El fútbol europeo sirve esta semana como punto de encuentro entre el pasado y el futuro de dos clubes españoles. El Celta de Vigo recibe este jueves a la Juventus, 26 años después de protagonizar una de las noches más recordadas de su historia, mientras que el Real Betis se mide este miércoles al Oporto en su regreso a la Champions League más de dos décadas después de su última participación. Dos citas que van más allá de los 90 minutos y que permiten observar cómo han evolucionado sus identidades, sus instalaciones y sus aspiraciones.
En Vigo, la mirada se dirige a una noche que permanece en la memoria colectiva de la afición. En Sevilla, el foco está puesto también en el escenario. La Cartuja se ha convertido en el hogar provisional de un Betis que afronta una importante transformación de su infraestructura, con un proyecto de remodelación que refleja hasta qué punto los estadios han adquirido una dimensión estratégica dentro del negocio del fútbol.
El Celta busca recuperar el espíritu de una noche histórica
El 9 de marzo de 2000, Balaídos asistió a una de las mayores gestas europeas del Celta. Después de caer por 1-0 ante la Juventus en Turín, el conjunto gallego necesitaba una actuación extraordinaria para superar los octavos de final de la Copa de la UEFA. La respuesta fue un contundente 4-0 que eliminó a uno de los grandes del continente y dejó una huella imborrable en el club.
Aquel equipo dirigido por Víctor Fernández no se limitó a aprovechar una buena noche. Con futbolistas como Claude Makélélé, Valeri Karpin, Aleksandr Mostovoi y Haim Revivo, el Celta construyó durante aquellos años una identidad reconocible, capaz de competir contra rivales de primer nivel y convertir Balaídos en un escenario incómodo para los grandes europeos. En aquella goleada, Makélélé abrió el marcador, Birindelli marcó en propia puerta y Benni McCarthy firmó un doblete.
La Juventus de Carlo Ancelotti contaba entonces con figuras de la dimensión de Zinedine Zidane, Alessandro Del Piero y Filippo Inzaghi. El resultado convirtió aquella eliminatoria en un símbolo de la época dorada europea del conjunto vigués, que también dejó actuaciones destacadas frente a rivales como el Liverpool y el Benfica.
El reencuentro de este jueves ofrece al Celta la oportunidad de recuperar ese recuerdo sin quedar atrapado en él. Más de un cuarto de siglo después, la historia sirve para reforzar el vínculo entre el equipo y su afición, pero también plantea una cuestión sobre la continuidad de los proyectos deportivos: cómo preservar una identidad competitiva en un fútbol europeo cada vez más condicionado por las diferencias económicas entre clubes.
El Betis regresa a la Champions con otro estadio y otro modelo de negocio
El caso del Betis presenta un contraste distinto. Su partido contra el Oporto devuelve al conjunto verdiblanco a una competición en la que no participaba desde la temporada 2005-06. En aquella campaña, el equipo disputó la fase de grupos y llegó a derrotar al Chelsea en casa, aunque no consiguió clasificarse para la siguiente ronda. Veintiún años después, la Champions vuelve a Sevilla para el Betis, pero el escenario ya no es el Benito Villamarín.
Desde la temporada 2025-26, el club juega provisionalmente en el Estadio de La Cartuja, mientras avanzan las obras de remodelación de su estadio habitual. El cambio no es menor. La Cartuja cuenta con capacidad para 70.000 espectadores tras su ampliación y ofrece una infraestructura preparada para albergar grandes acontecimientos deportivos y culturales, además de los partidos del equipo verdiblanco.
Esta mudanza permite analizar el estadio como algo más que un lugar donde disputar encuentros. La capacidad, los servicios, las localidades de distintas categorías y las posibilidades de organizar eventos convierten las instalaciones en una pieza fundamental para diversificar los ingresos de una entidad. La estancia en La Cartuja sitúa al Betis en un recinto de mayor aforo, con potencial para ampliar su explotación comercial, aunque ese margen de crecimiento no equivale automáticamente a unos ingresos adicionales ya cuantificados.
La operación debe entenderse, además, en el contexto de una transformación mucho más amplia. El proyecto del nuevo Benito Villamarín contempla un coste de desarrollo estimado inicialmente en 202,9 millones de euros, al que se añaden partidas previstas para contingencias y otros gastos, elevando la estimación global a unos 232,9 millones de euros. Se trata de una inversión de enorme dimensión para el club y de una apuesta por disponer de unas instalaciones adaptadas a las exigencias comerciales y operativas del fútbol moderno.
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