En Misión: Imposible – Sentencia final, Tom Cruise se despide de la franquicia que redefinió el género de acción moderno —y lo hace en sus propios términos. Esta octava entrega presenta a Ethan Hunt embarcándose en su misión más peligrosa hasta ahora: detener a una inteligencia artificial todopoderosa conocida como La Entidad, capaz de manipular la verdad, provocar conflictos entre naciones y amenazar con la aniquilación global mediante desinformación y deepfakes.

La película retoma justo donde terminó la anterior, con Hunt y su leal equipo del FMI —Grace (Hayley Atwell), Luther (Ving Rhames) y Benji (Simon Pegg)— compitiendo por recuperar una llave cruciforme que, al ser utilizada en el dispositivo Podkova hundido a bordo de un submarino ruso, podría destruir a la IA desde dentro. Es un concepto absurdamente emocionante, ejecutado con tal compromiso sincero y brillantez técnica que se vuelve imposible no disfrutar del viaje.

El director Christopher McQuarrie entrega un espectáculo visualmente impactante lleno de guiños a las películas anteriores —incluyendo la obligatoria carrera de Cruise— e introduce a un nuevo personaje destacado: el Capitán Bledsoe, interpretado con un carisma magnético por Tramell Tillman.

Y sí, Cruise una vez más desafía la gravedad, esta vez aferrado a un avión de hélice vintage en una secuencia aérea vertiginosa que nos recuerda por qué las películas de Misión: Imposible están hechas para la pantalla grande.

Mucho más que una secuela de acción convencional, Sentencia final es una carta de amor al cine físico en una era cada vez más digital. Si esta realmente es la despedida de Cruise como Ethan Hunt, se marcha en lo más alto: aún corriendo, aún saltando, y aún desafiando al tiempo. Un final impactante y digno para un legado cinematográfico.