-Tenía dieciocho años cuando tomé la decisión de que no quería tener hijos. Quería hacer otras cosas en mi vida. Y fue una decisión con la que he tenido que luchar contra viento y marea durante todos estos años. -¿Y qué te dijo tu familia? -Bueno, durante un tiempo fui muy criticada. No solo mi familia, también mis amigos me veían como una rara. Incluso llegaron a llamarme egoísta, !egoísta por decidir no ser madre! Algunos me preguntan ahora si no he encontrado al padre adecuado, y yo les contesto que no se trata de eso. La decisión de ser madre es algo muy bonito que admiro y respeto. Pero también es una decisión no serlo. Pero no resulta fácil. -¿Te sentiste cuestionada? -Mucho. Cuando todo el mundo te interroga por una decisión tan personal, es inevitable tener esa sensación. Existe muchísima presión social sobre este tema. Y también está lo de tener pareja y casarte, por supuesto. Yo soy de un pequeño pueblo de Huelva y allí las chicas, mis amigas, se casaron muy jóvenes. Y no había boda donde no te interrogaban con la retahíla de por qué iba sola, que por qué no tenía novio, que cuándo iba a tener hijos. Es como la espada de Damocles, que siempre te acompaña. -¿Y tú qué les decías? -Al principio me enfadaba, pero luego comencé a tomármelo en broma. Les decía que si querían gambas gratis yo les invitaba, pero que no me iba a casar. Carmen, cuarenta y seis años, economista, adicta a la lectura. -Pero lo pasas mal. Tener que dar explicaciones sobre tu vida ha hecho que tenga discusiones con gente a la que quiero muchísimo. LA LUCHA INTERMINABLE Carmen responde con una ironía defensiva cuando le preguntan por qué ha elegido vivir sola, por qué no ha querido ser madre. “Lo mejor es tomárselo a broma”, afirma.Y esa ironía tiene el acento de luchas que parecen no extinguirse, de las uñas de su abuela gastadas por la hierba y el frío, de gritos sin rostro, de semilla y verbena. Las palabras de Carmen tienen el acento lejano de la tierra y los labios, de las horas sin sueño, el dolor de las rodillas, las uñas de una madre gastadas por el barro y la fragancia, la historia mutilada, la era y el zagal, los gritos con rostro, el silencio. Las palabras de Carmen un día decidieron tener el acento de un origen que estorba, de conquista y firmeza, para poder nombrar lo que hoy es sin que nada tiemble. Para poder elegir que sus palabras sean eso, una simple ironía. CUATRO HISTORIAS Raquel tiene 23 años. Es graduada en Traducción e Interpretación, habla inglés y alemán y acaba de comenzar como profesora en prácticas en una escuela de idiomas en Sevilla. Reme tiene 46 años, como Carmen. Tiene dos hijas, no está casada, y aunque es jienense, vive con su pareja y sus hijas en Málaga, donde trabaja en la administración. Lola tiene 67 años, “recién cumplidos”, matiza entre risas. Tiene tres hijos, y ayuda a su marido en el bar que regentan desde hace años en Mairena del Aljarafe. Las cuatro se han reunido para compartir sus historias, para compartir experiencias, para hablar de mujer a mujer. El periodista pregunta sobre sus comienzos, sobre cómo llegaron a ser lo que son, sobre las dificultades. Y entonces Carmen se lanza y comienza recordando a su familia. Carmen: Cuando tenía 13 años y tuve que decidir si ir al instituto o trabajar, la gente le decía a mi padre que no debería permitirnos estudiar a mi hermana y a mí, que eso era tirar el dinero. Tuve la suerte de tener unos padres que siempre apostaron porque nosotras estudiáramos. Mi padre me decía que estudiara para que nadie me dijera qué hacer. ESTUDIAR PARA NO DEPENDER DE NADIE Raquel: Yo también recuerdo que mi madre siempre me decía cuando era pequeña que tenía que estudiar porque no podía depender de ningún hombre que me mantuviera. Yo siempre he tenido claro que tenía que estudiar pero nunca me lo había planteado desde esa perspectiva. Y claro, a medida que creces, empiezas a leer cosas, a militar intelectualmente en ciertos movimientos y te das cuenta de cómo es la realidad, de lo difícil que lo tenemos las mujeres. Lola: Es difícil desde que eres