Hay aún lugares de la memoria sin ubicar en el mapa, como los desconocidos campos de concentración franquistas. Hoy día no queda apenas rastro ni marca de uno de los primeros que se construyeron en la ciudad de Sevilla, en 1937, y que se conoce como El Colector, donde llegaron a concentrarse más de 900 presos del régimen. Elegidos a dedo, obligados a trabajar largas horas como mano de obra esclava y durmiendo en barracones de malísimas condiciones, estos republicanos dedicaron largas horas de condena a la construcción de una complicada tubería que traspasara las aguas residuales del recién creado barrio de Heliópolis al otro lado de la Dársena del Río Guadalquivir, a partir de una orden municipal en plena guerra civil. UN CONCURSO MUNICIPAL
Cartilla de identificación de los presos de trabajos forzados.

Cecilio Gordillo, representante del grupo de Memoria Histórica de CGT Andalucía, rememora cómo aquella obra fue puesta en marcha por el mismísimo Ayuntamiento de Sevilla. “El alcalde Ramón de Carranza plantea una problemática que hay en el barrio de Heliópolis, que se crea durante la exposición universal de 1929, y es que todas las aguas residuales de esta zona vertían directamente a la dársena de este río, lo que convertía en un problema de salud muy grande para este nuevo barrio donde vivía la alta burguesía y los dirigentes del nuevo orden”, aclara. La empresa ganadora de este concurso fue Entrecanales y Távora, cuya parcela fue vendida posteriormente a Acciona. La superposición de distintos mapas de la época con la actual posición ha permitido dar a conocer la ubicación exacta del campo, en el antiguo cauce del río Guadaíra, al lado del margen izquierdo de la Corta de Tablada, junto a la zona del Quinto Centenario. Esta compañía sevillana, con instalaciones en el Puerto, habla con el alcalde de la ciudad para comunicarle que no encuentran suficiente mano de obra para iniciar la obra, por lo que Carranza decide acudir hasta las prisiones más cercanas para elegir a dedo a los trabajadores restantes. Gordillo apunta que los jefes de obra se acercaban a las prisiones a la búsqueda de carpinteros, albañiles, encofradores… “Ninguno de ellos era libre de elegir su destino, aunque siempre preferían optar por la redención de penas por trabajo que quedar largos años encerrados en una celda”. El campo estaba listo para recibir a presos cinco meses antes de la aprobación de la orden del Ayuntamiento, que regulaba la apropiación de mano de obra barata por parte de empresas privadas. Este fue el método de selección de los primeros 250 trabajadores del campo de El Colector. El estudio realizado por el grupo de Memoria Histórica de la CGT apunta que “esa cantidad de presos llegó a triplicarse durante el tiempo que permaneció utilizándose el campo. Incluso la procedencia de estos presos fue variando. Si en principio eran del área más cercana, con el tiempo fueron llegando de Cataluña, Aragón, Galicia y Valencia”. A pesar de que la actividad del campo comenzó el 7 de julio de 1937, la conocida “redención de penas por el trabajo” no fue aprobada por el gobierno franquista hasta octubre de 1938, siendo el ayuntamiento de Sevilla, con la mano de Queipo de Llano de por medio, uno de los primeros beneficiarios en estas prácticas con los presos del régimen.
Foto aérea del campo del Colector Foto aérea del campo de El Colector.

La ubicación del campo siempre estaba muy cercana a la zona de barracones en la que vivían los presos, en una situación de semiesclavitud. “Hacinados en literas, sin apenas espacio, vivían en una especie de fuerte que se encontraba a escasos metros de la obra que estaban realizando muy cerca del río”, apunta Gordillo. Hoy aquella zona ha sido reconvertida en un parque municipal y en los años 70, las escombreras de aquella gran obra sirvió de escondite al mismísimo Lute para ocultarse de las autoridades tras su fuga del Penal del Puerto de Santa María. BAJO LAS IDEAS DE ASESORES NAZIS Los documentos encontrados en el Archivo de la Autoridad Portuaria de Sevilla incluyen una información exhaustiva de cómo se distribuían los espacios dentro del campo, que había sido construido gracias a la ayuda de asesores nazis que daban a conocer las futuras ideas que tenían previstas para sus propios campos de exterminio . En torno a un patio central en forma de rectángulo se ubicaban los espacios destinados a servicios concretos de los oficiales, la tropa encargada de la vigilancia del campo, oficinas y enfermería, dormitorios para los presos encargados de la ejecución de las obras, comedores de jefes y reos, cocina y capilla, aseos, lavaderos, garaje y almacenes. El coste de este campo, construido por el ingeniero Jesús Iribas, fue de 155.520,61 pesetas, una cantidad importante para la época. Sin embargo, la cifra final ascendió a 182.543,38 al introducir materiales como la teja árabe y «juncos» del Guadaira, que se encontraba muy cerca de la zona.
Actual parque donde se ubicaba el Campo del Colector /M.A Actual parque donde se ubicaba el campo. // M. A. Molina

El campo de El Colector finalizó su actividad en octubre de 1939, convirtiéndose en la prisión habilitada de Heliópolis, hasta 1941. Cercado de alambradas, tal y como apuntan los documentos, los batallones de presos siguieron ubicándose en zonas cercanas de la ciudad para construir nuevas obras como la presa de la Torre del Águila en Utrera o el Canal de los Presos del Bajo Guadalquivir. A pesar de las reuniones mantenidas con el gobierno local del PP, el grupo de Memoria de la CGT no ha conseguido ni que una pequeña placa rinda homenaje a los trabajadores de El Colector bajo una expresión tan incómoda como el de “campo de concentración”.