En la Argentina actual, donde la conversación cotidiana oscila entre leyes pro-empresariales, incertidumbre social y discusiones políticas interminables, la identidad cultural volvió a convertirse en refugio. Y fue precisamente esa sensación —más emocional que ideológica— la que apareció inesperadamente en la pasarela de Milán.

La colección Otoño-Invierno 2026 de Adrián Appiolaza para Moschino no fue solo un desfile: fue una traducción estética de lo que significa pertenecer a un lugar incluso cuando ese lugar atraviesa momentos difíciles. La Milan Fashion Week suele hablar de fantasía, de aspiración, de mundos paralelos. Sin embargo, esta vez la pasarela miró hacia un territorio muy concreto. Appiolaza no intentó exportar folclore; hizo algo más íntimo: llevó recuerdos.

Entre los looks apareció Mafalda. No como caricatura nostálgica ni como guiño pop, sino como lenguaje emocional compartido. El histórico “¡BASTA!” del personaje de Quino dejó de ser una viñeta infantil para transformarse en una frase que cualquier argentino reconoce hoy en la mesa familiar, en una cola del supermercado o en una charla de madrugada. La prenda no gritaba política; hablaba de cansancio colectivo, de humor como defensa y de esa ironía tan propia del país.

Algo similar ocurrió con el Obelisco. Convertido en vestido estructural, dejó de ser monumento para transformarse en símbolo cotidiano. El mismo lugar donde se celebran mundiales, se protestan medidas económicas o se llora en silencio apareció reinterpretado como alta costura. No fue una postal turística: fue memoria urbana llevada al lujo.

La referencia a Eva Perón tampoco se sintió como cita histórica rígida. En la colección apareció como figura cultural viva, casi doméstica. Evita no solo pertenece a la política argentina; pertenece a las conversaciones, a los debates familiares, a la construcción de la idea de ascenso social. En Milán funcionó como lo que realmente es en el imaginario colectivo: un símbolo complejo, contradictorio y profundamente emocional.

Quizás el gesto más significativo estuvo en el fileteado porteño. Ese arte popular que nació en talleres, carrocerías y colectivos —lejos de cualquier noción de élite— apareció bordado en prendas de lujo. Allí la colección encontró su punto más humano: no elevó lo popular para volverlo exclusivo, sino que reconoció que el lujo también puede surgir de lo cotidiano.

Incluso las referencias al campo y al gaucho evitaron el estereotipo. No hubo disfraz ni romanticismo vacío. Más bien evocaron una Argentina productiva, trabajadora, una identidad vinculada al esfuerzo más que a la postal turística.

Y ahí está el punto central de la colección: no hablaba de la Argentina idealizada, sino de la Argentina real. Una sociedad acostumbrada a reinventarse. Un país que convive con la crisis pero también con la creatividad, el humor y la capacidad de seguir proyectando futuro.

En términos de moda, la propuesta mantuvo intacto el ADN de Moschino: teatralidad controlada, siluetas precisas y un juego constante entre ironía y elegancia. Pero esta vez la ironía no fue caprichosa. Funcionó como lenguaje cultural.

Porque si algo dejó claro la colección es que la identidad no depende de la estabilidad económica. Puede atravesar crisis, discusiones y transformaciones, pero sigue siendo un capital cultural imposible de devaluar. Dentro de esa lectura, la presencia insistente de Eva Perón no pareció casual. Más que una cita estética, transmitió una evidente admiración de Adrián Appiolaza por una figura que en Argentina sigue generando adhesiones profundas y rechazos igual de intensos.

Que un diseñador argentino al frente de una casa histórica italiana reivindique ese imaginario en un escenario global como Milán introduce inevitablemente una dimensión política, aunque no sea explícita. En un país gobernado hoy por una derecha económica y social muy marcada, la elección puede interpretarse como gesto cultural, provocación simbólica o simplemente como una toma de posición identitaria. La moda rara vez da respuestas, pero sí instala preguntas: ¿nostalgia histórica, comentario social o una señal dirigida al presente político?

Y en Milán, por unos minutos, esa ambigüedad también desfiló convertida en alta moda.