pequeña. Sobre todo cuando haces cosas diferente a lo habitual. A mí me han mirado mal muchas veces. De pequeña me miraban mal porque me gustaba jugar a la pelota más que a las muñecas. Después me han mirado mal porque escribía, más tarde porque formaba parte de asociaciones feministas… estoy acostumbrada. Y los que me miraban mal ya también se han hecho a la idea de que no hay nada que hacer, que soy un caso perdido para su causa. Carmen: Pero las verdaderas dificultades vienen cuando entras en el mundo laboral. Ahí te das cuenta de que hay muchas dificultades y también muchas diferencias entre hombres y mujeres. EL TRATO DEL PÚBLICO Reme: Tienes razón. Son diferencias muy sutiles, pequeños detalles. Pero los hay. Y es curioso, pero no me refiero tanto al trato entre compañeros, que por suerte es igual para todos, al menos en mi caso, sino el trato que recibimos las mujeres por parte del público. Yo trabajo en una oficina de empleo y, ¿sabéis qué?, que cuando el usuario tiene que reclamar algo o se enfada, no se queja de la misma forma cuando el que le atiende es un hombre. A las mujeres nos gritan más, hay algo en la forma de tratarnos que no está en la forma de tratar a los hombres. Carmen:Yo estoy de acuerdo. Se trata de algo muy sutil, pero en ocasiones son muy palpables. Y cuando alguien va a quejarse del trabajo de una mujer, a ellas se la lían parda, y a ellos, por lo general, no tanto. Y lo peor es que es algo que hacen tanto los hombres como, en muchas ocasiones, las mujeres, que es lo que más me sorprende. Reme: En general, a nosotras nos resulta mucho más difícil el mundo laboral, y creo que uno de los mayores problemas sigue siendo el de la conciliación con la vida familiar. Todas conocemos a compañeras y amigas que han sido despedidas cuando se han quedado embarazadas. EMBARAZOS EN LA SELVA Carmen: Sí, la conciliación en la empresa privada es prácticamente imposible, aunque te lo vendan como algo garantizado. Si pides una reducción de jornada todo son problemas, o si te lo dan lo hacen sin nada de flexibilidad. Laboralmente la empresa privada es una selva para las mujeres. Raquel: Recuerdo un caso en la Universidad en la que una profesora asociada que acababa de ser madre tuvo muchísimos problemas para la conciliación porque incluso llegó a no tener horas para darle el pecho al bebé. Reme: Y luego está lo del techo de cristal. En los puestos más altos de la administración, como direcciones provinciales, hay muchísimos más hombres que mujeres. Pero en puestos intermedios, la mayoría son mujeres. ¿CUÁNTAS RECTORAS? Carmen: Fíjaos en la universidad, donde se supone que debe estar garantizada la igualdad ¿Cuántas catedráticas hay en España? ¿Y cuántas rectoras? Raquel: Es verdad que la universidad es un núcleo tradicionalmente muy luchador y donde en teoría debería haber más igualdad, pero en la práctica no varía mucho de otros lugares. Es una contradicción que es palpable, pues hay muchas universitarias pero luego no somos más las mujeres en los puestos de poder. En la universidad sí que hay discriminación, solo que es difícil delimitarla con hechos concretos. Hay mucho sexismo encubierto. Hace unos días estaba con mi pareja, que es chico, en la cafetería de la facultad. Yo le invité a comer, y cuando pagué la cuenta el camarero me dijo que si no me invitaba mi novio iba a tener que sacarme él de paseo para que me invitara a comer. Y claro, ¿cómo contestas a esas cosas? Carmen: Eso es algo que a mí me preocupa mucho. Se supone que tu generación ha crecido en democracia, que se han criado en igualdad, y sin embargo siguen repitiéndose esos comportamientos, ¿tan poco hemos avanzado en estos cuarenta años de democracia? LA IGUALDAD, HACIA ATRÁS Lola: Yo creo que en términos de igualdad estamos viviendo un enorme retroceso. Hoy muchas chicas, desde muy jóvenes, siguen aceptando el trato machista de sus parejas. Lo lamentable es que se les avisa y no hacen caso, cuando se den cuenta tendrán treinta y ya lo habrán sufrido todo. En la mayoría de los casos son las propias chicas las que se acomodan y aunque