“Son unos desgraciados, sin nosotros no habrían hecho nunca nada”. Así se expresaba Marta Ferrusola acerca de la actitud convergente con respecto a ella y a su marido. Este miércoles han estado solos en el momento más crucial de sus vidas. Ni un solo dirigente de CDC los ha acompañado.

Cuando el por entonces alcalde de Barcelona Xavier Trias dijo que Jordi Pujol debía renunciar él mismo a la Medalla de Oro de la ciudad, después de que éste confesara haber tenido dinero en el extranjero, las iras de la matriarca del clan Pujol se desataron. “No habría pasado de ser un medicucho sin nosotros”, espetó Marta Ferrusola, famosa por su arrogante manera de ser. Hoy habrá tenido la oportunidad de repetir el comentario, visto que nadie de su gente ha querido apoyarles en la comparecencia ante la Audiencia Nacional. Ni uno de sus fieles estaba allí. Así como a Artur Mas le acompañaron a declarar en Barcelona todos los alcaldes y cargos convergentes, en lo que parecía una escena coreografiada de épocas pasadas, a los Pujol solo les ha hecho compañía su letrado y la amargura.

Las aguas bajan revueltas en el domicilio de los Pujol. Mientras que el ex president intenta justificar que los “suyos” no le den apoyo públicamente, su mujer no comparte ése criterio. “Eres demasiado cristiano, Jordi”, aseguran haberle oído decir enojada respecto a los dirigentes nacionalistas que prefieren pasar la página del pujolismo y centrarse en la refundación del partido.

La matriarca no perdona. Conocida burlonamente entre algunos sectores políticos y empresariales catalanes como Connie, en alusión al personaje cinematográfico del mismo nombre que es hermana de Michael Corleone en “El Padrino”, su cólera es más temida que ninguna otra cosa en el partido de Mas y Carles Puigdemont. “Si Marta quisiera, la carrera de muchos de nosotros se acababa en cinco minutos”, decía ayer un veterano dirigente de la formación nacionalista. “Pujol era el president, pero la que mandaba era ella”.

Existe una versión ampliamente difundida entre los círculos políticos y periodísticos catalanes que lo afirma. Dedicándose obsesivamente Pujol a la política, desatendió sus deberes familiares. Alguno de sus hijos refiere que a su padre lo veía poco o casi nada. En cambio, la madre se atribuyó el papel de omnipresente protectora del clan. Era ella la que llevaba a los críos al colegio, la que se interesaba por sus notas, la que les arreaba un sopapo – a veces colectivo – cuando las cosas iban mal. Marta, la Ferrusola como la llaman sus vástagos, era la guardiana del hogar mientras que el padre se pasaba el día luchando contra los dragones malvados de España. Cuando se refieren al padre,  en cambio, lo hacen como el president. Frío. Y triste.

Ella miraba por sus hijos, compartiendo acaso la inquietud que el padre de Pujol, Fulgenci, manifestó cuando su hijo quiso dar el salto de la banca a la política.

“Pujol está viviendo una expiación, casi una penitencia personal porque se siente culpable”, dijo su cuñado. Dado el carácter del personaje, es muy posible que así sea. Y dado el de su esposa, tampoco sería descabellado pensar que está experimentando una secreta venganza al ver como lo que su esposo más amó, su obra de gobierno, su legado a la posteridad, se ha acabado haciendo añicos.

Si el dinero de Andorra era fruto de una herencia o de otros asuntos es lo de menos por lo que a los protagonistas interesa. El hijo mayor, Jordi Pujol Ferrusola, el todopoderoso Júnior, va con la cara alta y gesto de superioridad. Sale a la madre. Su padre, en cambio, está abatido.

Porqué más allá de la crónica judicial hay una verdad durísima, inapelable, que no precisa de jueces ni de Código Penal. La gente huye del caído y en política todavía más. Nadie quiere decir nada, nadie quiere verse con él, nadie hace ostentación de aquellas fotos con un Pujol  convertido en apestado. Ése es un castigo que, independientemente de lo que digan los tribunales, ya le ha caído encima al fundador de convergencia.

Dicen que el estado anímico del antaño patriarca del nacionalismo catalán está por los suelos.  Al final, están él y los de negro, a saber, jueces y fiscales. En una sala de justicia, con las leyes en la mano, ponderando si hubo o no delito. No puede decirles que se callen, o que “ahora no toca”. Porque todos somos o deberíamos ser iguales delante de la ley. ¿Acaso el fundador de Banca Catalana se creía por encima de ésas mismas leyes que ahora le juzgan?

Al final, él ha declarado, sometiéndose a ellas. No había otra. Su mujer, en cambio, se ha acogido a su legítimo derecho a no hacerlo. Ya lo dijo Crèbillon en su “Atrea”: “Si no de Atrea, digno es de Tiestes tan funesto designio”.