El Mundial tiene selecciones, himnos, estadios llenos y millones de aficionados pendientes de una pelota. Pero también tiene algo bastante menos romántico: derechos de televisión, entradas, patrocinios, licencias y miles de millones de dólares. Y durante unas semanas, todo ese negocio estuvo cerca de tener un nuevo propietario minoritario.

La FIFA llegó a preparar una operación para vender aproximadamente un 21% de una nueva sociedad que agruparía parte de sus activos comerciales. Sobre la mesa había unos 4.200 millones de dólares de inversión privada y una valoración total cercana a los 20.000 millones. Entre los posibles inversores aparecía Thrive Capital, el fondo fundado por Joshua Kushner.

Dicho de otra forma: alguien podía comprar, metafóricamente, uno de cada cinco euros del gran negocio comercial futuro de la FIFA.

El proyecto se llamaba FIFA Forward Enterprise (FFE) y aspiraba a separar en una nueva estructura buena parte de la máquina que convierte el fútbol internacional en dinero. El plan terminó siendo abandonado después de una rebelión interna y externa, pero ha dejado una pregunta incómoda flotando sobre Zúrich: ¿cuánto vale realmente el Mundial?

Un balón, 48 selecciones y un negocio de casi 9.000 millones en un solo año

Para comprender por qué un fondo de inversión puede interesarse por la FIFA hay que dejar durante un momento el balón a un lado y mirar sus cuentas.

La organización prevé ingresar en 2026 unos 8.911 millones de dólares, el mayor presupuesto anual de ingresos de su historia. Solo los derechos audiovisuales aportarán aproximadamente 3.925 millones, cerca del 44% de todo el dinero previsto para este año. Otros 1.786 millones procederán de derechos de marketing y alrededor de un 34% de los ingresos llegará de entradas y hospitality.

Y 2026 no es una excepción aislada. Para todo el ciclo 2023-2026, la FIFA espera superar los 13.000 millones de dólares de ingresos. A finales de 2025 ya tenía contratado el 93% de esa cifra. Solo en ese último año facturó 2.661 millones, un 9% más de lo que había presupuestado.

La televisión aportó en 2025 otros 1.044 millones de dólares. Los patrocinadores, 965 millones. Y las entradas y servicios hospitality generaron otros 411 millones.

El fútbol, en definitiva, puede seguir siendo imprevisible dentro del campo. Fuera de él hace tiempo que dejó de serlo. Y el Mundial de 2026, disputado en Estados Unidos, México y Canadá con 48 selecciones y 104 partidos, ha demostrado hasta qué punto puede exprimirse económicamente la competición.

Solo en Estados Unidos, Fox pagó unos 485 millones de dólares por sus derechos del torneo. Y la cadena ha terminado viendo dispararse sus ingresos publicitarios: en su último trimestre fiscal aumentaron un 78%, impulsados en buena parte por el Mundial. Hubo anuncios de apenas 30 segundos cuyo precio osciló entre 200.000 y 750.000 dólares, dependiendo del partido.

La demanda tampoco parece tener techo. Antes del torneo, Gianni Infantino llegó a asegurar que la FIFA había recibido alrededor de 500 millones de solicitudes de entradas, frente a menos de 50 millones para los Mundiales de 2018 y 2022.

Ese es el producto que quería empaquetarse para los inversores. No una liga secundaria. No un club con deuda. No un estadio. El acontecimiento deportivo más visto del planeta.

La UEFA hace las cuentas y no le salen

La polémica, sin embargo, no terminó con una discusión ideológica sobre si el Mundial puede o no tener inversores privados. Hay otra cuestión mucho más incómoda: el precio.

La entrada de aproximadamente 4.200 millones de dólares a cambio de alrededor del 21% situaba la valoración de FIFA Forward Enterprise en unos 20.000 millones de dólares. Y en la UEFA hay quienes creen que esa cifra era demasiado baja.

Según The Guardian, el organismo europeo prepara una valoración independiente de los activos comerciales de FIFA para comprobar si Infantino estuvo dispuesto a venderlos por debajo de su verdadero valor. Entre las preguntas que plantea UEFA aparecen dos especialmente delicadas: cómo se llegó exactamente a esos 20.000 millones y si existió un proceso competitivo adecuado para buscar al mejor comprador. La duda no es menor.

El Financial Times ha calculado que la propia FIFA proyecta aproximadamente 3.500 millones de dólares anuales procedentes del Mundial masculino durante los próximos años. Con semejante capacidad de generación de ingresos, algunos analistas consideran que una valoración de 20.000 millones ofrece un múltiplo demasiado bajo para un activo global prácticamente irrepetible.

Aquí el fútbol se parece cada vez menos a un vestuario y cada vez más a una operación de capital riesgo.

