Estéban Lepaul está firmando una de las historias más impactantes del fútbol francés esta temporada. A sus 25 años, el delantero del Rennes ha logrado situarse en lo más alto de la tabla de goleadores de la Ligue 1, igualado con 16 tantos, después de un recorrido muy poco habitual en la élite: sin haber sido internacional con Francia, sin una progresión lineal y después de haber atravesado uno de los episodios más duros de su vida fuera del campo.

La dimensión deportiva de su temporada ya es importante por sí sola. Rennes pagó cerca de 14 millones de euros por su fichaje y el atacante está respondiendo con goles, rendimiento y un peso creciente. Pero lo que ha hecho que su nombre trascienda aún más en Francia no es solo su acierto de cara a portería, sino la historia personal que ha decidido contar en una entrevista reciente y que explica mejor que ninguna estadística por qué su momento actual tiene una carga emocional tan fuerte.

Un apellido ligado al fútbol y a una herida familiar

Lepaul creció muy cerca del fútbol por la trayectoria de su padre, Fabrice Lepaul, que ganó una Liga francesa, dos Copas y una Intertoto con el Auxerre en los años noventa. Sin embargo, aquella carrera también quedó marcada por un grave accidente de tráfico sufrido en octubre de 1997. Estéban relató que su padre salió de aquel episodio con “medio cráneo destrozado y fracturas increíbles”, estuvo 15 días en coma y que los médicos llegaron a pensar que no volvería a caminar. Según su testimonio, aquel accidente destruyó su relación con el juego: “Su pasión por el fútbol se hizo añicos. Ya no quería jugar”.

Años después, la tragedia volvió a golpear a la familia. En mayo de 2020, Fabrice sufrió un segundo accidente de tráfico que terminó costándole la vida. El hoy delantero del Rennes recordó cómo recibió la noticia en el hospital y cómo los cirujanos le explicaron que su padre había entrado en muerte cerebral y no despertaría. Fue entonces cuando tuvo que tomar la decisión más dura de su vida. “No, apaguen las máquinas. Sólo yo podía hacerlo”, explicó. Y dejó la frase más estremecedora del relato: “Simplemente le pedí perdón”.

Del vacío al fútbol de supervivencia

Aquella pérdida coincidió además con un momento de enorme incertidumbre en su carrera. Lepaul ha contado que, tras salir del Lyon en el año del COVID-19, se encontró sin equipo y en una situación límite. “Fue un periodo difícil de mi vida. Perdí a mi padre y, a principios de julio, no tenía equipo”, recordó. En ese contexto, lejos de rendirse, optó por seguir adelante en una categoría muy alejada del foco mediático: fichó por el Épinal, en National 2, la cuarta división francesa.

Ese detalle explica muy bien la singularidad de su ascenso. Mientras muchos goleadores de ligas grandes responden a trayectorias planificadas desde la cantera hasta la élite, Lepaul tuvo que reconstruirse desde abajo, en un momento de dolor personal y de fragilidad profesional absoluta. Después llegó su crecimiento en el Angers, donde encontró el espacio para explotar, y más tarde el salto al Rennes, ya convertido en un delantero preparado para rendir al máximo nivel.

Goles con memoria

Uno de los aspectos más llamativos de su historia es la manera en que conecta su rendimiento actual con la figura de su padre. Lepaul ha dejado claro que cada tanto tiene un destinatario emocional. “Las personas que nos abandonan siempre nos vigilan. Estoy convencido”, aseguró, explicando así por qué sus celebraciones suelen mirar al cielo.

También quiso desmarcarse de cualquier lectura simplista sobre su apellido y su trayectoria. “No me ha beneficiado ni perjudicado el apellido”, afirmó, antes de recordar además las diferencias futbolísticas entre ambos: “Él era un extremo bajito, de 1,70 y zurdo. Yo soy todo lo contrario: delantero centro, de 1,80 y diestro”. Esa reflexión ayuda a entender que su ascenso no se apoya en la nostalgia ni en la herencia, sino en una construcción propia, marcada por la perseverancia y por una necesidad casi vital de seguir adelante.

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