Hay momentos en la vida de las personas y de las instituciones cuando se mira al cielo o al infierno y se pide a sus respectivos señores, sean Dios o el Diablo, que le ordenen a la tierra tragarnos, masticarnos, engullirnos, deglutirnos y excretarnos sólida, líquida o gaseosamente, para evitar el sonrojo que nos sobreviene como consecuencia de una cantada monumental, de un pedo atómico que daríamos cualquier cosa porque fuera sordo y mudo y que sin embargo suena como la Novena de Beethoven dirigida por Plácido Domingo (que es precisamente muy merengón) e interpretada por la Orquesta Filarmónica de Berlín acompañada del Orfeón Donostiarra y del embajador Inocencio Arias, alias Chencho. En Cádiz, a eso lo llaman un bastinazo y viene a ser una cantada pública y  notoria, una equivocación solemne, un ridículo patente y vergonzoso que desacredita a su autor o autores para siempre por lo clamoroso del resbalón y la magnitud del yerro. Y es que cuando las desgracias nos acosan, se suceden en cadena a pesar de nuestra voluntad, inaugurando un ciclo tan incontrolable como nefasto que se sabe cuándo y cómo empieza pero nunca se adivina cúándo ni cómo terminará. Pues verán, resulta que andaba yo la noche del pasado miércoles zapeando a conciencia por la parrilla de la programación televisiva, yendo de la Flor de la Canela del programa de Bertín Orbosne (En tu casa o en la mía; ayer con Mariano Rajoy) a la Fina Estampa, Caballero de un magnífico documental sobre la extinción de una rara asvis a manos del calentamiento terrenal, cuando recalé en los deportes y recordé ser Noche de Copas y, entre ellas, de la del Rey, que ofreció una superpoblada oferta de retrasmisiones donde destacó la media docena de goles del Barça al Villanovense y luego me aposenté en el estadio Ramón de Carranza gaditano, escenario de tantas gestas futbolísticas, cuando vi que se aproximaba el descanso en el partido de ida de la eliminatoria de la Copa entre el Cádiz (ahora en Segunda B) y el Real Madrid. Acababa de marcar un bonito tanto de tiro cruzado el delantero de origen ruso Denis Sevyshev, antaño en el Villareal y ahora flamante fichaje del Madrid, cuando las cámaras enfocaron el banquillo visitante en cuyo centro se rebullía nervioso Enrique Polán, Chendo, antiguo jugador  merengue y ahora delegado del equipo y acompañante oficial de la plantilla en todos sus encuentros, que hablaba constantemente por su móvil sin precaución alguna de ocultar la boca, como Mouriño, mirando a todas partes y en especial al palco donde estaba Butragueño, a la sazón director deportivo del club y reconocido, tanto por su acendrado don de gentes como por su espectacular facilidad de palabra, solo comparable a la de Mª Dolores de Cospedal. La causa del revuelo, que hizo saltar de su poltrona a Butragueño, fue la noticia, que corrió por el Carranza como un reguero de pólvora, de que el Madrid había alineado indebidamente a Cheryshev por tener este pendiente una sanción de la temporada anterior, cuando jugaba en el Villareal, por acumulación de tres amonestaciones, que aún no había cumplido, lo que de ser comprobado y denunciado por el Cádiz, le acarrearía la expulsión de la competición, como así ocurrió a final del encuentro, según infirmó en rueda de prensa el presidente gadita.. El Madrid reaccionó sacando de la cancha al jugador al regresar de los vestuarios y al comienzo del segundo periodo, y el resto del tiempo, conocida la noticia de la infracción merengue, los gaditanos hicieron gala de su mejor humor precarnavalesco y ensayaron bromas a botipronto (Sevyshev, quédate; así pierde el Madrid; Benítez, acaba el chuletón) seguros como estaban de que el episodio será trending topic en los próximos carnavales. La prensa presente en el evento exploró al máximo las reacciones de los protagonistas y, conocedora de las limitaciones retóricas de Butragueño (¡que le vamos a  hacer, ejem, otras cosas tendrá el muchacho!)  lo acosó para provocar las respuestas estilo al despido en diferido  cospedaliano y él -tenemos que reconocerlo- no nos defraudó en absoluto. Lástima que Florentino no hubiera bajado a Cádiz en cuerpo y alma, porque así hubiera completado el expresivo poema coral de evasivas, miradas conspicuas y gestos de circunstancias que compusieron los jugadores, representantes ocifiales y componentes del equipo técnico merengue, que no daban crédito a la magnitud del bastinazo, empezando por el propio protagonista infractor, que a estas alturas de la película aún no sabrá las consecuencias que el lance pueda acarrearle por no haber advertido a Benitez de su antigua pero aún vigente sanción. Ante lo cual, los culés irredentos estamos de enhorabuena, porque el Cádiz nos simpatiza de siempre y porque el asunto se presta a las mejores bromas de Piqué en la celebración multitudinara del próximo trofeo copero (Gracias a Cádiz: todo empezó allí) que seguirá justificando los abucheos al defensa catalán por parte de la carcundia tardofraquista cuando juegue con la Roja o cuando visite los campos del resto de España con su club. Así que quédate, Cheryshev. Y Florentino; y Benítez y Pepe, y Sergio Ramos, y Cristiano con sus penaldos y los Ultra Sur. Y que se quede Monseñor Martínez y el cura Román, el de los Romanes. Y Pepe Torres e Isabel Nieto. Y sobre todo, Mariano Rajoy y Arias Cañete y Celia Villalobos; porque, de perder el 20D próximo, acabaremos pensando que contra todos ellos vivíamos mejor. Como contra el Otro... ¿O no? Pues eso. Ah, se me olvidaba dar un viva emocionado y sincero a la actual Constitución a ver si pronto reformada aún más democráticamente con el conseso necesario y libre de los de siempre que la siguen usando como trinchera para la defensa de sus intereses particulares. Amén.