Un inversor no paga únicamente por lo que FIFA ingresa hoy. Paga por lo que cree que podrá ingresar mañana: más partidos, más patrocinadores, nuevos formatos, plataformas digitales, hospitality, licencias, datos, apuestas y nuevos mercados audiovisuales.

Y la propia FIFA cree que su negocio seguirá creciendo. Para el ciclo 2027-2030 ya ha presupuestado otros 14.000 millones de dólares de ingresos. De ellos, 6.064 millones procederían solo de derechos televisivos. A finales de 2025, antes incluso de entrar en ese ciclo, ya tenía contratados más de 3.600 millones.

En apenas dos décadas, la dimensión financiera de la FIFA se ha multiplicado. Su presupuesto para 2027-2030 será más de tres veces superior al del ciclo 2011-2014. Por eso UEFA quiere saber exactamente qué estaba a punto de venderse. Y, sobre todo, a quién beneficiaba el precio.

Thrive Capital y el apellido Kushner entran en el vestuario

Uno de los nombres que convirtió la operación en dinamita política fue Thrive Capital, la firma fundada por el multimillonario estadounidense Joshua Kushner.

El apellido no es precisamente desconocido en Washington. Joshua es hermano de Jared Kushner, yerno de Donald Trump y una de las figuras más cercanas al presidente estadounidense durante su primera Administración.

La operación contemplaba que un grupo de inversores encabezado por el entorno de Thrive adquiriese esa participación minoritaria. Formalmente, los fondos no compraban la FIFA ni obtenían el control deportivo de un Mundial. Compraban exposición al negocio que rodea sus competiciones.

Pero ahí empieza el debate. Porque la FIFA no es una compañía convencional. Es al mismo tiempo regulador del fútbol mundial, organizador de las principales competiciones y propietario de derechos comerciales multimillonarios.

Ese cruce entre juez, organizador y vendedor es precisamente uno de los motivos por los que el proyecto provocó tanta resistencia.

La UEFA se rebeló. También aparecieron críticas desde otras confederaciones y desde el interior de la propia FIFA. Carlos Cordeiro, asesor de Infantino, dimitió. El jefe de operaciones, Kevin Lamour, cuestionó cómo se había desarrollado el proyecto. Incluso Arsène Wenger, director de desarrollo del fútbol mundial en FIFA, tomó distancia y reclamó una organización independiente y transparente.

La presión terminó funcionando. Infantino abandonó el proyecto y posteriormente reconoció que se habían cometido “errores” en la manera de gestionarlo.

Pero Europa no considera cerrado el asunto. La UEFA ha pedido preservar documentación y comunicaciones relativas a la operación y ha llegado a contemplar acciones legales, arbitrajes y reclamaciones regulatorias.

De LaLiga a la Fórmula 1: el deporte ya pertenece parcialmente a los inversores

La paradoja es que la idea de vender una parte del negocio tampoco resulta revolucionaria dentro del deporte moderno.

Los fondos de inversión llevan años entrando en competiciones, clubes y derechos audiovisuales. CVC Capital Partners compró una participación vinculada al negocio audiovisual de LaLiga mediante el acuerdo conocido como LaLiga Impulso. El capital privado ha pasado también por competiciones de rugby, empresas de representación, deportes estadounidenses y organizaciones vinculadas a la Fórmula 1.

La pregunta que plantea la FIFA es distinta por la escala y por la naturaleza del vendedor. Un club pertenece a sus propietarios. Una empresa puede sacar una división a bolsa. Una competición doméstica puede negociar con sus asociados.

Pero la FIFA administra un torneo construido durante casi un siglo por 211 federaciones nacionales, selecciones públicas en términos deportivos y cientos de millones de aficionados que no consideran el Mundial una propiedad empresarial convencional. Ahí está el verdadero conflicto.

Desde la lógica financiera, vender una participación minoritaria puede tener sentido: FIFA recibe inmediatamente varios miles de millones y comparte el riesgo comercial con un socio experto. Desde la lógica deportiva, significa permitir que un fondo privado tenga un interés económico permanente en conseguir que la FIFA venda más, juegue más, cobre más y produzca más competiciones.

Y ahí aparece una pregunta bastante más interesante que la de quién levantó la última Copa del Mundo. Si cada nuevo partido genera más derechos televisivos, más entradas, más patrocinio y más retorno para los accionistas, ¿quién tendría incentivos económicos para jugar menos?

Quizá por eso el intento de Infantino ha levantado semejante incendio. La operación ya no está sobre la mesa, pero el fútbol ha aprendido algo durante estas semanas: por primera vez hemos estado suficientemente cerca como para poner una cifra al asunto.

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