El último fin de semana de mayo se ha celebrado la segunda edición de Walpurgis Queer Horror Festival, el primer (y único) festival de terror queer de España. Un proyecto nacido con el fin de dar espacio a nuevas voces y miradas dentro del género. En esta edición, además de las variadas proyecciones, se ha contado con actividades paralelas enriquecedoras para todo aquel amante del cine de terror. Vamos a repasar todo lo que hemos podido ver y escuchar.

Este año, el dramaturgo y cineasta Andy Milligan ha sido la figura destacada del festival, pues ocupa un lugar singular en la historia del cine underground estadounidense. Nacido en Minneapolis en 1929, es considerado el rey de la serie B más salvaje y cineasta queer antes de que la etiqueta adquiriera su peso contemporáneo.

Para acercar al público su figura se proyectó, por un lado, The Degenerates (1967), película postapocalíptica considerada perdida durante décadas y recuperada recientemente, que ofrecía la oportunidad de dialogar con un cine marginal que siempre encontró en el exceso y la deformidad una vía de expresión. Por otro lado, The Degenerate: The Life and Films of Andy Milligan, firmado por Josh Johnson y Grayson Tyler Johnson, proponía una aproximación a una figura tan fascinante como polémica.

En sintonía con ambos títulos, se ha podido ver la obra de Kalil Haddad, una de las voces emergentes más radicales del panorama underground. Su sesión He Never Dies: The Films of Kalil Haddad fue probablemente la propuesta más extrema y desacomplejada del programa, donde conviven true crime, porno-terror y found footage como conductores de una potente crítica al consumo de cuerpos, observando internet sus dinámicas voyeurísticas.

El francés Mathieu Morel, fundador del colectivo Rabbit Hole, también ha hecho acto de presencia con su retrospectiva Mathieu Morel: Sex & Love. Sus filmes atraviesan melodrama, erotismo, fantasía y terror y nos recuerdan que el cine queer ha encontrado históricamente en la hibridación formal una herramienta de supervivencia y de libertad.

La ya indispensable Grindhouse Queer nos trajo una doble sesión para pasar un rato divertido. Con producción de telefilm vimos Hag, de Sam Wineman, un exploit de Mujer Blanca Soltera Busca donde la co-protagonista está obsesionada con ser una mariliendre. El otro título es Shrunken Heads, clásico de videoclub dirigido por Richard Elfman, donde unos niños regresan como cabezas reducidas para vengarse de sus asesinos. Ambas películas ofrecieron una celebración festiva del cine exploitation, reivindicado aquí no como placer culpable sino como fertilizante de la irreverencia y lo camp. La presencia de Santa Catalina como anfitriona reforzó precisamente esa dimensión performativa y festiva.

Por supuesto tenemos que hablar de La Sección Oficial, donde se presentaron doce cortometrajes a competición que recogían la esencia de Walpurgis con disidencias y conflictos vinculados a la violencia estructural, la identidad y la exclusión. Y aquí hay que destacar al flamante ganador: Killjote, que se ha alzado con el premio tanto del jurado como del público. Dirigido por Ángel Villahermosa, expone la realidad de muchas mujeres que han tenido que ocultar su identidad y sentimientos a lo largo de toda su vida, viviendo atrapadas en matrimonios violentos. La combinación perfecta de terror y representación, a través de una pareja ya en la vejez y que desean vivir el amor como siempre merecieron.

También destacar de esta sección Lencería Milagros, que comulga en mensaje con la ganadora; Buitres, una fuerte crítica a la especulación de la vivienda; o Mátame, que expone los abusos dentro de la industria y la fetichización de las personas trans.

No se puede hablar de terror queer sin reivindicar la figura de mujeres a los mandos. Para ello, la cineasta ilicitana Lucía Forner Segarra proyectó tres de sus cortos: Marta, Dana y Berta. Dos de ellos cuestionan críticamente el subgénero rape & revenge desde una mirada contemporánea y feminista. También resultó significativa la inauguración con The Serpent’s Skin, de Alice Maio Mackay, donde dos chicas trans descubren poderes sobrenaturales para enfrentarse al heteropatriarcado.

El cierre, en cambio, optó por la ironía. Sex Madness (1938), documental moralista sobre los supuestos peligros del sexo libre y las enfermedades venéreas. Previo a este, Tu tijera en mi oreja de Carlos Ruano, una comedia llena de tensión sobre bullying y homofobia. Una clausura que recordó hasta qué punto el terror ha servido históricamente para disciplinar cuerpos y sexualidades, pero también cómo puede ser reapropiado para desmontar esos mismos discursos.

Entre proyecciones, se pudo disfrutar del crossover en directo Oye, Baby & Jane: ¡Estamos Vivas! donde se conversó sobre una variedad de títulos exploit de manera desenfadada y divertida. También se contó con una interesantísima mesa redonda sobre el cine de explotación con perspectiva de género, formada por Lucía Forner, Sabina Pujol y Belit Lago. Y autoras como Alicia Albares, María Fernanda Ampuero, Desirée de Fez y Katherine Vega reflexionaron sobre la escritura del horror y las formas contemporáneas del miedo en Gigamesh.

Si algo dejó claro esta segunda edición es que el terror queer no se limita a añadir personajes del colectivo dentro de códigos ya existentes como si estuvieran rellenando un cupo. Lo que hace es subvertir esos códigos. Los monstruos, las metamorfosis y los cuerpos fuera de norma han funcionado durante décadas como metáforas involuntarias, a veces de forma deliberada, de aquello que la cultura dominante consideraba como vergonzoso. Este festival recoge esta idea y la reformula desde el presente.

Walpurgis terminó por confirmar algo que ya se intuía en su debut y es que no estamos ante un festival que utilice la etiqueta queer como reclamo pasajero, sino ante un proyecto cultural que entiende el terror como algo afectivo, donde hacer comunidad y ser críticos.

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora