El Manchester City y el Paris Saint-Germain se enfrentan este miércoles en la Champions League con mucho más en juego que tres puntos. Los dos clubes que mejor simbolizan la llegada de las grandes fortunas del Golfo al fútbol europeo vuelven a encontrarse después de recorrer caminos diferentes para consolidar su poder. El City llega al partido con una resolución por graves infracciones financieras recurrida ante la Premier League. El PSG, que también ha tenido que responder ante la UEFA por incumplir sus normas económicas, tiene hoy a su presidente, Nasser Al-Khelaifi, sentado en algunos de los despachos más influyentes del fútbol mundial. Dos trayectorias que ayudan a explicar hasta qué punto el dinero ha transformado tanto la competición como las instituciones encargadas de gobernarla.
La actualidad ha puesto el foco sobre el conjunto inglés. El pasado 29 de septiembre, una comisión independiente de la Premier League declaró probado que el Manchester City había cometido graves infracciones de su normativa financiera durante nueve temporadas, entre 2009 y 2018. Según la resolución anunciada por la competición inglesa, el club utilizó contratos comerciales ficticios para presentar ingresos superiores a los reales, reducir artificialmente sus costes y ocultar su verdadera situación económica a los auditores y reguladores.
El City presentó un recurso el 1 de octubre y mantiene su inocencia. Su defensa sostiene que la resolución contiene errores sustanciales de hecho y de derecho y asegura disponer de pruebas para rebatirla. Todavía no existe una decisión firme sobre el procedimiento, por lo que tampoco puede darse por definitiva ninguna de las sanciones que podrían derivarse de él, desde multas y deducciones de puntos hasta otras medidas deportivas.
Al otro lado estará un PSG cuya relación con las normas financieras del fútbol europeo tampoco ha sido precisamente pacífica. Desde que Qatar Sports Investments adquirió el club en 2011, los parisinos han afrontado distintas actuaciones de la UEFA por sus cuentas y sus acuerdos comerciales. La particularidad de su caso es que, mientras la entidad francesa trataba de consolidarse entre las grandes potencias deportivas del continente, su presidente ascendía también por la estructura institucional del fútbol europeo.
Dos clubes que ya se encontraron ante el juego limpio financiero
La historia compartida de PSG y Manchester City empezó mucho antes de este último escándalo. En mayo de 2014, ambos aceptaron acuerdos con el organismo de control financiero de la UEFA después de incumplir los requisitos del llamado fair play financiero. Las condiciones fueron prácticamente idénticas: una contribución económica de hasta 60 millones de euros, de los que 40 millones quedaban condicionados al cumplimiento de los objetivos establecidos, restricciones para inscribir futbolistas en competiciones europeas y límites sobre el gasto y la plantilla.
Aquellos acuerdos dejaron una imagen difícil de ignorar. Dos clubes que habían acelerado su crecimiento gracias a propietarios extraordinariamente ricos se encontraron simultáneamente con unas normas concebidas para impedir que los equipos gastaran de manera sostenida por encima de sus posibilidades. La UEFA terminó levantando determinadas restricciones deportivas en 2015, una vez evaluado el cumplimiento de las condiciones pactadas.
El recorrido posterior fue diferente. En 2020, el City recibió una sanción de dos temporadas sin competiciones europeas por parte de la UEFA, pero el Tribunal de Arbitraje Deportivo anuló la exclusión al considerar que parte de las acusaciones no estaban probadas y otras habían prescrito. Se mantuvo una multa de diez millones de euros por falta de cooperación. Aquel procedimiento no es el mismo que ahora examina la Premier League y responde a normas, periodos y órganos disciplinarios distintos.
El PSG, por su parte, volvió a aparecer en los expedientes de la UEFA en septiembre de 2022. El organismo concluyó que el club francés había incumplido el requisito de equilibrio financiero durante el periodo examinado y acordó una contribución de hasta 65 millones de euros, de los que diez millones eran incondicionales. El acuerdo incluía nuevos compromisos económicos y posibles restricciones adicionales si no se alcanzaban los objetivos previstos.
Los antecedentes impiden presentar al PSG como un espectador ajeno a las controversias sobre las finanzas del fútbol. También obligan a evitar una equivalencia automática: los expedientes afectaron a ejercicios diferentes y no contienen necesariamente las mismas conductas ni las mismas conclusiones jurídicas. Lo que comparten ambos clubes es una transformación económica que ha provocado repetidos enfrentamientos con los límites establecidos por los reguladores.
De los expedientes financieros a los despachos de la UEFA
Mientras se sucedían esas controversias, Nasser Al-Khelaifi fue ampliando su presencia institucional. El dirigente catarí, que preside el PSG desde la llegada de QSI en 2011, forma parte de la organización europea de clubes desde 2016 y alcanzó su presidencia en abril de 2021. Aquel nombramiento se produjo en pleno terremoto provocado por el proyecto de la Superliga, que enfrentó a varios de los clubes más poderosos con la UEFA.
El PSG rechazó sumarse a la iniciativa de los doce clubes fundadores. Esa posición situó a Al-Khelaifi entre los principales interlocutores de Aleksander Ceferin en un momento en el que la UEFA necesitaba recomponer sus relaciones con las grandes entidades europeas. Su ascenso institucional no se explica exclusivamente por aquella crisis, pero la ruptura entre los promotores de la Superliga y el organismo europeo contribuyó a reforzar su protagonismo.
En la actualidad, Al-Khelaifi preside European Football Clubs (EFC), la organización heredera de la antigua Asociación de Clubes Europeos, y representa a esta entidad en el Comité Ejecutivo de la UEFA. Desde octubre de 2025 ocupa también un asiento en el Consejo de la FIFA, de acuerdo con la información institucional de EFC.
No son cargos meramente honoríficos. El Comité Ejecutivo de la UEFA interviene en decisiones estratégicas y reglamentarias de la organización, mientras que EFC representa los intereses de los clubes ante los organismos que gobiernan las competiciones. La asociación participa, además, en las estructuras de cooperación comercial creadas con la UEFA para gestionar y desarrollar sus torneos.
Al-Khelaifi concentra así varias responsabilidades: dirige uno de los clubes más ricos de Europa, preside una organización que representa a centenares de equipos y participa en órganos de gobierno tanto de la UEFA como de la FIFA. A ello se añade su presidencia de beIN Media Group, un operador internacional de televisión que comercializa derechos de numerosas competiciones deportivas.
La acumulación de funciones no constituye por sí misma una irregularidad. Sin embargo, plantea una cuestión relevante sobre la estructura del fútbol contemporáneo: cómo se gestionan los posibles conflictos de interés cuando quienes representan a clubes sujetos a la normativa también intervienen en instituciones que participan en la elaboración de las reglas y en el negocio de las competiciones. En el caso del control financiero, las investigaciones y decisiones disciplinarias corresponden a órganos específicos, diferenciados de las funciones institucionales que desempeña Al-Khelaifi.
Rivales sobre el césped, compañeros en los órganos de poder
La relación institucional entre los protagonistas del partido de este miércoles tiene otro detalle significativo. Ferran Soriano, director ejecutivo de City Football Group, comparte el comité ejecutivo de EFC con Al-Khelaifi. Ambos figuran en el organigrama oficial de la asociación, junto con representantes de clubes como el Bayern de Múnich, el Atlético de Madrid o la Roma.
La coincidencia muestra una faceta menos visible del fútbol europeo. Las rivalidades deportivas y las disputas con los organismos reguladores conviven con la necesidad de defender intereses comerciales comunes. PSG y Manchester City compiten por títulos, futbolistas y patrocinadores, pero también participan en una organización que negocia colectivamente con la UEFA las condiciones económicas e institucionales de las competiciones.
