España llega al cruce contra Austria con una sensación extraña: es favorita, tiene más talento, más balón y más argumentos, pero el partido no invita precisamente a la comodidad. La selección de Luis de la Fuente afronta este jueves, a partir de las 21.00 horas, una de esas noches que no se explican solo desde el once o desde el dibujo. Se explican también desde la paciencia, la puntería y la capacidad para no torcer el gesto si el marcador tarda demasiado en moverse.
El recuerdo de Marruecos en 2022 sigue ahí, aunque nadie necesite mencionarlo en voz alta. También el de Rusia en 2018. Partidos en los que España tuvo la pelota, acumuló pases, llevó el peso del juego y acabó atrapada en su propia superioridad aparente. Austria no es Marruecos, ni juega exactamente a lo mismo, pero sí puede empujar a La Roja hacia una zona incómoda: la de dominar sin hacer daño, mandar sin romper y empezar a mirar el reloj antes que los espacios.
La baja de Nico Williams cambia el mapa
La baja de Nico Williams cambia mucho más que un nombre. España pierde en la izquierda una amenaza natural, un futbolista capaz de estirar el campo, encarar por fuera y obligar al rival a defender muchos metros hacia atrás. Sin él, De la Fuente tiene que decidir qué tipo de partido quiere construir en esa banda.
Baena ofrece pausa, último pase y capacidad para aparecer por dentro. Y, pese a que su temporada en el Atlético de Madrid ha sido bastante discreta, sus minutos en la Copa del Mundo han dejado claro la calidad que tiene. Olmo tiene más llegada, más agresividad entre líneas y mejor lectura para atacar zonas intermedias. Al igual que Baena, no ha tenido un año exquisito en el Barça, lo que paradójicamente ha propiciado que haya llegado al Mundial mucho más fresco de lo que se esperaba. Y un Olmo fresco es mucho Olmo, como ya quedó patente durante la pasada Eurocopa. Y queda la incógnita de Víctor Muñoz, que todavía espera sus primeros minutos importantes en el torneo y que podría darle al equipo una alternativa más directa si el partido se bloquea.
La duda no es menor. Si España junta demasiados jugadores por dentro, puede facilitarle el trabajo a Austria. Si no amenaza por fuera, el rival podrá cerrar pasillos centrales y obligar a La Roja a circular en horizontal. Y ahí es donde empiezan los partidos peligrosos: cuando cada posesión parece correcta, pero ninguna incomoda de verdad. Como pasó ante Cabo Verde y como pasó ante Uruguay.
Pedri, Rodri y el centro del campo que aún busca encaje
En el medio, el único indiscutible parece Pedri. Sin estar a su nivel máximo, es el jugador que ordena, acelera, pausa y encuentra ventajas donde otros solo ven tráfico. A partir de él, aparecen todas las preguntas.
Rodri aporta jerarquía, lectura y control, pero su encaje con Pedri no siempre resuelve todos los problemas si el equipo circula demasiado lento o queda partido tras pérdida. Zubimendi, que todavía no ha tenido minutos, aparece como una opción más natural para equilibrar, aunque dejar fuera a Rodri en un partido así sería una decisión de enorme calado.
El tercer acompañante también cambia el tono de España. Olmo acerca al equipo al área y ofrece remate. Merino da altura, duelo, llegada y una amenaza distinta en segundas jugadas. Fabián aporta golpeo, continuidad y experiencia para sostener posesiones largas. No es solo una cuestión de nombres: es decidir si España quiere más control, más colmillo o más presencia en el área.
España juega al ritmo de una pierna tocada
Lamine Yamal vuelve a ocupar el centro de la conversación porque no hay forma de hablar del techo de España sin pasar por él. No es solo el jugador más desequilibrante de la selección. Es también el futbolista que cambia la temperatura de los partidos, el que obliga al rival a proteger una zona aunque todavía no haya recibido, el que convierte una posesión aparentemente plana en una amenaza real. A sus 18 años, España ya juega muchas veces pendiente de lo que él pueda inventar.
