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“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.” La frase la pronuncia Tancredi en El gatopardo, y el PP de Sevilla la ha convertido en método. Ricardo Sánchez, el hombre que Juanma Moreno envió en 2022 para poner orden en un partido convulso, se marcha sin dar una razón. Le relevará Agustín Aguilera, otro hombre de la casa, en un congreso que estaba fijado para el 28 de noviembre, jornada de reflexión de las generales, y que ha quedado aplazado por ahora sin fecha. Continuidad, dicen. Sin crisis, añaden. Cuando un partido se apresura a negar una crisis que nadie ha nombrado, conviene fijarse en lo que tapa.
Tapa una paradoja. Moreno ha completado la renovación orgánica del PP andaluz: ahora mandan los suyos, no los de Arenas. Pero una cosa es cambiar a quienes mandan y otra cambiar cómo se manda. Doce años después de hacerse con el partido andaluz, Moreno sigue sin tener en Sevilla uno a su medida. El PP gana aquí las autonómicas y la Diputación sigue en manos del PSOE.
Lo ha intentado tres veces. En 2021 apostó por Juan Ávila, alcalde de Carmona, frente a la presidenta casadista Virginia Pérez, y perdió pese al respaldo de Javier Arenas. En 2022 tomó el control y colocó a Sánchez con candidatura única. En 2025, tras la crisis de los sobresueldos, destituyó al secretario general y nombró a Aguilera. Tres intentos, tres soluciones desde arriba, ninguna desde abajo. Desde entonces, ningún relevo ha salido de una contienda abierta.
El gatopardo es también una novela sobre quienes se quedan, y en el PP sevillano se quedan casi todos. Juan Bueno, expresidente del partido en Sevilla y hoy delegado de Hacienda del Ayuntamiento, sigue en primera línea. Ávila repite en Carmona. Y Virginia Pérez, cuya salida pactó Moreno, regresa como candidata en La Rinconada frente a Javier Fernández de los Ríos, alcalde y presidente de la Diputación. Pérez es el PP sevillano en estado puro. Conoce como nadie sus aguas turbulentas, pero las urnas no la avalan: en La Rinconada y en Gines ha cosechado sendos fracasos, porque el PP no gobernó en ninguno de los dos. Lo mismo vale para Alcalá de Guadaíra, donde repite Sandra González, que en 2019 se quedó en 3 concejales, el peor resultado del PP en la ciudad.
En el entorno del presidente de la Junta se arquean las cejas ante las candidaturas de Dos Hermanas, Alcalá de Guadaíra y Mairena del Aljarafe. José Veira, que ha dejado la alcaldía de Los Molares y aún no ha sido proclamado, y Alejandro García Casares, concejal de Tomares y diputado provincial, son vistos como paracaidistas: candidatos sin arraigo, más cercanos a un proyecto personal que a un plan de provincia. No es lo que se espera de un partido que aspira a gobernar la Diputación. De Sandra González se recuerda que metió la pata en la recta final de las autonómicas, con aquella denuncia contra el Carnaval de Primavera que en San Telmo ven como una de las causas de que Moreno perdiera la absoluta.
Y hay plazas que el PP da de antemano por absolutamente perdidas. En Lebrija, Pepe Barroso (PSOE) gobierna plácidamente, con quince de los veintiún concejales. En Los Palacios y Villafranca, Juan Manuel Valle (IP-IU) suma cuatro mandatos. Son dos de los alcaldes con más solera de toda la provincia.
Peor es lo que ocurre con las conquistas de 2023. Utrera y San Juan de Aznalfarache se las arrebató el PP al PSOE casi contra pronóstico, a lomos de una ola más que de una estructura. En Utrera, el alcalde, Francisco “Curro” Jiménez, y su tercera teniente de alcalde, Isabel González, de facto su mano derecha, están investigados por la cesión de un local municipal a un club de ajedrez del que Jiménez fue fundador. En San Juan, la alcaldesa, María Luisa Moya, está procesada por el contrato de las piscinas municipales. Las únicas buenas expectativas están en la capital, en Carmona y en Tomares: alcaldes con agenda propia y, en varios casos, cuentas pendientes con el PP de Ricardo Sánchez y con Moreno. En Tomares, José María Soriano no tiene muy buena relación con su antecesor, el hoy alcalde de Sevilla, José Luis Sanz, a quien, al sucederle en 2021, llamó “un gran amigo”. Lo mejor que tiene el PP sevillano no depende del PP sevillano.
Moreno aspira a que Sevilla se parezca a Málaga, donde se encontró un partido hecho. Allí el PP gobierna la Diputación desde hace más de una década y fue la plataforma de Elías Bendodo. Málaga tiene estructura y proyecto. Sevilla, reino de taifas.
No es cuestión de nombres. Es cuestión de escuela. El PP de Sevilla funciona como una federación de notables: cada alcalde con su feudo, su red y su memoria de agravios, y un presidente provincial que se dedica a no se sabe muy bien qué. Es una forma antigua de hacer política, de apellidos y de favores, que se sostiene en pactos y no en reglas. Moreno tuvo la Junta y cuatro años de mayoría absoluta para formar cuadros, imponer normas, profesionalizar el partido. No lo hizo, o no pudo. La escuela del PP sevillano ha resistido sin hacer ruido a la conquista del poder autonómico: la mesa camilla en lugar del equipo, el sainete en lugar de la estrategia, el mismo reparto de papeles que en tiempos de Arenas. Cambian algunas personas. Los vicios, no.
Para Moreno, la factura es doble. En mayo cayó de 58 a 53 escaños, a dos de la absoluta, y uno de los que perdió fue en Sevilla. Hoy depende de Vox. Para recuperar la mayoría necesita convertir su voto en poder municipal en la provincia más poblada de Andalucía, y el aparato que debería hacerlo no lo hace. Con las elecciones generales convocadas por Pedro Sánchez para el 29 de noviembre, el PP sevillano irá a las urnas sin haber cerrado su relevo: Ricardo Sánchez de salida, Aguilera sin ratificar y un congreso aplazado sin fecha. Si Pedro Sánchez revalida, la derecha llegará a las elecciones municipales con la sucesión de Feijóo en guerra abierta entre Moreno y Ayuso. Si gana Feijóo, será con un Vox envalentonado en el Gobierno, y el precedente del pacto de Mazón antes del 23J de 2023 invita a pensar en una movilización de la izquierda. En ambos casos queda a la intemperie el poder territorial ganado en 2023, y un partido sin maquinaria propia es el que más sufre cuando cambia el viento.
Tancredi lo sabía: para que todo siga igual, hay que cambiar algo. En el PP de Sevilla han aplicado la receta al pie de la letra. Cambian el presidente, el secretario general y el candidato de turno. La mesa camilla sigue donde estaba.




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