no les gusta que sus chicos investiguen las llamadas de sus móviles, lo aceptan por temor a perderlos. Reme: Por eso es tan importante la educación en casa. Mi hija, a veces, al hablarme de sus amigos, noto que tiene muchos prejuicios que va aprendiendo y que intento quitarle. Una vez vino a casa y me dijo que una compañera del instituto era una guarra porque había salido con cuatro chicos. Y le expliqué que querer a alguien, siempre que sea libremente, no es algo malo, ni mucho menos guarro, sino todo lo contrario. Raquel: La educación es fundamental, pero no solo en la familia. También en la escuela, en la universidad. Pero hay algo que falla. Llevamos años con planes de estudio donde se incluyen temas de igualdad entre hombre y mujer. Pero sigue habiendo machismo, seguimos teniéndolo muy difícil. EN LA PUERTA DEL COLEGIO Lola: De todas formas, yo creo que en la familia el papel de la mujer tampoco ha cambiado tanto, y se parece mucho al de antes. Precisamente hoy cumple años mi primera hija. Y observo que el rol sigue siendo el mismo en un gran porcentaje entre las parejas. Solo hay que irse a la entrada de los colegios para ver cuántos padres y cuántas madres llevan o recogen a sus hijos y cuántos padres hacen lo mismo. Si eso se traslada al interior de las viviendas de cada uno, es fácil sacar conclusiones. Reme: Pero es también en la familia, al menos es mi caso, donde tomar tus propias decisiones se hace más difícil, también escapar de ese papel tradicional. Ser mujer y tomar tus propias decisiones como cuando tienes hijos decidir cómo educarlos, a las mujeres nos cuesta mucho actuar libremente. Yo muchas veces me he sentido cuestionada. Se nos cuestiona más a nosotras que a los hombres. Y tampoco se le exige tanto a las mujeres como a los hombres. ¿QUÉ ES EL FEMINISMO? Preguntadas sobre qué entienden ellas por feminismo, Lola toma la palabra, con palabra rotunda y convencida. Lola: Yo entiendo el feminismo como un arma poderosa que no podemos dejar de esgrimir. A través del feminismo se han conseguido los grandes logros y avances que hemos tenido las mujeres no solo en la sociedad española, sino en el mundo entero. Pero no podemos bajar la guardia. El hombre no acepta que la mujer se ponga a su nivel, porque sabe que la mujer está muy por encima del nivel intelectual del hombre. Aunque es la igualdad lo que se pretende en todos los órdenes. Laborales, sociales, familiares. etc. No se puede bajar la guardia, hay que estar alerta, porque siempre nos pondrán palos en las ruedas. Y en cuanto nos descuidamos, nos matan. Raquel: Yo también creo que tiene que ser una búsqueda de la igualdad social, por supuesto. No obstante creo que hay que tener en cuenta que, como en todos los movimientos, hay que saber que existen tipos, apellidos, diferentes formas de entenderlo. Para mí el feminismo es algo contagioso y además permanente, porque una vez que te das cuenta de todas las desigualdades que existen, ya no hay vuelta atrás. Hay que dar pequeños pasos para buscar esa igualdad, pero creo que el papel del hombre es importante. Yo creo que el hombre debe ser también nuestro compañero de lucha. SER FEMINISTA ES NO CALLARTE Reme: Para mí ser feminista significa, por encima de todo, sentirte libre para saber qué quieres hacer o qué quieres decir, también cómo quieres vivir, sin que te condicione nadie. También ser feminista supone no callarte ciertos comentarios, aunque en ocasiones te lleva a entrar en conflictos. Carmen: Ser feminista es sentirte ciudadana, sentir y exigir que tienes los mismos derechos que el hombre. Ser feminista es hablar, expresarte y sentir en libertad sin que nadie te coarte. Tratarnos a todos como iguales es un trabajo muy diario y lento. Para mí es que como un contagio pero positivo. Como dice Raquel, una vez que eres consciente de nuestro papel del mundo y conoces la desigualdad, el feminismo se hace inevitable. Y sí, aunque hemos conseguido muchos logros, aún queda mucho por hacer. Y depende de pequeños luchas cotidianas, diarias, pero fundamentales para conseguir la igualdad.