La tibia posición de Ciudadanos sobre la violencia de género despierta sospechas. De hecho, ellos no la llaman violencia de género; de hecho, en el debate televisivo a nueve, su representante Marta Rivera la llamaba “hombres-que-matan-a-mujeres-pero-también-mujeres-que-matan-hombres”. Rivera (Marta) intentó, sin demasiado éxito, explicar y justificar la anticuada propuesta de su partido de que tengan el mismo castigo las mujeres que ejercen violencia hacia sus parejas que los hombres que la practican sobre las mujeres. Unas horas antes, a Rivera (Albert) se le hincó la vena patriótica y explicó en un mitin que las mujeres asesinadas no eran del PP, del PSOE, de Podemos o de Ciudadanos, no, nada de eso, sino que eran sobre todo españolas, sí, sí, eso es, españolas. Cuando alguien, al hablar de personas asesinadas, pone el énfasis es un hecho tan contingente y peregrino –pero también tan excluyente– como la nacionalidad de las víctimas, no solo está errando el tiro: es que ni siquiera sabe cuál es la diana a la que hay que apuntar. No significa todo esto, claro está, que los Rivera no se compadezcan de las mujeres o no les repugne la violencia contras ellas: significa, sencillamente, que no la entienden; que, más allá de las medidas judiciales y policiales para combatirla, no se les alcanza cuál es su naturaleza ni con qué mimbres está trenzado ese ominoso cesto lleno de sangre y miedo y destrucción. El discurso –también llamado patita– que está enseñando involuntariamente Ciudadanos en relación a la violencia de género es algo más que equivocado o poco convincente: es un discurso al que le falta visión, sensibilidad, empatía e inteligencia. Es lo mismo que suele faltarles a quienes, al hablar de este asunto, ponen el énfasis en las denuncias falsas que interponen las mujeres o en las tretas femeninas para hacer la vida imposible a unos pobres hombres que, al final, no tienen más remedio que pegarles y hasta matarlas si se ponen muy bordes. Si el líder Rivera amara a las mujeres solo la mitad de lo que se ama a sí mismo opinaría de modo distinto: claro que entonces ya no sería Rivera. Ni sería, ay, tan español.