Colas en un instituto de educación secundaria de Sabadell para la consulta participativa que se celebra hoy en Cataluña. EFE Colas en un instituto de educación secundaria de Sabadell para la consulta participativa que se celebra hoy en Cataluña. EFE



Escribo este artículo sin conocer cuando se inicia la jornada del 9N en Catalunya, sin conocer por tanto cuál será la participación, el resultado o cómo acabarán las diligencias que preocupantemente inició este sábado la fiscalía en relación al proceso.

El mal llamado "encaje" entre Cataluña y España
Sí que tengo una certeza que creo que hay que apuntar: ni estamos ante la consulta prometida por Mas y pactada entre CiU, ERC, ICV-EUiA y la CUP, ni estamos ante un proceso que resuelva el problema de relación entre Cataluña y el resto de España.

Ese problema, el del mal llamado "encaje" entre Cataluña y España, viene de lejos y entiendo que es necesario detenernos un momento en algunos hechos que han acontecido durante la última década para poder entender dónde estamos y sobre todo, hacia donde podemos ir para resolver el grave problema que nos ocupa.

Durante la campaña electoral para las elecciones autonómicas del 2003, que acabaron con el pacto del Tinell y con Parqual Maragall de president de la Generalitat, ante más de 18.000 personas, y entiendo que en el fervor de un mitin, José Luis Rodríguez Zapatero pronunciaba la famosa frase: "Aproyaré el Estatut que apruebe el Parlament de Cataluña". Afirmación que con la distancia que da el tiempo sólo se puede entender por dos razones: o porque en aquel momento no tenía la responsabilidad de gobernar y ésta la veía lejos, o porque estaba convencido de que el Estatut que resultase de esa negociación en Cataluña sería asumible por el socialismo Español. Resulta evidente que al menos esto segundo no pasó, en gran medida, todo hay que decirlo, por el erróneo mecanismo empleado por la ponencia del Parlament de Cataluña, en la que de forma sistemática el objetivo era llevar los textos al límite de la Constitución, fruto de una subasta permanente entre las fuerzas políticas soberanistas y, de otro lado, por una evidente falta de sensibilización de algunos sectores del PSOE para con una problemática, la del debate territorial, que ya en ese momento empezaba a preocupar y mucho al PSC, que era el que encabezaba el gobierno catalán.

El PP, sus 'urnas' y el recurso ante el Constitucional
En todo caso, es sabido cómo acabó todo. El Estatuto fue modificado en Madrid, pactado en último término entre Zapatero y el entonces jefe de la oposición catalana, Artur Mas y refrendado por amplia mayoría por el pueblo de Cataluña en referéndum.

El camino había sido tortuoso, los errores muchos y el acierto de buscar una solución duradera para el debate territorial, innegable. Hay que reconocerle una cosa a Maragall y a Zapatero, a diferencia de Mas y Rajoy, ante el problema, actuaron, y lo intentaron, pero no contaron con un último detalle: la sentencia del Tribunal Constitucional fruto del recurso, entre otros, de un Partido Popular que después de poner mesas por toda España pidiendo firmas contra Cataluña o de pagar cuñas radiofónicas diciéndole a los andaluces que Cataluña les robaba por culpa de Zapatero, repito, no contentos con eso, decidieron ganar en el Tribunal Constitucional, lo que habían perdido en el Congreso, en el Senado y en las urnas del referéndum catalán.

Aquella sentencia lo cambió todo, me atrevería a decir que lo precipitó todo, consolidando un malestar en el pueblo de Catalunya, y no hablo sólo de los sectores soberanistas, que veía cómo no se respetaba su voluntad habiendo seguido al pie de la letra las reglas del juego democrático. Es hoy una evidencia, que reconocen hasta ‘los populares’, que no puede volver a pasar que un tribunal cambie lo que ha refrendado democráticamente el pueblo. Siento insistir, pero la irresponsabilidad cometida por el Partido Popular contra el Estatuto refrendado la estamos pagando todos y muy cara hoy.

Mas y más errores
A aquella sentencia respondió la primera de cuatro multitudinarias manifestaciones –(hablo de las de las diadas de 2012, 2013 y 2014)- que han ido consolidando un innegable crecimiento del independentismo en Catalunya. Debate diferente sería saber si es un independentismo que reclama soluciones para continuar juntos, o que ya ha llegado a la conclusión de que no hay camino común posible. Me inclino por pensar que en el primer grupo se integra la gran mayoría de ciudadanos "cabreados", pero lo afirmo, lógicamente, sin datos probados en los que fundamentar mi afirmación.

