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El fútbol madrileño también se juega sobre el asfalto. El viernes, mientras la capital se preparaba para otro fin de semana de grandes acontecimientos, varias decenas de niños cambiaron el césped por uno de los carriles de la Ronda de Valencia. Instalaron dos porterías plegables, sacaron los balones y comenzaron a entrenar frente a La Casa Encendida. No era una actividad organizada para promocionar el deporte de base ni una iniciativa municipal para ocupar las calles. Era una protesta. Los Dragones de Lavapiés, un club que reúne a unos 600 deportistas de cerca de 60 nacionalidades, llevan meses sin poder utilizar dos de sus instalaciones habituales y han decidido reclamar jugando el espacio que no encuentran en su propio barrio.
Entre los participantes estaban Camilo, de 11 años, y Aayan, de 10. Ambos forman parte de una entidad que ha convertido el fútbol en un punto de encuentro para familias de procedencias muy distintas. Ahora deben desplazarse hasta el parque de Atenas para entrenar. Según relataron sus familias a El País, que cubrió la protesta del viernes, algunos de sus compañeros llevan meses sin acudir a los entrenamientos porque sus padres no pueden acompañarlos en esos desplazamientos. La falta de un campo cercano ha terminado convirtiéndose en una dificultad que va mucho más allá de organizar un calendario deportivo.
El conflicto tiene dos escenarios principales: el campo municipal situado en Embajadores 18, cuyas obras permanecen paralizadas, y las instalaciones deportivas del Casino de la Reina, también cerradas para los entrenamientos habituales del club. La responsabilidad de su gestión corresponde al Ayuntamiento de Madrid, gobernado por José Luis Martínez-Almeida. Y, aunque el Consistorio ha ofrecido explicaciones técnicas sobre los retrasos, el problema sigue sin resolverse para una entidad que lleva más de una década trabajando en el barrio.
El calendario de las promesas incumplidas
La historia de Embajadores 18 explica buena parte del enfado. En septiembre de 2025 comenzaron las obras de acondicionamiento de esta instalación deportiva básica. Dos meses después tuvieron que detenerse cuando los trabajos descubrieron unas construcciones subterráneas que no figuraban en la documentación disponible. Según el Ayuntamiento, se trataba presumiblemente de antiguos sótanos del edificio que había ocupado el solar, un hallazgo que obligaba a modificar el proyecto para garantizar la seguridad de la actuación.
El contratiempo no es una invención administrativa. Lo que sí puede comprobarse es cómo se han ido desplazando los plazos. El 26 de febrero de 2026, el Ayuntamiento anunció que las obras podrían reanudarse en julio. El concejal presidente del distrito Centro, Carlos Segura, trasladó entonces a las entidades vecinales y deportivas que trabajaba para desbloquear la actuación. El proyecto incluía una zona verde, mejoras en el cerramiento del recinto y un almacén para guardar el material empleado durante los entrenamientos.
Sin embargo, julio tampoco fue la fecha definitiva. En junio, la Junta Municipal comunicó al periódico local xLavapiés que la reanudación se trasladaría a después del verano y que los trabajos durarían aproximadamente cinco meses una vez retomados. Llegado octubre, el campo continuaba sin estar disponible, mientras sus usuarios seguían esperando una solución.
La situación ya había provocado protestas antes del último episodio. El 16 de junio, los Dragones publicaron un comunicado respaldado por 99 organizaciones deportivas, vecinales y educativas para denunciar la falta de espacios y reclamar respuestas. La movilización del viernes, por tanto, no fue una reacción improvisada, sino otro paso en una reclamación que las familias llevan meses planteando.
Cuando la integración salía bien en la foto
La relación entre los Dragones y el Ayuntamiento tiene, además, un antecedente revelador. En 2017, el propio Consistorio anunció una colaboración con la Fundación Atlético de Madrid para impulsar el fútbol social en Lavapiés. El proyecto se desarrollaba precisamente en el Casino de la Reina y en Embajadores 18, los dos espacios que hoy concentran buena parte de las quejas del club.
