Y Gavin Bazunu dijo no. Mientras Irlanda disputaba y ganaba con contundencia su partido de la Nations League contra Israel en Debrecen (Hungría), el portero había abandonado la concentración apenas un día antes. Su decisión incluso redobló un debate en el vestuario de la selección británica que llevaba meses instalado: qué hacer cuando el calendario UEFA obliga a enfrentarse a Israel en pleno conflicto en Gaza y algunos de los jugadores consideran que participar resulta del todo incompatible con sus convicciones.

Antes del partido, el guardameta irlandés explicaba en un comunicado sus conclusiones. “Creo que estaría mal participar”, aseguró Bazunu, justificando que su decisión no era aleatoria sino que se basaba en las “atrocidades” que el estado de Israel ha cometido en la Franja de Gaza. También dejó claro que respetaba a sus compañeros y al cuerpo técnico, aunque personalmenhte entendía que debía apartarse del encuentro.

La selección irlandesa celebró un cónclave durante dos horas el viernes en Pristina (Kosovo), que se saldó con la decisión conjunta de viajar a Hungría para disputar el encuentro. A la mañana siguiente, sin embargo, Bazunu trasladó al seleccionador, Heimir Hallgrímsson, que no quería ser partícipe del encuentro. Una novedad que dio paso a otra discusión interna, esta vez de unas cuatro horas, que obligó a retrasar el entrenamiento y una rueda de prensa prevista para esa misma mañana.

Los futbolistas votaron. La FAI hizo público el resultado exacto, aunque su director ejecutivo, David Courell, aseguró que una “mayoría significativa” quería disputar el partido. La federación se limitó después a señalar en un comunicado que dentro del grupo existían posiciones diferentes y que una mayoría había expresado su deseo de jugar. Bazunu quedó al margen. Todos los demás continuaron en la concentración, incluidos los jugadores que habían votado en contra de disputar el partido, según relató RTÉ. Por unas horas, sin embargo, ni siquiera estuvo completamente despejado que Irlanda fuera a saltar al campo.

El episodio expuso la tensión acumulada alrededor de los dos encuentros contra Israel. Desde que se conoció el emparejamiento de la Nations League, parte del fútbol irlandés había reclamado que la selección no los disputase y varios internacionales habían reconocido sentirse incómodos ante la situación. Hallgrímsson ya había admitido días antes de la convocatoria que algunos jugadores tenían reservas sobre los partidos.

Brazaletes negros y gestos durante el partido

La retirada de Bazunu trasladó esa incomodidad a una decisión concreta. La FAI tenía previsto cumplir sus compromisos con UEFA, pero la posición del guardameta llevó a sus compañeros a revisar de nuevo qué querían hacer. El propio Courell explicó después que el debate se desarrolló fundamentalmente entre los futbolistas, aunque miembros del cuerpo técnico participaron en algunos momentos. Hallgrímsson reconoció que nadie dentro del grupo se sentía cómodo con la situación y admitió que cualquiera de las alternativas tenía consecuencias difíciles de calibrar. Finalmente, Irlanda jugó.

Lo hizo, además, dejando varios gestos de protesta. Los futbolistas llevaron brazaletes negros “en reconocimiento de todas las vidas perdidas en el conflicto”, según explicó la propia FAI. Durante el himno israelí, la selección inclinó la cabeza y no se produjo el habitual intercambio de apretones de manos entre ambos equipos. Jack Moylan hizo todavía más visible esa posición después de marcar el tercer gol. El futbolista se quitó el brazalete negro y lo mostró hacia la zona donde se encontraban los aficionados israelíes antes de besar el escudo de Irlanda. El marcador quedó resuelto antes del descanso. Troy Parrott abrió el resultado en el minuto 14, Adam Idah amplió la ventaja dos minutos después y Moylan hizo el 0-3 en el 25. Irlanda ganó, pero buena parte de la atención siguió centrada en todo lo ocurrido durante las horas anteriores.

El límite de cada jugador

La posición de Bazunu plantea una cuestión que aparece periódicamente en el deporte internacional: cuánto margen tiene un deportista para apartarse de una competición cuando considera que participar entra en conflicto con sus convicciones. No existe una respuesta única y los precedentes históricos tampoco son directamente equiparables. Durante décadas, el deporte formó parte del aislamiento internacional de la Sudáfrica del apartheid. En otros casos, han sido las propias organizaciones deportivas las que han tomado la decisión antes de que el conflicto llegara a los jugadores.

Eso ocurrió después de la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022. FIFA y UEFA suspendieron conjuntamente a los clubes y selecciones rusos de sus competiciones “hasta nuevo aviso”. La decisión fue institucional y evitó que cada federación o futbolista tuviera que resolver individualmente si quería competir contra Rusia. Las circunstancias no son idénticas y una comparación automática entre ambos casos puede resultar engañosa. Sí existe una diferencia relevante para entender lo ocurrido este fin de semana: Israel continúa participando en las competiciones de UEFA y, por tanto, Irlanda tenía programados dos encuentros oficiales contra su selección. Bazunu solo podía decidir sobre su propia presencia.

Irlanda jugó, pero el debate sigue abierto

Hallgrímsson trató de cerrar cualquier lectura de ruptura definitiva después del partido. El seleccionador aseguró que Bazunu seguía formando parte del grupo y reveló que la plantilla le había enviado un mensaje después de la victoria. “Es uno de nosotros”, afirmó. El técnico insistió en que respetaban su decisión y señaló que confiaba en que continuase formando parte del equipo. También reconoció que era la primera vez que el grupo se dividía ante una cuestión de este tipo y que la situación había generado incomodidad dentro de la concentración.

Hallgrímsson defendió también a quienes decidieron jugar. Según explicó después del encuentro, la presión de los últimos días había afectado tanto a los futbolistas como a sus familias, y pidió que se respetasen las distintas posiciones adoptadas dentro del vestuario. El propio entrenador admitió que la federación desconocía con exactitud qué consecuencias habría tenido una negativa a disputar el encuentro. Señaló, no obstante, que habían recibido advertencias sobre un posible impacto para el fútbol irlandés y sus competiciones, aunque esas eventuales sanciones nunca llegaron a concretarse porque el partido finalmente se celebró.

Irlanda volverá a encontrarse con Israel el próximo domingo 4 de octubre. Tampoco será un partido normal. Aunque figura como local, la FAI decidió trasladarlo fuera del país por “desafíos operativos”. Se disputará en el TSC Arena de Bačka Topola, Serbia, y a puerta cerrada, una modificación aprobada por UEFA meses antes de que estallara la crisis de este fin de semana.

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