La España de Javier Bardem ya está en cuartos. La España de los colores vivos, de los acentos distintos, de las raíces mezcladas y de las identidades que no piden permiso para existir. La España que no se encierra en una sola forma de ser, de sentir o de celebrar. La que entiende que una bandera no tiene por qué servir para excluir, sino para encontrarse.
Después de la victoria de la selección frente a Portugal (0-1), Bardem puso palabras a algo que va más allá del fútbol. A través de una publicación en Instagram donde respondió a sus habituales críticos con la elegancia del que no baja al barro, habló de una España plural y progresista, de un país que no teme su diversidad, sino que la convierte en fortaleza. Y, de alguna manera, esa idea también corre por las venas de esta Roja que se ha metido entre las ocho mejores del Mundial.
Porque esta selección no es uniforme. No lo es en el campo ni fuera de él. Es joven, descarada, imperfecta, ambiciosa. Tiene la electricidad de Lamine Yamal, el descaro de Nico Williams, la pausa de Pedri, el talento de Olmo, la jerarquía de Rodri, la grandeza de Mikel Merino, la seguridad de Unai Simón y la energía de Pedro Porro. Tiene también la experiencia de Oyarzabal, el oficio de Cucurella, la contundencia de Laporte, la presencia de Baena, el poso competitivo de Cubarsí, la personalidad de Borja Iglesias, la amenaza de Ferran Torres y la fe de Luis de la Fuente.
Tiene futbolistas de distintas procedencias, trayectorias y sensibilidades. Tiene talento de barrio, de cantera, de familias migrantes, de ciudades grandes y de rincones pequeños. Tiene una generación que ha crecido en otra España, una más abierta, más mezclada, más consciente de que la identidad no se impone: se comparte. Una idea revolucionaria, por lo visto, para quienes todavía creen que querer a un país consiste en hacerlo cada vez más pequeño.
Y eso también se juega. Se juega cuando un equipo no pregunta de dónde viene cada uno, sino hacia dónde quiere ir. Se juega cuando todos corren por todos. Cuando el que marca abraza al que asistió, al que recuperó, al que sufrió desde el banquillo y al que se dejó la voz desde la grada. Se juega cuando la diversidad no rompe el vestuario, sino que lo hace más fuerte.
Muchos colores, una sola Roja
La Roja está en cuartos y lo está con una imagen reconocible: la de un grupo que no necesita parecerse entre sí para caminar unido. Esa es quizá una de las grandes lecciones de este equipo. España no avanza porque todos sean iguales. Avanza porque todos reman en la misma dirección.
En tiempos de ruido, de etiquetas rápidas y de patriotas de ventanilla, esta selección ofrece una fotografía distinta. Una España que puede emocionarse con un gol sin renunciar a su complejidad. Una España que puede celebrar junta sin borrar sus diferencias. Una España que entiende que lo común no se construye aplastando lo diverso, sino dándole espacio.
Bardem habló de igualdad, justicia social, respeto mutuo, cultura y democracia. Palabras grandes, sí. Pero también palabras concretas. Porque detrás de cada una de ellas hay una forma de mirar el país. Y el fútbol, aunque a veces se empeñe en esconderlo, también habla del país que somos. Habla de quiénes caben, de quiénes son señalados, de quiénes representan y de quiénes tienen derecho a emocionarse con la camiseta.
Esta España que juega el Mundial no pertenece a una sola España. No es patrimonio de quienes gritan más fuerte ni de quienes quieren reducirlo todo a un símbolo cerrado. Es de todos y de todas. De quienes se sienten españoles de una manera, de quienes lo hacen de otra y de quienes simplemente se reconocen en un grupo que compite, se abraza y sueña.
Ahora llega Bélgica. Llegan los cuartos. Llega el vértigo de los grandes días. Pero España ya ha ganado algo antes de jugar ese partido: ha vuelto a proyectar una imagen de equipo y de país en la que caben muchas formas de ser. Una selección que no es perfecta, pero sí reconocible. Que no necesita discursos impostados para hablar de pluralidad, porque la lleva puesta.
La España de Javier Bardem ya está en cuartos. Y no va sola. Va con Lamine, Olmo, Pedri, Rodri, Mkiel Merino, Cucurella y todos los demás. Va con sus colores, sus acentos, sus contradicciones, sus jóvenes, sus veteranos, sus barrios, sus lenguas, sus heridas y sus ganas. Va con todo lo que algunos quisieran hacer pequeño. Va con una idea sencilla y poderosa: cuando cabemos todos, somos más fuertes.
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