En aquella presentación institucional del programa, el Gobierno municipal reconocía a los Dragones como un colaborador fundamental sobre el terreno. La entidad contaba entonces con ocho equipos infantiles, alrededor de 150 niños y niñas y más de una treintena de procedencias nacionales distintas. Su labor incluía proyectos contra el absentismo escolar, iniciativas de convivencia y actividades vinculadas a los objetivos de desarrollo sostenible de Naciones Unidas.
Desde entonces, el club ha crecido hasta reunir a unos 600 deportistas distribuidos en una treintena de equipos y grupos. Además de categorías infantiles y juveniles, desarrolla proyectos con personas refugiadas, personas sin hogar, mujeres, deportistas amputados y colectivos LGTBIQ+. Lo que nació en 2014 como una iniciativa de familias del barrio se ha convertido en una estructura deportiva que difícilmente puede funcionar sin instalaciones estables.
El Ayuntamiento, por su parte, sostiene que no ha dejado de apoyar al club. En una carta difundida en julio, Carlos Segura recordó que la Junta Municipal concede a los Dragones una subvención nominativa de 10.000 euros destinada a sufragar las fichas de menores cuyas familias no pueden asumir ese gasto. También defendió las actuaciones previstas en el Casino de la Reina y el respaldo institucional al proyecto.
La ayuda económica existe, pero no elimina el principal obstáculo denunciado por la entidad: disponer de un campo al que puedan acudir sus jugadores sin depender de desplazamientos fuera del barrio. El conflicto no reside únicamente en cuánto dinero recibe el club, sino en la posibilidad de desarrollar con normalidad la actividad para la que nació.
Madrid corre en Fórmula 1, Lavapiés sigue a pie
La presidenta y fundadora de los Dragones, Dolores Galindo, ha situado el conflicto en el contexto de las prioridades de inversión de la capital. En declaraciones recogidas por El Salto tras la protesta, cuestionó que Madrid pueda ejecutar grandes proyectos en plazos reducidos mientras las instalaciones de un barrio como Lavapiés acumulan retrasos. Citó expresamente el circuito de Fórmula 1 y las infraestructuras destinadas a espectáculos multitudinarios.
La comparación tiene una evidente carga política, aunque se trata de proyectos con presupuestos, procedimientos y dificultades técnicas diferentes. En Embajadores 18, el hallazgo de estructuras subterráneas obligó a modificar una obra ya iniciada. Pero eso no responde por sí solo a otra cuestión: qué alternativas efectivas se han ofrecido a las familias durante el tiempo que las instalaciones permanecen cerradas.
El parque de Atenas se ha convertido en una solución provisional, pero los responsables del club aseguran que no cubre las necesidades de todos sus equipos. Está fuera del barrio, exige desplazamientos adicionales y obliga a compartir el espacio con otros usuarios. En actividades dirigidas a menores, esa distancia no es un detalle: afecta a la organización familiar y, en algunos casos, determina quién puede seguir entrenando.
La protesta del viernes reunió a niños, padres, madres y vecinos alrededor de unas porterías improvisadas. Mientras sonaba música senegalesa y los pequeños perseguían el balón, los adultos reclamaban al Ayuntamiento una respuesta que no obligara a seguir trasladando los entrenamientos. Los Dragones no piden un estadio de Primera División. Reclaman recuperar las instalaciones que ya utilizaban y conocer cuándo podrán volver a hacerlo.
Embajadores 18 sigue pendiente de las obras y el Casino de la Reina tampoco ofrece, por ahora, la normalidad que necesita el club. Al Ayuntamiento le corresponde aclarar los nuevos plazos y concretar las alternativas disponibles. A las familias, mientras tanto, les toca seguir organizando entrenamientos donde encuentran sitio. El viernes fue en mitad de una calle de Madrid.




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