La hipocresía que han protagonizado en las últimas horas periodistas, aficionados y personalidades del mundo del futbol español ha alcanzado niveles vergonzantes después de la decisión tomada por Kylian Mbappé, quien ya ha explicado su postura, Vinícius Junior e Ibrahima Konaté. Los jugadores renegaron lucir la camiseta de la Asociación Valenciana de Empresarios con el mensaje de “Todos somos caballas” y el escudo de Ceuta en la espalda, en alusión a la crisis migratoria que atraviesa la ciudad autónoma. Pues bien, para muchos resulta una tropelía su negativa a lucir la prenda de la patronal.

Más allá del fondo del mensaje, que es lo de menos, aquellos que están señalando a los tres futbolistas del Real Madrid son los mismos que se llenan la boca asegurando que “el deporte no debe mezclarse con política” o que directamente niegan que todo lo relacionado con el ser humano tiene naturaleza política. Y sí, el fondo del mensaje es lo de menos en cuanto a normativa se refiere, pues no puede estrangularse las normas en favor de los principios políticos de quien dirige el fútbol.

Cabe matizar que quien escribe estas líneas defiende que todo jugador de fútbol pueda realizar una manifestación política en un campo de fútbol siempre y cuando esta no atente contra los derechos humanos, constituya un delito de odio o contribuya a impulsar la violencia (racismo, fascismo, nazismo, homofobia, machismo, etc.). Lo homenajes espontáneos de la afición en favor de Ceuta, los gestos de los clubes o las camisetas recordando a la ciudad autónoma en celebraciones son totalmente lícitas y están siendo permitidas (como debe ser). La camiseta de Frederick Kanouté de Palestina también lo era, pero se sancionó al jugador con 3.000 euros.

La trampa es la misma de siempre. Cuando el mensaje o reclamación puramente política sigue la línea ideológica de aquellos que dominan el fútbol (o cualquier otro deporte), esta pasa a ser asumible bajo el precepto de aceptarla como un enunciado incuestionable, despolitizado y revestirla de verdad universal o, lo que es peor, de significantes vacíos como libertad o paz. Un clásico que Estados Unidos lleva aplicando en todos los ámbitos desde que domina occidente. En el mundo del deporte ocurre lo mismo.

“Son actos institucionales, de club, no personales. Los actos cuando afectan a conceptos ideológicos personales no los autorizamos, pero esto no era un acto de ningún tipo ni de reivindicación política”, se ha pronunciado el presidente de La Liga, Javier Tebas, replicando la estrategia al dedillo: es política lo que yo digo y apruebo. “Me parece mal”, se ha permitido también opinar como cargo institucional quien, pese a su posición, se ha atrevido a calificar de "invasión" lo sucedido en Ceuta, lo que a todas luces es una opinión personal vinculada al discurso de la extrema derecha. 

Guste o no, la crisis migratoria de Ceuta es un acontecimiento político. También lo era la guerra de Ucrania, el genocidio y apartheid con los que Israel lleva sometiendo a la población Palestina desde hace décadas o las diferentes formas de entender la pluralidad nacional de España. Los gestos por la situación de Ceuta parecen ser ahora obligatorios y La Liga impuso el apoyo Ucrania; sin embargo, no pueden realizarse celebraciones, portar camisetas ni hacer muestras de apoyo a la población palestina y el escándalo es ensordecedor cuando aparece una bandera de algún nacionalismo periférico.

La intención de estas líneas no es señalar que detrás de este proceder está la ideología ultraderechista de Javier Tebas. Pero tampoco está de más recordar lo de sobra conocido por todos y es que el dirigente de La Liga fue dirigente del partido franquista Fuerza Nueva y ha apoyado abiertamente a Vox. Quizá por eso pronunciarse sobre determinadas causas está prohibido, pero otras se permiten o directamente se imponen, como ocurrió con la censura del apoyo a Palestina que el Athletic Club de Bilbao y su afición realizaron en San Mamés. Y el problema es de quién dirige, no de los futbolistas y de los aficionados.

Que las gradas y los futbolistas se pronuncien sobre estas y otras materias es natural, pero que quien domina La Liga, que todos sabemos de qué pie cojea, decida cuáles son los pronunciamientos aceptables es un asalto a la libertad de expresión y una actitud a todas luces dictatorial. Y si se antoja problemático no permitir a los jugadores emitir según qué opiniones políticas, más lo es obligarles a jugar bajo banderas o vestir camisetas que tienen dicha naturaleza política. Los pronunciamientos políticos deben permitirse en el deporte, pues es por naturaleza política, pero no solo cuando a sus dirigentes les apetezca.

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