Antes de vestir la camiseta del Real Madrid, Arda Güler tuvo que conformarse con una versión falsa del FIFA. Su padre había conseguido comprarle una PlayStation, pero el videojuego que venía instalado no era el original. Cuando sus amigos fueron a casa y descubrieron que faltaban los equipos y los nombres auténticos, las risas no tardaron en aparecer. Para él, sin embargo, aquel juego era suficiente. No necesitaba la mejor consola ni el videojuego más caro para imaginarse en el lugar de sus ídolos.
La anécdota parece hoy una pequeña paradoja. El niño que jugaba con equipos ficticios ha terminado compartiendo vestuario con algunas de las mayores estrellas del fútbol mundial. Pero entre aquella casa de Ankara y el Santiago Bernabéu hubo una historia que no siempre aparece en las estadísticas: la de una familia que tuvo que reinventarse para que su hijo pudiera perseguir un sueño que también era, en parte, una responsabilidad.
El propio Güler decidió contarla en primera persona en una carta dirigida a los niños de Turquía. En ella recordó una infancia alejada de los privilegios, una tienda familiar que terminó cerrando y el momento en el que sus padres decidieron dejar atrás su vida para acompañarlo. Una historia que permite entender por qué, detrás de uno de los talentos más prometedores del fútbol europeo, hay mucho más que una zurda privilegiada.
La tienda de barrio que cambió su infancia
Arda Güler nació en Ankara el 25 de febrero de 2005. Creció en el primer piso de un bloque de apartamentos, con una madre dedicada al hogar y un padre que regentaba una pequeña tienda de barrio. El negocio era la principal fuente de ingresos de la familia, pero terminó quebrando y dejó a los Güler en una situación económica delicada.
"No crecí en una familia rica", recordó el futbolista al reconstruir aquellos años. La frase no buscaba despertar lástima, sino explicar de dónde venía y qué circunstancias habían acompañado sus primeros pasos. Mientras otros niños podían permitirse pequeños caprichos, él aprendió que no siempre era posible participar en los mismos planes que sus amigos.
Uno de los recuerdos que conserva de aquella época tiene que ver con algo tan cotidiano como salir a comer gofres. Sus compañeros lo invitaban, pero no siempre podía permitírselo. En lugar de admitir que no tenía dinero, prefería decir que estaba cansado o que no podía acudir. Las dificultades económicas no le impidieron tener una infancia feliz, pero sí le enseñaron pronto que no todas las oportunidades estaban al alcance de todos.
El fútbol convivía con esa realidad. Su padre lo llevaba en coche a los entrenamientos mientras dejaba la tienda al cuidado de su socio. La rutina familiar giraba alrededor del trabajo, los desplazamientos y la posibilidad de que Arda progresara. Cuando el negocio quebró, la familia tuvo que buscar una nueva forma de salir adelante. Sus padres llegaron a abrir otra tienda, aunque el siguiente paso en la carrera del joven futbolista volvería a ponerlo todo patas arriba.
Un padre que soñaba con el Fenerbahçe
El fútbol no apareció en la vida de Güler por casualidad. Su padre era un apasionado del Fenerbahçe, uno de los clubes más importantes de Turquía, y transmitió esa devoción a su hijo desde que era un bebé. Llegó incluso a colocar globos junto a su pierna izquierda para animarlo a golpearlos y favorecer que desarrollara su golpeo con ese pie.
Cuando Arda tenía nueve años, un profesor de educación física llamado Mahmut detectó sus condiciones y recomendó a su padre que lo incorporase a la cantera del Gençlerbirliği. Al principio se resistió. La academia se encontraba a más de una hora de distancia y los desplazamientos suponían un esfuerzo considerable para una familia que no atravesaba su mejor momento económico. Sin embargo, el profesor insistió y su padre terminó aceptando.
Aquella decisión marcó el comienzo de su formación futbolística. Mientras la tienda familiar intentaba mantenerse a flote, Arda empezó a construir una carrera que pronto exigiría sacrificios mayores.
El Fenerbahçe también formaba parte de sus primeros recuerdos. En 2014, cuando tenía nueve años, viajó con sus padres y su hermana a Estambul para presenciar un partido en el estadio Şükrü Saracoğlu. Aprovecharon una medida excepcional que permitía el acceso de mujeres y niños y pasaron la noche en el coche para conseguir entradas. Para el pequeño Arda, contemplar por primera vez aquel césped y escuchar a la afición fue una experiencia que reforzó su vínculo con el club.
Años después, aquel estadio dejaría de ser un lugar que contemplaba desde la grada para convertirse en el escenario donde comenzaría a cumplir sus sueños profesionales.
Estambul y la frase que nunca olvidó
La oportunidad de incorporarse al Fenerbahçe llegó cuando Güler tenía alrededor de 13 años. El movimiento suponía dar un salto deportivo enorme, pero también abandonar Ankara y alejarse de su familia. Para un adolescente que todavía estaba construyendo su personalidad, el cambio fue mucho más difícil de lo que había imaginado.
Estambul ofrecía mejores oportunidades, aunque también le mostró las diferencias entre su vida anterior y la de algunos de sus nuevos compañeros. Güler recordó cómo, en una jornada escolar en la que podían acudir vestidos de calle, muchos de sus compañeros llevaban ropa de marca, mientras él se presentó con el uniforme porque no tenía otra alternativa.
En el campo tampoco encontró una adaptación inmediata. Ascendió a una categoría superior a la que correspondía a su edad y tuvo que competir con chicos que llevaban más tiempo en el club. Pese a su talento, se sintió aislado y llegó a plantearse abandonar. Echaba de menos su casa y no encontraba la manera de explicar a sus padres que las cosas no estaban saliendo como esperaba.
La solución llegó cuando pidió ayuda indirectamente. Su familia decidió trasladarse a Estambul para vivir con él. Para hacerlo, vendieron su casa, cerraron la tienda y dejaron atrás a sus amigos. El padre encontró trabajo y Arda pudo concentrarse en el fútbol, pero la apuesta familiar ya había adquirido una dimensión mucho mayor.
Antes de marcharse de Ankara, su hermana mayor le dejó un mensaje que el futbolista todavía recuerda: «Tienes que llenar la nevera». No era una exigencia de marcar goles ni de convertirse en una estrella. Era una manera de recordarle el sacrificio que acompañaba a su oportunidad.
El fútbol había dejado de ser únicamente una ilusión infantil para convertirse en el proyecto al que su familia había vinculado buena parte de su futuro.
De llevar el diez del Fenerbahçe a fichar por el Real Madrid
El talento de Güler pronto empezó a imponerse a las dificultades de adaptación. En agosto de 2021 debutó con el primer equipo del Fenerbahçe en un partido de clasificación para la Europa League, cuando todavía tenía 16 años. Su evolución fue rápida y durante la temporada 2022-23 terminó consolidándose como una de las grandes promesas del fútbol turco.
Aquel curso disputó 35 encuentros y marcó seis goles. También conquistó la Copa de Turquía, en cuya final ante el İstanbul Başakşehir dio una asistencia y fue elegido mejor jugador del partido. La camiseta número diez del Fenerbahçe, un dorsal cargado de significado en el país, simbolizó su transformación de promesa de la cantera en futbolista capaz de marcar diferencias.
Entonces apareció el Real Madrid. La decisión de abandonar Turquía no fue sencilla. Güler tenía otras ofertas y debía valorar si estaba preparado para incorporarse a uno de los clubes con mayor exigencia del mundo. Una conversación por videollamada con Carlo Ancelotti terminó siendo decisiva. El entrenador italiano le explicó que quizá no tendría un papel protagonista desde el primer año, pero que dispondría de oportunidades para crecer.
El 6 de julio de 2023, el Madrid anunció su fichaje. Tenía 18 años y llegaba con la expectativa de convertirse en uno de los grandes talentos de su generación. Había pasado de un niño que no podía permitirse el videojuego original a un futbolista contratado por el equipo que aparecía en sus sueños.
El desafío de encontrar su lugar en el Bernabéu
El salto a Madrid tampoco estuvo exento de dificultades. Una lesión de rodilla durante la pretemporada retrasó su debut y otras molestias físicas complicaron sus primeros meses. Cuando finalmente pudo jugar, en enero de 2024, tuvo que empezar a demostrar que podía encontrar espacio en una plantilla repleta de estrellas.
Su primera temporada dejó señales prometedoras, especialmente en el tramo final, cuando aprovechó sus oportunidades para mostrar su capacidad de llegada y su talento con el balón. Con el tiempo, el reto ha pasado a ser otro: convertir esas apariciones en regularidad y encontrar un papel estable dentro de un equipo que siempre exige resultados inmediatos.
A sus 21 años, Güler ya acumula títulos importantes con el Real Madrid, incluida la Champions League, además de la experiencia de competir con la selección absoluta de Turquía. En el inicio de la temporada 2026-27, los registros oficiales del club reflejan 11 partidos, tres goles y cuatro asistencias en todas las competiciones, una muestra de su creciente participación en el juego del equipo.
Sin embargo, su historia no debería medirse únicamente por los goles, las asistencias o los trofeos que consiga. El niño que creció viendo cómo su familia luchaba por salir adelante ha llegado a la élite, pero todavía está construyendo su identidad como futbolista. El talento le ha abierto la puerta del Bernabéu; ahora debe demostrar que puede quedarse.
La imagen de la tienda familiar cerrada, la mudanza a Estambul y las decisiones de sus padres ofrecen una perspectiva distinta de su carrera. Detrás del jugador que hoy compite en los mayores escenarios del fútbol mundial hay una historia de sacrificios que no se pueden medir con una estadística.
Güler todavía tiene mucho camino por recorrer, pero ya ha cumplido una parte de aquella promesa infantil. Su familia apostó por él cuando las circunstancias eran difíciles. Ahora, cada partido en el Real Madrid representa una nueva oportunidad para transformar aquella apuesta en una carrera duradera.
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