No es ningún secreto que los millennials tenemos el cerebro configurado por las cintas VHS rebobinadas con un boli BIC y las tardes de bocadillo de Nocilla frente a la tele. Los noventa fueron esa época gloriosa en la que nos tragábamos absolutamente cualquier cosa que saliera de Hollywood con una sonrisa de oreja a oreja y cero filtro crítico. Nos parecía de lo más entrañable que un señor millonario se enamorara en Rodeo Drive, que una niña moviera muebles con la mente porque sus padres pasaban de ella, o que la policía de Chicago dejara a un crío de ocho años a merced de dos atracadores con soplete. Para nosotras era la cima del cine familiar; mirado hoy en día, es un disparate tan grande que sólo puedes aplaudir y reirte.
Adoramos estas películas con devoción casi religiosa, precisamente porque estaban deliciosamente desquiciadas. Nos declaramos fans absolutas de Kevin McCallister en Solo en casa, aunque haya que admitir que el chaval disfrutaba un poco de más diseñando trampas letales mientras su familia se iba a París en Primera Clase olvidándose de él. Es imposible no reírse con el final de Jumanji, donde dos adultos traumatizados por un tablero maldito se pasan un cuarto de siglo esperando a que nazcan unos críos para salvarles la vida, o con el drama de Toy Story, donde Woody monta un régimen autoritario en el cajón de Andy simplemente porque no soporta que un astronauta con crisis de identidad le haga sombra.
En los noventa el guion no tenía frenos de ningún tipo: lo mismo un chaval con una armónica casi acababa aplastado por una orca de ocho toneladas que bien podría habérselo merendado en Liberad a Willy, que Brendan Fraser resolvía la egiptología a base de escopetazos y camisas abiertas en La Momia o se estampaba sonriendo contra árboles en George de la jungla. Nos tragábamos la fuga de Cadena Perpetua a base de paciencia, un martillo de juguete y desgravaciones fiscales; y veíamos a niños comer tartas de chocolate gigantes bajo amenaza de castigo en Matilda como si fuera lo más pedagógico del mundo. Si a todo ese cóctel le sumas fantasmas ligones en Casper, mocos verdes saltarines en Flubber, monjas metidas a divas del pop en Sister Act, a Michael Jordan jugando con los Looney Tunes en Space Jam, los traumas de la sabana en El Rey León y la elasticidad imposible de Jim Carrey en La Máscara y Ace Ventura, el resultado no es solo entretenimiento: es un monumento al caos más divertido.
¿Y sabéis qué? En ocasiones, el cine es simplemente sentarse, ser feliz y ya. No todo en la vida necesita una deconstrucción solemne ni una lectura moral impecable con lupa contemporánea. A veces solo necesitas evadirte noventa minutos de la vida adulta viendo a un bicho de plastilina bailar, a una orca volar por los aires saltando un espigón o a un grupo de juguetes teniendo una crisis existencial en una gasolinera. Esas cintas gastadas de videoclub no pretendían darnos lecciones magistrales de civismo; nos regalaban refugio, risas en el salón de casa y esa bendita sensación de que cualquier disparate era posible con una buena banda sonora.
En este nuevo episodio de Solas en casa, Alba Pino y Lidia Fernández Galiana abren el baúl de los recuerdos para rendir homenaje, con muchísimo humor y cero vergüenza, a las películas que nos moldearon la personalidad.
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