Empiezo a escribir este artículo mientras mi madre se está muriendo. Lo acabaré cuando su vida se acabe. Como este texto va a ser publico, no entraré en detalles biográficos que pudieran fatigar al improbable lector.

Al contrario que la madre excepcional de Angelika Schrobsdorff que su hija relató de modo inolvidable en ‘Tú no eres como las otras madres’, mi madre sí era como las otras madres. La grandeza específica de las madres normales como la mía es ser o haber sido madres universales: su mérito invisible, que la vanidad de pocos hombres aceptaría de buen grado, reside justamente en el hecho de ser como las otras madres.

En el célebre cuento ‘Todos los fuegos el fuego’, dos parejas adúlteras, cuyas vidas Julio Cortázar relata al mismo tiempo pero transcurren con veinte siglos de distancia, mueren en sendos incendios que de algún modo son un único incendio, pues en cierto sentido todos los incendios son el mismo incendio, como todos los amores son el mismo amor y todas las traiciones la misma traición. Así también, todas las madres son la misma madre. Todos los fuegos el fuego. Todas las madres la madre.

De nuestras madres, los hijos solemos tener la certeza de que son seres muy singulares. Y lo son, pero paradójicamente la envergadura de esa singularidad reside en su universalidad portentosa, reside en lo que esa singularidad tiene de común con la singularidad de cientos de millones de madres de todo el planeta. No descubro nada si añado que el rasgo que más genuinamente identifica tal singularidad es el amor, a su vez hermano siamés de la bondad.

El escritor Ray Loriga escribió: "Ninguna acción que ignora por completo el territorio de la bondad es una acción inteligente, pues inteligencia y bondad son una y la misma cosa". El también escritor Manuel Vilas glosaba así la idea de Loriga: “No puedo estar más de acuerdo. La bondad es el sentimiento más inteligente que existe, y también el más revolucionario. La bondad es un enigma”.

La mayor parte de las madres han nacido para madres, al contrario de lo que sucede con una buena parte de los padres, que más bien han nacido para hijos. Ser padre habiendo nacido para hijo es una circunstancia bastante extendida entre los hombres y que los propios hombres no suelen advertir.

Las mujeres saben mejor que los hombres que en esta vida el premio gordo es vivir, de ahí que muy probablemente los dioses y las religiones sean una invención de los hombres en muchísima mayor medida que de las mujeres. “Y felicité a los muertos, los que ya murieron, más que a los vivos, los que aún viven. Pero mejor que ambos está el que nunca ha existido”. Este conocido versículo del Eclesiastés no pudo haberlo escrito una mujer.

El premio es vivir, mas es un vivir condenado antes o después a convertirse en un haber vivido. Los vivos participamos en una suerte de lotería interminable con dos bombos conteniendo uno todos los nombres y el otro todas las edades. Cuando en una de las bolitas salió el nombre de mi madre Antonia Rodenas Cerro, en la otra salió el número 93. Hay afortunados que dilapidan su premio gordo gastándolo en fruslerías y otros que lo invierten en cosas duraderas, como desarrollar una vocación o fundar y cuidar una familia; vocación y familia podrían parecer cosas pequeñas pero no lo son: que muchas cosas grandes tienen apariencia de pequeñas es una verdad bien conocida por la mayoría de las mujeres, pero quizá no tanto por los hombres.

Mi madre tenía vocación de tendera. Humilde vocación. Siendo niña le rezaba a la Virgen de Cortes para que le concediera un único deseo cuando fuera mayor: tener su propia tienda, una de aquellas tiendas, tan comunes en los pueblos de antaño, en las que se vendía de todo. Su plegaria fue atendida. Tuvo su negocio y embarcó en él a mi padre, un hombre modesto y decente que siempre intentó hacer bien su trabajo. Prosperaron. No sabría decir si triunfaron, pero es seguro que no fracasaron.

Mi madre tenía un talento innato para los negocios, pero no la acompañaron ni la época ni el país: niña de la guerra, escolar frustrada que miraba con envidia a los niños de su edad que sí podían ir a la escuela, adolescente de la posguerra y recién casada cuando el país comenzaba a despegar, con una buena formación académica habría cosechado grandes éxitos materiales. También en esto compartió la misma fatalidad que tantas mujeres y hombres de talento de su castigada generación.

Durante sus horas finales fue atendida con calidez y diligencia por los profesionales sanitarios de un hospital público, bien dotado, eficiente y espacioso pero necesitado de una renovación en profundidad. Su agonía tal vez no debió haberse prolongado durante cuatro interminables días. La medicina debería afinar más sus protocolos a la hora de gestionar la agonía de quienes padecen males irreversibles.

De ella, como de tantos, bien pueden decirse aquellos versos de la copla de Manrique: que, la tenga o no la tenga Dios en su dudosa gloria, “aunque la vida perdió/ dejónos harto consuelo/ su memoria”. Seguro que habrá de descansar en paz, pues "ha pasado a la vida que no conoce la turbación ni el oleaje".