La guerra entre la FIFA y la UEFA ya tiene su imagen de portada. No es una final, ni una votación en un congreso, ni una nueva reforma del calendario. Es Folarin Balogun, delantero de Estados Unidos, expulsado ante Bosnia y Herzegovina y posteriormente autorizado a jugar los octavos del Mundial contra Bélgica después de que la FIFA suspendiera su sanción.

La decisión provocó un incendio inmediato. La UEFA acusó a la FIFA de haber cruzado “una línea roja” y calificó la resolución de “sin precedentes, incomprensible e injustificable”. El caso adquirió todavía más dimensión política después de que Donald Trump reconociera haber pedido a Gianni Infantino que revisara la tarjeta roja del futbolista estadounidense.

El episodio Balogun no explica por sí solo la guerra entre los dos grandes poderes del fútbol mundial. Pero sí la resume con una claridad difícil de mejorar: la FIFA decide, la UEFA se rebela, la política entra en escena y el fútbol vuelve a quedar atrapado entre intereses institucionales, comerciales y de poder.

La fotografía del fútbol mundial ha cambiado por completo en apenas una década. Lo que durante años fue una convivencia relativamente estable entre la FIFA, responsable de las competiciones internacionales, y la UEFA, dueña del negocio más rentable del fútbol de clubes, ha dado paso a una lucha cada vez menos disimulada por el control del calendario, de las competiciones y, sobre todo, de un negocio que nunca había movido tanto dinero.

Las diferencias entre ambos organismos ya no se limitan a cuestiones deportivas. Detrás de cada reforma del calendario, de cada nuevo torneo o de cada ampliación de una competición aparece un elemento común: el crecimiento económico de un deporte convertido en una de las industrias más lucrativas del planeta.

Los números explican buena parte de esa transformación. La FIFA prevé cerrar el ciclo económico comprendido entre 2023 y 2026 con unos ingresos cercanos a 13.000 millones de dólares, frente a los 7.500 millones del ciclo anterior. Nunca antes había manejado semejante volumen de recursos. Solo el Mundial de 2026 representa la mayor fuente de ingresos de la organización, impulsada por la venta de derechos audiovisuales, patrocinadores, hospitalidad y entradas.

El fútbol europeo tampoco deja de crecer. Según el informe anual de Deloitte, los ingresos de las principales ligas y competiciones del continente ya superan los 40.000 millones de euros, una cifra inédita que refleja hasta qué punto el negocio continúa expandiéndose pese a las constantes advertencias sobre la saturación del calendario y el desgaste de los jugadores.

El calendario, el verdadero campo de batalla

Si existe un lugar donde se visualiza el enfrentamiento entre FIFA y UEFA es el calendario internacional. Durante años, cada organismo ocupó un espacio relativamente definido. La UEFA concentraba el fútbol de clubes europeo a través de la Champions League y la Europa League, mientras la FIFA reservaba sus grandes eventos para las selecciones nacionales.

Ese equilibrio empezó a romperse cuando la FIFA decidió ampliar el Mundial a 48 selecciones y, especialmente, cuando impulsó un nuevo Mundial de Clubes con 32 participantes, un torneo concebido para convertirse en una gran competición global capaz de atraer patrocinadores y audiencias durante el verano.

La iniciativa fue interpretada por muchos dirigentes europeos como una invasión directa del terreno que históricamente había ocupado la Champions League.

Las tensiones no tardaron en trasladarse a los tribunales. Las principales ligas europeas y el sindicato internacional FIFPRO presentaron una denuncia ante la Comisión Europea acusando a la FIFA de imponer unilateralmente el calendario internacional y de aprovechar su doble condición de regulador y organizador de competiciones para favorecer sus propios intereses comerciales.

El argumento central era sencillo: cada nueva competición reduce los periodos de descanso y aumenta la carga de trabajo de unos futbolistas que, en la élite, pueden superar con facilidad los sesenta o incluso setenta partidos oficiales por temporada.

La FIFA respondió defendiendo que sus competiciones representan una parte muy reducida del calendario total y que todas las reformas fueron aprobadas por sus órganos de gobierno. Pero el conflicto dejó de ser una simple discrepancia deportiva para convertirse en una disputa institucional de primer nivel.

