya hasta la estructura central del baloncesto internacional. El deporte femenino ha pasado años tratando de demostrar que había público. El baloncesto empieza a enfrentarse a una pregunta diferente: qué hacer con él cuando finalmente aparece.
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