La historia ha vuelto a ponerse en marcha. Más de medio siglo después de que el ser humano abandonara por última vez la órbita terrestre rumbo a la Luna, la misión Artemis II ha reabierto ese camino con una precisión milimétrica y una carga simbólica difícil de exagerar. La nave Orión, impulsada por el cohete SLS, ha completado con éxito la maniobra decisiva que la ha liberado de la gravedad terrestre para iniciar su trayectoria hacia el satélite.
El encendido del motor principal - una operación crítica de aproximadamente seis minutos - ha marcado el punto de no retorno: la denominada inyección translunar. A partir de ese instante, la cápsula y su tripulación han dejado atrás la órbita terrestre para adentrarse en el espacio profundo, en una trayectoria cuidadosamente calculada que los llevará a sobrevolar la Luna en los próximos días.
A bordo viajan los astronautas Reid Wiseman, Victor Glover y Christina Koch, junto al canadiense Jeremy Hansen, en lo que supone también un paso significativo en la cooperación internacional en la exploración espacial. Para la NASA, el momento tiene un peso histórico evidente: no se producía una salida tripulada de la órbita terrestre desde la misión Apolo 17 en 1972.
La operación no solo tiene valor simbólico. Artemis II es, ante todo, un ensayo general de lo que vendrá. Cada sistema, cada maniobra y cada respuesta de la nave está siendo monitorizada en tiempo real. La propia agencia espacial ha subrayado que la misión está recopilando datos esenciales para las siguientes fases del programa, que incluyen el regreso del ser humano a la superficie lunar y, a más largo plazo, la exploración de Marte.
Ensayo clave para un futuro alunizaje
El lanzamiento se produjo desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida, en la madrugada del jueves (hora española), dando inicio a un viaje de diez días que combina precisión técnica y ambición científica. Tras alcanzar el espacio, la nave desplegó sus paneles solares, iniciando así su autonomía energética, mientras la tripulación comenzaba la transición hacia las operaciones de vuelo, verificando los sistemas clave en un entorno completamente distinto al terrestre.
Durante la primera fase de la misión, Orión fue colocada en una órbita elíptica alrededor de la Tierra antes de ascender a una órbita mucho más alta, a unos 74.000 kilómetros de distancia. Este periodo, de unas 24 horas, permitió a los ingenieros comprobar el comportamiento de la nave en condiciones reales antes de ejecutar la maniobra definitiva hacia la Luna.
En ese intervalo, los astronautas también llevaron a cabo pruebas manuales de pilotaje, una parte esencial para evaluar la capacidad de respuesta de la nave en caso de contingencias. Posteriormente, Orión se separó de la etapa superior del cohete, que fue dirigida hacia una reentrada controlada en el océano Pacífico, tras desplegar varios satélites experimentales.
A medida que la nave se aleja de la Tierra, la misión entra en su fase más exigente. La tripulación ya ha comenzado a adaptarse a las condiciones del espacio profundo, completando sus primeros ciclos de descanso y ajustando los sistemas de soporte vital. Paralelamente, las comunicaciones se han transferido a la Red del Espacio Profundo, que permitirá mantener el contacto a distancias mucho mayores.
Uno de los momentos más esperados llegará con el sobrevuelo lunar, previsto para el 6 de abril. Durante ese paso, los astronautas captarán imágenes de alta resolución de la superficie, incluyendo zonas de la cara oculta que rara vez han sido observadas directamente por el ser humano. Las condiciones de iluminación permitirán apreciar con detalle el relieve lunar, desde cráteres hasta crestas y pendientes, gracias a las sombras proyectadas sobre el terreno.
Tras completar este recorrido, la nave emprenderá el regreso a la Tierra, con un amerizaje programado en el océano Pacífico, frente a la costa de California. Será el cierre de una misión que no busca solo repetir el pasado, sino sentar las bases del futuro.
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