La final de la Copa África disputada el pasado domingo ha pasado a la historia por ser una de las más rocambolescas y surrealistas de la historia. Desde goles anulados y un equipo abandonando el terreno de juego víctima de la frustración y decisiones arbitrales polémicas en su contra, a un penalti fallado por Brahím Díaz en el útlimo minuto del partido y una victoria épica de Senegal en la prórroga. El encuentro lo tuvo todo, pero en medio del caos emergió un símbolo: la toalla de Mendy.
El portero senegalés, que coloca siempre su utensilio cerca de su palo derecho, se convirtió en objeto de disputa durante gran parte del choque. Senegal ya estaba avisada; Nigeria también sufrió 'el robo de la toalla' en semifinales a manos de Marruecos. En aquella ocasión, tuvo éxito y Nwabali se quedó sin ella, pero en la gran final había un hombre destinado a proteger el botín: el portero suplente senegalés, Yehvann Diouf.
Varios recogepelotas intentaron retirar la toalla del terreno de juego, llegando incluso a tirar al césped al meta, que se aferró con fuerzas y consiguió evadir el envite. No solo los recogepelotas tomaron parte de la acción, también jugadores de la plantilla de Marruecos.
La situación escaló aún más cuando el futbolista marroquí Saibari intentó bloquear físicamente a Diouf, impidiéndole acercarse al guardameta titular con la toalla. Las imágenes muestran cómo se interpone deliberadamente, prolongando la confusión y reforzando la sensación de que no se trataba de una anécdota casual, sino de una estrategia para romper la concentración del portero rival.
Otro gesto llamativo llegó de la mano de Achraf Hakimi. En pleno partido, el lateral tomó la toalla de Mendy y la lanzó fuera del terreno de juego, alejándola de la portería senegalesa. El mensaje era evidente: dificultar que el guardameta pudiera secarse, alterar su rutina y añadir presión en un momento decisivo. Todo ello ocurrió en un ambiente ya enrarecido por las protestas y las decisiones arbitrales.
Paradójicamente, y pese a estos episodios, Marruecos recibió el premio Fair Play del torneo. Una distinción que generó debate entre aficionados y analistas, que contrastaron el galardón con lo ocurrido sobre el césped en la final y en rondas anteriores. El contraste entre la imagen institucional y los detalles vividos durante el partido alimentó aún más la controversia alrededor del desenlace del campeonato.
Marruecos, sin Copa África desde 1976
El contexto hacía todo más intenso. Marruecos no solo jugaba en casa; partía con el cartel de gran favorita, empujada por su afición y por un torneo diseñado para culminar con el ansiado título continental. Sin embargo, la presión volvió a pesar. Como ya ocurrió en ediciones anteriores, la selección marroquí se quedó a las puertas y volvió a ver escapar la Copa África, un trofeo que no conquista desde 1976.
La frustración se extendió incluso al protocolo. Durante la entrega de trofeos, el príncipe Moulay Rachid, hermano del rey Mohamed VI, rehusó entregar el trofeo a los jugadores senegaleses, protagonizando una imagen incómoda que rompió la etiqueta habitual. La reacción del presidente de la CAF, Patrice Motsepe, evidenció el malestar por un gesto que cerró una final tan polémica fuera del campo como dentro de él.
Senegal, ajena a todo ese ruido, levantó el título y confirmó su madurez competitiva. Marruecos, en cambio, volvió a comprobar que ni el favoritismo, ni el factor campo, ni las pequeñas artimañas garantizan el éxito. Y en medio de todo, la toalla de Mendy quedó como símbolo inesperado de una final donde los detalles mínimos reflejaron la enorme tensión de un sueño que, otra vez, se le escapó a la selección anfitriona.
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