A riesgo de parecer un pollavieja, si es que con 32 años se puede, me abruma la modernidad. Cada año trato de alejarme lo máximo posible de la turra otoñal del Balón de Oro. Hace demasiado que ese premio ególatra me importa lo que viene siendo una mierda. Pensaba que el desprestigio de lo que en tiempos fue un galardón respetado no podría ir a más. Como suele ser habitual en mi vida, me equivoqué. En el sótano de su descrédito siempre hay una planta más. Ni siquiera voy a entrar en valoraciones deportivas. Eso es lo de menos.
Evidentemente, nunca llueve a gusto de todos y, para ídem, los colores. La eterna discusión Messi-Cristiano, aun siendo un bucle infinito, era hasta divertida. Al fin y al cabo, hablamos de los dos mejores futbolistas de todos los tiempos, aunque aquí me remito al final de la primera frase de este párrafo. Tampoco voy a ser ingenuo. El Balón de Oro siempre ha tenido un componente marketiniano, pero al menos quedaba algo de fútbol debajo de toda la hojarasca.
Incluso aquel Robo de Oro, que fue la victoria de Michael Owen sobre Raúl en 2001, estaba a años luz del nivel de bochorno actual. Ingleses… Son sus costumbres y hay que respetarlas. Había debate, por mucho que al ‘7’ se le hayan desbrozado muchas de sus virtudes hasta reducirlo al cliché de ‘más listo de la clase’. Existía margen para discutir qué hacía extraordinario a un futbolista y dónde colocar el límite. Ahora, cada vez hace menos falta ver jugar a nadie.
Un verdadero salto adelante - o hacia el precipicio -. Hemos entrado de lleno en el fútbol TikTok. Un peligroso terreno en el que noventa minutos son una eternidad y basta con quince segundos bien editados, una arrancada, un regate perfecto, otro a regañadientes, una mirada desafiante y una estadística aislada, pero suficientemente llamativa para construir una candidatura. Da igual el antes. También el después. El contexto estorba en el consumo rápido porque no permite que el cerebro humano se vaya de vacaciones entre la música y el “aura”.
El fútbol siempre ha sido una fábrica de mitos, aunque convivía bien con la construcción de empresas. La cuestión es que ahora también produce multinacionales personales en tiempo real. Cada gesto tiene que circular, cada declaración tiene que empaquetarse en un titular y cada partido deja detrás una pequeña factoría de contenido viral. Ya no basta con jugar bien. Lo de la mujer del César quedó atrás. Ahora hay que parecerlo. Repetir el mantra muchas veces y que ese ente llamado entorno haga el resto. Lo extraordinario ya solo necesita aguantar hasta el siguiente scroll.
No se trata de injusticias deportivas, sino de abrazar la mendicidad mediática en una suerte de campaña electoral por un galardón que, sobre el papel, juzga méritos deportivos. El carrusel de entrevistas de Lamine Yamal y, sobre todo, de Kylian Mbappé casi suplicando por levantar la pelota dorada es insultantemente obsceno. ¿En qué momento se convirtió el Balón de Oro en unas primarias? Un par de eslóganes, alguna frase populista, vídeos con los siempre mentirosos highlights y a contar votos.
Durante años me ha cansado el ruido mediático en torno al premio, especialmente el de los debates chiringuiteros berreando en televisiones y radios. Visto con perspectiva, casi parece artesanía. Al menos había que sentarse durante dos horas a discutir barbaridades. Ahora basta con un corte de doce segundos para decidir quién domina una conversación entera. Como si lo que pasase sobre el césped dejara de importar y hubiese que rascar votos con frases populistas o darse golpecitos en el pecho por arrastrar rivales.
Como decía, eso me atropella. Me da igual que gane uno u otro. Ni siquiera me abruma que el premio sea injusto porque, en cierto modo, siempre lo ha sido. Lo insoportable es que el fútbol acepte la lógica viral como suya. Que la jugada bonita valga más que el partido, el relato más que el rendimiento y la imagen corporativa más que lo que ocurre en una temporada. Juzgamos a los futbolistas como un tuit. Rápido, sin contexto y pasando al siguiente antes de que las neuronas conecten.
Llega a tal punto el circo que soy yo el que ruega por un año de sede vacante, como aquel en el que el coronavirus se lo negó a Robert Lewandowski. Otra muesca en el revólver, por cierto. Me da exactamente igual lo que ocurra el próximo 26 de octubre. Tan solo quiero que acabe esta carrera de egos y, con un poco de suerte, que por una vez vuelva a hablarse más de fútbol que de campañas. Al menos hasta que el fútbol recupere el oremus. O sea, nunca.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