El matiz es que Lamine no ha llegado al Mundial en plenitud. Ha convivido con molestias durante todo el año, ha tenido que gestionar esfuerzos y por momentos se le ha visto jugar con el freno de mano echado, midiendo arrancadas, eligiendo cuándo acelerar y evitando convertir cada recepción en una carrera al límite. Incluso así, condiciona. Incluso sin estar suelto del todo, atrae rivales, abre pasillos interiores y obliga a Austria a decidir si salta sobre él o si le concede metros.
Esa es la dimensión del jugador: España puede necesitarle al 70% y seguir encontrando en él su principal foco de esperanza. Pero el partido también exige protegerle desde el plan. No basta con darle la pelota y esperar que resuelva. Necesita socios, ventajas previas y una estructura que no le obligue a inventar desde parado contra dos defensores.
Ahí aparece la importancia del lateral derecho. Pedro Porro ha dejado mejores sensaciones en esa sociedad con Lamine, porque le ofrece apoyos más naturales, desdobles y una amenaza exterior que libera al extremo. Su partido ante Arabia Saudí fue excelso y coincidió con los mejores minutos de España en lo que llevamos de Copa del Mundo. Marcos Llorente aporta físico y equilibrio, pero quizá no la misma complicidad en los últimos metros. En un cruce que puede atascarse, esa diferencia puede pesar.
La presión tampoco es menor. El techo de España en este Mundial y en los siguientes lo marca Lamine. Eso ya no es una exageración, sino una evidencia asumida por el propio equipo y por el entorno. Lo singular es la normalidad con la que él convive con esa carga. No parece escaparse de ella. La abraza como si perteneciera al paisaje. Como si fuera normal que un futbolista de 18 años cargue con una parte tan grande del futuro de una selección campeona.
Austria no juega como una pequeña
Por otra parte, respecto al cuadro dirigido por Ralf Rangnick, la tentación es presentar a Austria como un rival menor que se encerrará a esperar. Sería una lectura incompleta. No va a discutirle la posesión a España durante noventa minutos, pero tampoco es una selección diseñada únicamente para vivir en bloque bajo.
Austria tiene jugadores acostumbrados a ligas físicas como la alemana o la inglesa. Seiwald, Sabitzer, Schmid, Laimer, Alaba o Arnautovic son algunos de sus nombres más destacados. Futbolistas con piernas para replegar, saltar, presionar y correr al espacio. Se siente cómoda defendiendo y saliendo rápido, pero también tiene personalidad para ir a buscar al rival. Juega muchas veces como si fuera una grande sin serlo del todo. Lo mismo que le pasa a otras selecciones europeas como Turquía, Suecia o Suiza por mencionar alguno.
Eso la hace peligrosa. Si España pierde balones por dentro, Austria tiene piernas para castigar. Si los laterales quedan altos y el equipo se parte, puede encontrar campo. Si el partido se convierte en ida y vuelta, la selección de De la Fuente puede sufrir más de lo previsto.
Pero esa valentía también deja rendijas. La Argentina de Messi ya les desnudó y Argelia estuvo a segundos de dejarles fuera en grupos prácticamente sin querer. Austria no es un muro perfecto. Al salir, concede. Al presionar, se estira. Al querer jugar con una ambición superior a su estatus, puede cometer errores. España tendrá que detectarlos sin precipitarse, atacar los espacios cuando aparezcan y no caer en la ansiedad de querer resolver cada jugada en tres segundos.
El partido pide fútbol, pero también nervio. Pide paciencia, pero no parsimonia. Pide control, pero no anestesia. España necesita dominar, sí, pero sobre todo necesita hacer daño. Porque si Austria consigue que el tiqui-taca se convierta en taquicardia, la eliminatoria empezará a parecerse demasiado a noches que La Roja conoce de sobra.
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