El Parlamento de Andalucía se prepara para acoger la segunda votación del debate de investidura con un guion que, pese a la escenificación de los últimos días, parece ya escrito de antemano, al menos eso asegura la oposición. Tras el primer 'no' cosechado en el primer intento de investidura de Moreno, cuando el bloque de las derechas visibilizó sus exigencias cruzadas, el líder del PP afronta esta cita con la necesidad imperiosa de atar los apoyos de los de Gavira. Lejos de marcar distancias con la extrema derecha o trazar un cordón sanitario frente a sus políticas discriminatorias, el candidato del Partido Popular ha aprovechado el margen de 48 horas otorgado por la formación de Santiago Abascal para tender puentes y normalizar la principal y más polémica exigencia de sus socios: la llamada "prioridad nacional".

El primer asalto del debate sirvió para fijar las posiciones y confirmar que la extrema derecha no iba a facilitar la presidencia a cambio de un cheque en blanco. Su portavoz parlamentario, Manuel Gavira, consumó su voto negativo en la primera vuelta lanzando una advertencia nítida a la bancada popular: el apoyo de su grupo pasa ineludiblemente por tragar con su principal eje ideológico. Gavira reiteró desde la tribuna un ultimátum inflexible, marcando la adopción de la "prioridad nacional" como la línea roja absoluta para desbloquear la formación del nuevo Gobierno de la Junta de Andalucía.

Esta exigencia, que el PP cataloga como "eslogan vacío", tiene poca aplicación práctica. Así lo explican fuentes del PP: "El éxito es coger algo que ya existe y venderlo como nuevo y como si fuera tuyo", por, por ejemplo, las exigencias que leyes como la Ley de Dependencia marcan para poder acceder a ella: arraigo demostrado de cinco años y empadronamiento. Ahora, lo que Vox demanda a Moreno Bonilla es que acepte la premisa ultra de que los "ciudadanos españoles estén por encima de la población migrante". Una premisa de corte xenófobo y cuyo único objetivo es electoralista y discriminatorio.

Frente a la crudeza de esta exigencia, la respuesta de Moreno Bonilla ha estado marcada por unos silencios tan elocuentes como calculados. Durante su discurso de investidura, el líder del PP andaluz evitó en todo momento hablar frontalmente este axioma xenófobo.No fue solo hasta el debate del martes, donde confrontó con los diferentes grupos políticos, cuando no le quedó más remedio que hablar -de soslayo- de la "prioridad nacional". En cualquier caso, el entendimiento está muy allanado. Así lo expresaba el propio candidato a presidente el primer día "si avanzamos donde coincidimos, el terreno del acuerdo estará más cerca".

Este acercamiento evidencia la caída definitiva del perfil moderado y centrista que el presidente en funciones ha intentado proyectar de forma milimétrica durante la última legislatura, advierten los grupos de la oposición. Al negarse a tachar de inasumibles o de línea roja los postulados racistas de Vox, el PP andaluz no solo asume el marco ideológico de Abascal, sino que contribuye a su blanqueamiento institucional. Moreno ha preferido obviar las implicaciones del mantra con tal de asegurar su permanencia en el Palacio de San Telmo, igual que sus homólogos en Extremadura, Aragón y Castilla y León.

Desde la bancada de la izquierda, la postura de Moreno Bonilla ha provocado las reacciones airadas de los portavoces parlamentarios. PSOE-A, Adelante Andalucía y Por Andalucía utilizaron en el debate de investidura sus turnos de palabra para denunciar la sumisión del candidato popular a la agenda reaccionaria. Los portavoces progresistas han acusado a Moreno de interpretar un "teatro" y de estar dispuesto a hipotecar los derechos civiles, la sanidad y la cohesión social de la comunidad autónoma únicamente para mantenerse en el poder, alertando de que las concesiones al discurso antiinmigración son solo la punta de lanza de un retroceso democrático mayor en materia de igualdad y derechos laborales.

Con este telón de fondo de tensión política y encaje de bolillos legal, la segunda votación de este jueves se perfila como el escenario donde culminará la alianza de las derechas, con los créditos aún por desvelar (cómo entrará Vox en el Gobierno). Salvo un giro de guion mayúsculo, los guiños de Moreno, sus evasivas calculadas y su negativa a confrontar con el discurso xenófobo de Vox se traducirán en un pacto definitivo. Un acuerdo que permitirá investir al candidato popular en su segunda votación y, por segunda vez -tras 2019- gracias a Vox.

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