Los cigarrillos electrónicos no son inocuos, pero la evidencia científica los respalda como una herramienta útil para dejar de fumar. Aun así, cada vez son más los británicos que creen que vapear entraña el mismo riesgo —o incluso uno mayor— que seguir fumando. Esa falsa percepción preocupa a Action on Smoking and Health (ASH), la principal organización antitabaco del Reino Unido, que alerta de que la desinformación y el alarmismo sobre estos dispositivos están dificultando que muchos fumadores abandonen el cigarrillo convencional.
Según un estudio realizado por ASH y que recoge el diario británico 'The Guardian', el 52% de los fumadores y el 54% del conjunto de adultos del Reino Unido consideran que el vapeo es igual o más dañino que fumar. Para la organización antitabaco, esta percepción errónea está dificultando que los fumandores recurran a alternativas de menor riesgo.
Alarmismo y desinformación
La advertencia no procede de una organización favorable al consumo de nicotina, sino precisamente de una de las entidades con mayor trayectoria en la prevención del tabaquismo en Europa. ASH lleva décadas promoviendo políticas de control del tabaco y apoyando medidas restrictivas. Precisamente por ello considera especialmente preocupante que una parte creciente de la población haya terminado equiparando dos productos cuyos riesgos, según la evidencia científica disponible, no son comparables.
La organización considera que buena parte de esta confusión tiene su origen en la proliferación de mensajes alarmistas y en una cobertura mediática que, en ocasiones, informa sobre posibles riesgos asociados al vapeo sin contextualizarlos frente a los efectos mucho más graves del consumo de tabaco de combustión. El resultado, sostienen, es que muchas personas terminan percibiendo ambos productos como si presentaran un riesgo similar para la salud.
ASH advierte de que algunos fumadores optan por seguir fumando porque consideran que cambiar al vapeo no les aportará ningún beneficio para su salud. Incluso señala que existen personas que abandonan el cigarrillo electrónico y vuelven al tabaco convencional creyendo que ambas opciones son igual de perjudiciales, cuando las autoridades sanitarias británicas sostienen justamente lo contrario.
La controversia tampoco es ajena a España. En los últimos años, algunos episodios relacionados con vapeadores adulterados, manipulados o adquiridos fuera de los circuitos regulados han generado una amplia repercusión mediática. Sin embargo, los expertos recuerdan que los incidentes asociados a productos ilegales o modificados no deben confundirse con el uso de productos comercializados dentro del marco regulatorio aplicable, del mismo modo que los problemas derivados del mercado ilícito no describen necesariamente la realidad del mercado regulado.
El modelo británico de reducción del daño
Los cigarrillos electrónicos forman parte desde hace años de la estrategia de cesación tabáquica del Reino Unido para fumadores adultos. Las autoridades sanitarias británicas consideran que pueden desempeñar un papel relevante para ayudar a abandonar el tabaco, especialmente entre personas que no han conseguido dejar de fumar mediante otros métodos.
Esta estrategia se apoya en las sucesivas revisiones de la evidencia científica realizadas por los organismos de salud pública británicos durante la última década. Una de las conclusiones que ha marcado la política sanitaria del país es que vapear resulta, al menos, un 95% menos perjudicial que fumar cigarrillos de combustión, una estimación que ha sido respaldada en posteriores revisiones de la evidencia científica.
En el Reino Unido, los vapeadores de nicotina están estrictamente regulados para impedir el acceso de los menores. Todos los productos comercializados deben notificarse a la Agencia Reguladora de Medicamentos y Productos Sanitarios (MHRA), incluyendo una relación detallada de sus ingredientes y el cumplimiento de los requisitos establecidos por la normativa.
La publicación del informe de ASH vuelve a situar sobre la mesa un debate que también ha llegado a España: cómo compatibilizar la protección de los menores, el control de estos dispositivos y el acceso de los fumadores adultos a información basada en la evidencia científica para tomar decisiones informadas sobre su salud.
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