Esa cooperación ha ganado importancia con la creación de UC3, la sociedad conjunta de UEFA y EFC que comenzó a operar en enero de 2025 y se encarga de gestionar los derechos comerciales de las competiciones europeas de clubes. El organismo interviene en la venta de derechos audiovisuales, patrocinios y licencias, mientras la UEFA conserva las competencias deportivas y regulatorias. Su estructura refleja hasta qué punto los clubes han pasado de ser participantes en las competiciones a intervenir directamente en la explotación de su negocio.
Al-Khelaifi ha defendido este modelo como una vía para aumentar los ingresos del fútbol europeo y mejorar el reparto de recursos entre los participantes. La colaboración también contempla mayores pagos de solidaridad para equipos que no disputan competiciones continentales. El debate no está tanto en la existencia de esos acuerdos como en el equilibrio de poder entre los clubes de mayor dimensión económica y el resto de entidades representadas.
Abu Dabi y Catar: dos proyectos que desbordan el fútbol
Detrás de esta evolución institucional hay dos proyectos empresariales con profundas conexiones con sus respectivos países de origen. El Manchester City pertenece a City Football Group, cuya participación mayoritaria está controlada por una sociedad propiedad del jeque Mansour bin Zayed Al Nahyan, miembro de la familia gobernante de Abu Dabi. El grupo estadounidense Silver Lake posee cerca del 17% del capital.
Desde la compra del City en 2008, el proyecto ha evolucionado hacia una red internacional de clubes y participaciones empresariales. La expansión permite compartir estructuras técnicas, desarrollar jugadores, abrir mercados y ampliar las fuentes de ingresos. Al mismo tiempo, la inversión vinculada a Abu Dabi ha trascendido el ámbito deportivo y se ha relacionado con proyectos de desarrollo urbano y actividad económica en Manchester.
El PSG representa una estrategia distinta. Qatar Sports Investments convirtió al club parisino en el principal escaparate futbolístico de su inversión internacional. Su crecimiento estuvo acompañado por operaciones comerciales, contrataciones de estrellas mundiales y una expansión de la marca hacia otros mercados. Al-Khelaifi ha desempeñado un papel central en ese proceso, tanto desde la presidencia del club como en sus responsabilidades empresariales e institucionales.
La dimensión política de estos proyectos tampoco puede separarse completamente de sus propietarios. Catar y Emiratos Árabes Unidos han utilizado el deporte como parte de sus estrategias de proyección internacional, una práctica que organizaciones de derechos humanos y distintos investigadores han analizado bajo el concepto de sportswashing. Los inversores, por su parte, defienden sus proyectos por su aportación económica, deportiva y comercial. En cualquier caso, ni la estructura de propiedad ni la relación con los respectivos Estados son idénticas.
El procedimiento contra el City ha vuelto a poner de manifiesto hasta dónde llegan esas conexiones. La resolución de la Premier League ha generado discusiones en Reino Unido sobre la relación entre las autoridades políticas y los propietarios del club, así como sobre las posibles consecuencias de una sanción para las inversiones vinculadas a Abu Dabi. El caso ha dejado de ser exclusivamente un asunto contable para convertirse también en una cuestión de interés institucional y económico.
Este miércoles, PSG y Manchester City volverán a competir por una victoria en la Champions. El resultado dependerá de lo que ocurra sobre el césped, pero la importancia de ambos clubes ya no puede explicarse únicamente por sus éxitos deportivos. El City intenta revertir una resolución que cuestiona gravemente sus prácticas financieras durante buena parte de su etapa de crecimiento. El PSG, después de sus propios enfrentamientos con la normativa económica, tiene a su presidente participando en la dirección de las principales instituciones del fútbol. Son dos trayectorias distintas dentro de un mismo proceso de concentración de dinero y poder que ha transformado el fútbol europeo.
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