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El ciclismo profesional lleva años creciendo, pero no termina de resolver una de sus contradicciones de fondo. Mueve audiencias globales, recorre diversos continentes y ha convertido a sus principales figuras en auténticas estrellas internacionales. Sin embargo, sus equipos aún dependen de patrocinadores privados para sostener el ecosistema ciclista y el valor comercial generado por las grandes carreras se reparte todavía entre actores con un abanico diverso de intereses.
La Unión Ciclista Internacional (UCI) ya ha admitido que hay un elefante en su habitación. El organismo publicó las conclusiones de The Future of Road Cycling, una consulta lanzada en febrero del presente ejercicio para recoger propuestas de federaciones, organizadores, equipos, corredores, fabricantes, televisiones y patrocinadores sobre el futuro del ciclismo profesional tanto en el ámbito masculino como en el femenino. La institución recibió 55 contribuciones detalladas y asegura haber encontrado amplias coincidencias en temáticas de seguridad, equilibrio financiero, calendario y derechos comerciales y audiovisuales. No hay visos de reforma, pero sí un diagnóstico compartido que abre un proceso largo.
Las primeras pinceladas deberían darse en el mes de diciembre, en el marco del seminario conjunto del WorldTour masculino y femenino en Benidorm. La UCI presenta el proceso como una revisión de largo recorrido y no como un cambio inmediato de reglamento. La cuestión de fondo es si un deporte global puede sostenerse sobre una arquitectura económica diametralmente opuesta a la de otros grandes campeonatos profesionales.
Dependencia del patrocinador
La fragilidad del modelo aparece con claridad en las cuentas de los equipos. Según datos de la UCI recogidos por Cyclingnews, los presupuestos conjuntos del WorldTour masculino alcanzan en 2026 los 663 millones de euros, con una media de 33,1 millones por equipo, frente a 26,2 millones en 2023.
El problema no está solo en cuánto gastan, sino en de dónde sale ese dinero. Cyclingnews sitúa en torno al 87% la parte de los ingresos de los equipos masculinos del WorldTour que procede directamente de patrocinadores. Esa dependencia convierte la salida de una empresa en algo mucho más serio que perder una fuente comercial, pues compromete la propia continuidad de la estructura.
Ahí aparece una diferencia clave respecto al fútbol o la Fórmula 1. Un gran club combina televisión, taquilla, patrocinio, merchandising, competiciones internacionales y otras vías de negocio. En el ciclismo, el patrocinador principal sigue teniendo un peso desproporcionado. La consulta de la UCI reconoce esa preocupación por la sostenibilidad financiera, aunque todavía no existe consenso sobre qué mecanismos deberían corregirla.
Quién controla los derechos
La segunda gran discusión está en los derechos comerciales y audiovisuales. El ciclismo no funciona como una liga única. El Tour, el Giro, la Vuelta, las clásicas y muchas otras carreras dependen de organizadores distintos, con contratos propios y modelos comerciales que no siempre coinciden.
La UCI reconoce la necesidad de revisar esa fragmentación, pero tampoco aquí hay una fórmula definida. Los equipos aportan a los corredores que protagonizan el espectáculo; los organizadores asumen costes de producción, seguridad y negociación con televisiones y patrocinadores. Cualquier intento de redistribuir ingresos afecta directamente a relaciones de poder enraizadas desde hace décadas.
Ese es uno de los motivos por los que proyectos como OneCycling, que planteaba nuevas fórmulas comerciales y cambios en el calendario, han encontrado dificultades para encajar dentro de la gobernanza actual. El episodio muestra hasta qué punto cualquier reforma del ciclismo tiene que resolver primero quién manda sobre el negocio.
Un calendario cada vez más difícil de ordenar
La organización de la temporada es otro de los asuntos señalados por la consulta. La UCI admite que existe interés en mejorar la coherencia geográfica del calendario y reducir determinados desplazamientos, aunque no ha publicado una propuesta cerrada sobre bloques regionales o fechas concretas.
La internacionalización ha permitido llevar grandes pruebas a nuevos mercados, pero también ha multiplicado costes logísticos y desplazamientos de corredores, mecánicos, vehículos y material. La discusión no pasa por reducir necesariamente la presencia global del ciclismo, sino por ordenar mejor una temporada cada vez más exigente.
La seguridad no puede esperar
La seguridad avanza por una vía paralela porque el ciclismo tiene menos margen para posponer decisiones en este ámbito. La UCI trabaja junto a SafeR en distintas medidas, entre ellas el uso más amplio de sistemas de seguimiento GPS. El debate cobró especial fuerza tras la muerte de Muriel Furrer en el Mundial de 2024. La investigación suiza determinó que la corredora permaneció 82 minutos sin ser localizada después de sufrir una caída fuera de la carretera. La Fiscalía de Zúrich concluyó que no había indicios de negligencia criminal por parte de la organización, pero el caso reabrió la discusión sobre la necesidad de localizar con mayor rapidez a un ciclista accidentado.
Dos años después todavía no existe un sistema universal de seguimiento aplicado a todas las carreras. Las diferencias afectan a tecnología, costes y control de los datos. Y ahí seguridad y negocio vuelven a cruzarse: la información sobre posición, velocidad o rendimiento también tiene valor para televisiones y plataformas.
El ciclismo femenino crece mientras el modelo se revisa
La discusión afecta también al ciclismo femenino, que se encuentra en plena fase de profesionalización. En 2026 existen 14 equipos Women's WorldTour y siete Women's ProTeams, mientras la UCI ha aprobado un aumento del 20% en las cantidades que los organizadores del Women's WorldTour pagan a los equipos participantes.
Cyclingnews sitúa los presupuestos conjuntos del Women's WorldTour alrededor de los 80 millones de euros, muy lejos todavía de los 663 millones del circuito masculino. Esa distancia refleja el margen de crecimiento, pero también abre una oportunidad: profesionalizar el ciclismo femenino sin copiar automáticamente todos los desequilibrios económicos del modelo masculino.