A aquella sentencia le siguió la victoria de Artur Mas en la elecciones de 2010, fundamentada en una reivindicación básica, la de un concierto económico para Catalunya. Concierto que nunca llegó -lógico teniendo en cuenta que sólo se invirtieron 2 horas en negociar-, acuerdo fiscal que jamás se intuyó y fracaso electoral que se intentó enmascarar con un error que aún paga hoy el presidente catalán, subir la apuesta, reclamar el derecho de autodeterminación para Cataluña y perder con ello, por el camino, nada más y nada menos que 12 diputados en las elecciones de 2012.

Un ciudadano deposita su papeleta en un punto habilitado en la Vía Augusta de Barcelona. El Govern y los ayuntamientos catalanes han habilitado lugares en la denominada jornada de participación, sin carácter vinculante, para que los catalanes se pronuncien sobre la independencia de Cataluña. EFE Un ciudadano deposita su papeleta en un punto habilitado en la Vía Augusta de Barcelona. El Govern y los ayuntamientos catalanes han habilitado lugares en la denominada jornada de participación, sin carácter vinculante, para que los catalanes se pronuncien sobre la independencia de Cataluña. EFE



¿Plebiscitarias? Entonces, circunscripción única
Aquí empieza la "locura" si se me permite la expresión. Un presidente con amplia mayoría convoca unas elecciones para ampliarla aún más, pierde apoyo por el camino y en vez de dimitir decide seguir las posiciones más radicales del independentismo catalán encabezado por Junqueras, que es quien desde ese mismo momento, junto con Murial Casals y Carme Forcadell, toman el timón del país.

Y nos acercamos al 9N con la sensación de que el gobierno y su presidente no controlan el proceso, de que quien va por delante en las encuestas -ERC- no quiere gobernar, y que quien manda en la sombra -Omnium y ANC- han decidido ya cuándo y cómo serán las elecciones. Plebiscitarias, las llaman, figura que, por cierto, desconocemos qué significa concretamente, pero sobre las que habría que hacer como mínimo dos apreciaciones. La primera es que serían las segundas elecciones de Mas en 4 años. Y la segunda, más provocativa, lo reconozco, es que, si como parece, las plebiscitarias son un sí o un no a la independencia, la primera cosa que cabría reclamar es que se celebrasen con una regulación electoral de un hombre, un voto, es decir, de circunscripción única y proporción pura ¿Qué sentido tiene que si se vota sí o no a algo, el voto de Mollerusa valga más que el de Cornellà?

¿Rajoy no tiene nada que decir?
Sí, repito, en Cataluña se han cometido muchos errores, pero ante esta situación, ¿Rajoy no tiene nada que decir? La solución para el problema catalán será votar, ya veremos el qué y cuándo, pero la relación entre Cataluña y España la tendrán que votar favorablemente los catalanes, porque si no corremos el riesgo de que Cataluña siga vinculada a España administrativamente, pero que ya se haya ido emocional y sentimentalmente.

Que el "proceso participativo" que se celebrará hoy en Catalunya no tiene unos mínimos estándares democráticos, que todos los voluntarios son de la misma opción, que no hay un censo -indispensable en cualquier votación seria- o que no hay una autoridad electoral que garantice y valide el recuento, todo esto es cierto, y diría que de ello son conscientes hasta sus promotores. Pero que sin hacer nada, mirando para otro lado o negar la evidencia, como hace el Partido Popular, Ciutadans o UPyD no se solucionará el problema, no lo es menos.

El 10N, ese es el día que empieza a contar lo importante
El 10N, ese es el día que nos debe preocupar. Hay una tercera vía posible, yo diría que es la única posible, que consiste en dialogar, reformar y votar. Creo sinceramente que ni Mas ni Rajoy tienen el liderazgo y la aptitud para dar respuesta a la situación. Ésta requiere de más inteligencia y menos testosterona y por desgracia de lo primero vamos escasos y de lo segundo sobrados.

El 10 de noviembre es el día en que quienes han llevado a los catalanes -a unos y a otros- a la frustración dejen que los que tienen otras propuestas las puedan poner en práctica. No perderemos nada y como mínimo los ciudadanos tendremos la sensación de que alguien intenta buscar soluciones y no enquistar un grave problema por un puñado de votos. En definitiva, el 10N habrá llegado el momento de la política, que como decía el otro día el líder catalán Miquel Iceta, hasta el momento es evidente que ha fracasado.