El caso Balogun añade una capa más delicada. Ya no se discute únicamente quién organiza más partidos, sino quién interpreta las normas, quién las aplica y hasta qué punto una competición global puede permitirse decisiones que sus rivales institucionales leen como una alteración de la igualdad competitiva.

La UEFA tampoco puede presentarse como espectadora

Sin embargo, el relato pierde fuerza cuando se observa la evolución de la propia UEFA. Mientras critica el crecimiento del calendario impulsado por la FIFA, el organismo europeo también ha aumentado de forma considerable el número de partidos bajo su control.

La nueva Champions League estrenó este curso un formato que incrementa sensiblemente el volumen de encuentros respecto al sistema anterior. La Eurocopa pasó hace años de 16 a 24 selecciones y la creación de la Nations League respondió precisamente al objetivo de sustituir los amistosos por partidos oficiales con mayor atractivo deportivo y comercial.

Cada reforma ha venido acompañada de un mismo argumento: hacer el fútbol más competitivo, más atractivo y más global. Pero también de una misma consecuencia: más partidos, más derechos audiovisuales y mayores ingresos.

La contradicción resulta evidente. Mientras ambas instituciones se reprochan mutuamente estar saturando el calendario, las dos han contribuido a ampliarlo. La diferencia no reside tanto en el modelo como en quién controla ese crecimiento. Porque la verdadera batalla no consiste únicamente en organizar torneos. Consiste en decidir quién ocupa cada semana del calendario y quién explota económicamente ese tiempo.

Del balón a los fondos soberanos

El crecimiento económico del fútbol tampoco puede entenderse sin observar quiénes financian hoy buena parte de su expansión.

En apenas unos años, los fondos soberanos de Oriente Medio han pasado de desempeñar un papel secundario a convertirse en actores imprescindibles del negocio.

Qatar utilizó el Mundial de 2022 como escaparate internacional mientras consolidaba su proyecto alrededor del Paris Saint-Germain. Emiratos Árabes Unidos ha construido una red global de clubes a través del City Football Group, con presencia en Europa, América, Asia y Oceanía. Arabia Saudí irrumpió con fuerza mediante el Public Investment Fund, adquirió el Newcastle United, revolucionó el mercado de fichajes y será la sede del Mundial de 2034.

Paralelamente, la multipropiedad ha dejado de ser una excepción. City Football Group, Red Bull, BlueCo, Eagle Football o INEOS administran clubes repartidos por distintos países bajo una misma estructura empresarial, un modelo prácticamente impensable hace apenas quince años.

Todo ello ha transformado el fútbol en una industria global donde las fronteras deportivas conviven con estrategias de inversión propias de cualquier gran multinacional.

Un negocio récord y un aficionado cada vez más lejos

Mientras la guerra entre FIFA y UEFA continúa escalando, el fútbol sigue batiendo récords económicos. Nunca se habían vendido tantos derechos audiovisuales. Nunca habían existido contratos de patrocinio tan elevados. Nunca se habían pagado cantidades semejantes por albergar competiciones internacionales. Sin embargo, ese crecimiento convive con una percepción cada vez más extendida entre los aficionados.

Seguir una temporada completa exige acumular suscripciones a varias plataformas. Las entradas para las grandes finales se han convertido en un producto inaccesible para buena parte del público. Los horarios responden cada vez más a intereses globales que locales y los futbolistas afrontan calendarios que reducen al mínimo los periodos de descanso.

La batalla entre FIFA y UEFA suele presentarse como un enfrentamiento entre Gianni Infantino y Aleksander Ceferin o como una disputa por el calendario internacional. Pero, en realidad, refleja algo mucho más profundo: la transformación definitiva del fútbol en una industria global donde las competiciones ya no solo sirven para decidir campeones, sino también para disputar cuotas de mercado.

El caso Balogun ha actuado como detonante porque toca una fibra especialmente sensible: la credibilidad de las reglas. Si el calendario marca quién gana dinero, la disciplina marca quién conserva autoridad. Y cuando una sanción mundialista se convierte en un choque entre FIFA, UEFA, federaciones, gobiernos y eurodiputados, el problema deja de ser una tarjeta roja. Porque la guerra entre FIFA y UEFA ya no va solo de fútbol. Va de poder.

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