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EL TERCER TIEMPO
El Regate

Ya te habías ido

Porque hay veces en que quedarse un poco más no significa resistir. Significa llegar tarde a tu propia despedida

suren gasparyan
Cristiano Ronaldo durante el partido contra España del Mundial de Estados Unidos. Europa Press.

Cristiano Ronaldo durante el partido contra España del Mundial de Estados Unidos. Europa Press.

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Nos enseñan desde pequeños a llegar. A insistir. A aguantar un poco más. A no rendirnos. Mucho menos nos enseñan a marcharnos. Quizá por eso cuesta tanto entender que algunas despedidas no son una derrota. A veces son la última oportunidad de elegir cómo queremos que termine una historia.

Cristiano Ronaldo lleva años discutiendo con ese momento. Con el punto exacto en el que seguir deja de ser una conquista y empieza a parecer una prórroga. Buena parte de su carrera puede contarse como una pelea contra el tiempo. Otro partido. Otro gol. Otro récord. Otra temporada. Siempre un poco más. Hasta que llega un día en el que continuar ya no depende solo de querer continuar.

Y ahí empieza lo difícil. No saber si todavía puedes. Saber si todavía debes.

Porque hay decisiones que uno toma mucho antes de reconocerlas. Dejar un trabajo. Terminar una relación. Abandonar una ciudad. Durante un tiempo seguimos actuando como si hubiera dos caminos abiertos. Hacemos listas. Pedimos consejo. Nos damos unos días más. Pero cuando llevas demasiado tiempo preguntándote si debes irte, quizá ya no estés buscando una respuesta. Quizá solo estés reuniendo el valor para aceptar la que ya tienes.

Uno puede seguir en un sitio mucho después de haber empezado a marcharse. Seguir apareciendo. Cumpliendo. Haciendo lo de siempre. Desde fuera, nada parece haber cambiado. Por dentro ya has empezado a recoger tus cosas.

También por eso hay algo noble en saber irse a tiempo. En no obligar a una historia a durar hasta que no quede nada de ella. En entender que a veces hay que salir de un lugar antes de que ese lugar empiece a expulsarte. Irse lejos. No mirar demasiado hacia atrás. No ceder ante la nostalgia y volver solo porque fuera hace frío.

Cristiano ha hecho casi toda su carrera desafiando esa lógica. Ganándole meses al calendario. Alargando récords. Convenciéndose, y convenciendo a los demás, de que todavía quedaba algo por hacer. Pero hasta las carreras más largas terminan llegando al mismo sitio. A ese momento en el que ya no se trata de cuánto puedes resistir, sino de cuánto quieres esperar a que el fútbol decida por ti.

Porque siempre parece mejor cerrar tú la puerta que escuchar cómo se cierra a tu espalda. Marcharse antes de que el cuerpo, la edad o el propio juego te digan que ya no hay sitio puede parecer una renuncia. También puede ser una forma de conservar lo que fuiste. No todos los finales tienen que llegar por desgaste.

Nos obsesionan las retiradas porque necesitamos fechas. El último gol. La última camiseta. El último túnel de vestuarios. Queremos un instante exacto al que llamar despedida. Pero casi nunca funciona así. Uno empieza a irse mucho antes de decir adiós. Y quizá ahí esté también la medida de una persona. En cómo llega a tu vida, sí. En lo que cambia cuando aparece. Pero también en cómo se marcha. Hay despedidas que hacen más grande lo vivido. Otras consiguen empequeñecerlo.

Cristiano ya no necesita otro gol para explicar quién ha sido. Ni otro récord. Ni otra temporada. Su última decisión importante quizá no tenga que ver con ganar nada. Solo con elegir el momento. Porque hay veces en que quedarse un poco más no significa resistir. Significa llegar tarde a tu propia despedida.

Etiquetas Deportes