La agresión sufrida por Román Cuesta, periodista de Diario Red, ha vuelto a situar en el centro del debate la vulnerabilidad de los informadores en España. Cuando investigar a la ultraderecha o al extremismo se convierte en un riesgo físico, surge inevitablemente la pregunta de si la libertad de prensa está siendo directamente atacada. El suceso no solo ha conmocionado al ámbito periodístico, sino que también ha generado una fuerte preocupación social y política sobre el futuro de quienes se dedican a destapar discursos de odio y prácticas de grupos violentos.

Según relató el propio periodista, los agresores lo esperaban a la salida de su domicilio y le intentaron golpear, además de utilizar gas pimienta para inmovilizarlo. La escena fue grabada y difundida en redes sociales por los mismos atacantes, lo que añade un componente de exhibición y advertencia hacia quienes realizan un trabajo similar al de Cuesta. No se trató de un acto aislado: el comunicador llevaba tiempo recibiendo amenazas por sus investigaciones en internet, donde había señalado la actividad de perfiles ultras en comunidades digitales.

La difusión del vídeo provocó una oleada de reacciones. Asociaciones de prensa y colectivos de periodistas denunciaron la gravedad del ataque y exigieron medidas inmediatas de protección. Desde Reporteros Sin Fronteras hasta sindicatos del sector, se repitió un mismo mensaje: “Atacar a un periodista por su trabajo es atacar a toda la sociedad”. Para muchos, la agresión representa un paso más en la escalada de intimidaciones contra la prensa crítica, especialmente en un contexto en el que los discursos de odio encuentran altavoz en plataformas digitales.

En el ámbito político, distintas formaciones condenaron el ataque, aunque con matices. Desde el Gobierno se calificó el suceso como “un grave atentado contra la libertad de información” y se comprometieron a reforzar los protocolos de protección. La oposición, por su parte, reclamó explicaciones sobre cómo se permitió que las amenazas conocidas contra el periodista terminaran en un acto de violencia física. El debate se instaló rápidamente en el Parlamento y en los medios de comunicación, con un trasfondo claro: ¿existen garantías suficientes para que periodistas de investigación trabajen sin miedo en España?

El caso también reabre una discusión más amplia sobre la responsabilidad de las redes sociales en la propagación del odio. Los agresores no solo ejecutaron la acción violenta, sino que buscaron viralizarla, enviando un mensaje intimidatorio al resto de profesionales del sector. Organizaciones de defensa de derechos digitales subrayaron que este tipo de dinámicas no pueden combatirse solo con la actuación policial, sino que requieren un mayor compromiso de las plataformas tecnológicas para frenar la impunidad con la que se difunde violencia política.

Cada ataque a la prensa es un golpe a la democracia, pero la respuesta social es clave para medir hasta qué punto estos hechos generan alarma. ¿Teme la ciudadanía que este episodio pueda derivar en una ofensiva más amplia contra el periodismo crítico?

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