Desde las 12:30 horas hasta entrada la medianoche de este lunes 28 de abril, la península volvió a reencontrarse cara a cara después de que un apagón generalizado, que afectó también a Portugal y Francia, cortara el suministro eléctrico y dejara sin cobertura ni internet a la población. Casi doce horas en las que buena parte del país quedó incomunicada y tocó retomar las rutinas antiguas y tradicionales que, en algunos casos, han llegado incluso a recordar lo esencial y básico de la vida: las relaciones humanas.
Multitud de niños llenando los parques, balanceando los columpios, jugando con los balones e invitando también a sus padres o acompañantes a unirse al juego. Bancos de la calle llenos de vecinos que bajaron a conversar y a tratar de amenizar un día del todo inusual. Plazas incluso inundadas de música y baile por aquellos más atrevidos que decidieron quitarle hierro al asunto y tratar de potenciar el lado positivo de la situación.
Sin embargo, lo acontecido este lunes ha invitado también a la reflexión sobre la importancia de los servicios básicos de salud, el alivio que supuso para todos saber que los hospitales sí que funcionaban gracias a generadores, la “calma” al ver que los supermercados permanecían abiertos -lejos de aquellos que trataron de hacerse con todo lo que pudieron desde primera hora de día-. Y con este escenario de la mano, una reflexión todavía más profunda: ¿existen suficientes recursos hoy en día para aquellos más vulnerables que viven gracias al motor de una máquina o postrados en una cama dependiendo al 100% de la corriente eléctrica?
Jordi Sabaté Pons, además de padecer Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), vive conectado a un respirador artificial que le permite transitar cada nuevo día. El apagón que se produjo este pasado lunes elevó, de una manera u otra, el riesgo de padecer un problema grave que le impidiera respirar.
Pregunta (P): ¿Cómo le afectó el apagón teniendo en cuenta los aparatos que necesita para vivir?
Respuesta (R): El apagón me afectó de forma vital poniendo en riesgo mi vida. Yo no solo necesito un respirador conectado a la luz para poder respirar, también necesito una serie de máquinas de soporte vital, para poder aspirar mis mocos y sacarlos de mis pulmones para no morir asfixiado. El apagón me hubiera podido matar.
P: Si deja de haber electricidad, ¿pueden seguir funcionando los aparatos con soporte de emergencia?
R: En mis máquinas de soporte vital tengo baterías pero son limitadas. Tengo autonomía para unas 16 horas, pero claro, si tengo muchos mocos y tengo que utilizar mucho mis máquinas, tendría una autonomía mucho menor de esas 16 horas. Depende.
P: ¿Cómo se afronta una situación así de complicada? Tanto psicológicamente como a la hora de actuar.
R: Lo gestioné físicamente con mis baterías limitadas y psicológicamente fue muy duro, me quería centrar solo en el presente, pero era inevitable no pensar un futuro y morir asfixiado de manera agónica. Fue mi peor pesadilla hecha realidad.
P: ¿Qué ha sido distinto en este corte de luz con respecto a otros más breves?
R: He vivido cortes de luz puntuales pero por períodos cortos y sin quedarme incomunicado. En este apagón aparte de la angustia de no tener luz estaba completamente incomunicado sin conexión a Internet y sin poder recibir ni hacer llamadas. Fue una tortura.
P: ¿Cómo valora la labor de las autoridades en esta situación?
R: Las autoridades no están para nada preparadas para estas situaciones. Nos dejaron completamente abandonados.
P: ¿Y de qué manera cree que podría mejorarse su actuación para prevenir problemas?
R: Las autoridades deberían de establecer un protocolo por si hubiera otro apagón, que las personas que depende nuestra vida de la luz, automáticamente nos trajeran generadores de luz.
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