Jennifer Lawrence ha decidido hablar abiertamente sobre su relación con la belleza y los retoques estéticos. A los 36 años, la actriz ha explicado cuáles forman parte actualmente de su rutina, qué tratamientos no terminan de convencerla y cuál es la intervención que le gustaría probar, aunque reconoce que probablemente nunca se atreva a hacerlo.

Durante una conversación con Vogue, la protagonista de Silver Linings Playbook abordó con naturalidad el paso del tiempo y confesó que algunas de las rutinas de belleza que habitualmente se presentan como experiencias relajantes le resultan especialmente aburridas.

Odio teñirme el pelo. También odio ir al salón de manicura”, aseguró. Lawrence recordó incluso una publicación que comparaba hacerse las uñas con “ir al dentista de las manos”, una definición con la que parece identificarse completamente. “No es relajante. No es divertido. Es realmente, realmente aburrido. Tarda muchísimo”, añadió.

Si pudiera elegir, preferiría realizar varios tratamientos simultáneamente para ahorrar tiempo. Sin embargo, existe un procedimiento al que sí recurre: el llamado baby Botox.

La intérprete confirmó que utiliza pequeñas cantidades de Botox porque quiere conservar la expresividad de su rostro. “Necesito tener movimiento en la cara. Me hago baby Botox, pero no puedo hacerme demasiado”, explicó. Su prioridad, según contó, es mantener un resultado natural y evitar que los tratamientos modifiquen excesivamente sus facciones.

“Si mi piel va a estar un poco más flácida de lo que me gustaría, al menos se ve luminosa y bonita”, señaló.

El baby Botox sigue el mismo principio que el Botox convencional, aunque utiliza cantidades menores de toxina botulínica. Su objetivo es suavizar determinadas líneas de expresión y arrugas sin reducir tanto el movimiento facial, lo que permite buscar un efecto más discreto.

Lawrence también habló de otros procedimientos que despiertan su curiosidad, aunque no está preparada para probarlos. Entre ellos se encuentran las transferencias de grasa, una posibilidad que admite que le provoca bastante nerviosismo.

Su estrategia, de momento, consiste simplemente en observar los resultados de otras personas. “Apoyo que los demás se los hagan porque quiero seguir mirando y ver qué ocurre, pero no sé si es para mí”, comentó.

Sin embargo, existe otra intervención sobre la que tiene una opinión mucho más clara: la eliminación de grasa bucal, conocida también como extracción de las bolas de Bichat o reducción de mejillas.

“Me encantaría hacerme una eliminación de grasa bucal. No puedo porque todo el mundo lo sabría, pero que conste que quiero hacérmela”, confesó con humor.

Este procedimiento quirúrgico consiste en retirar parte de la grasa situada entre los pómulos y la mandíbula. Al reducir ese volumen, pueden acentuarse los pómulos y definirse más los contornos del rostro. Precisamente por la transformación que puede producir en las facciones, sus resultados suelen ser más perceptibles que los de tratamientos menos invasivos.

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