A El Gran Wyoming casi todo el mundo lo conoce por su ironía, sus gafas y esa capacidad para decir en televisión lo que muchos piensan mientras cenan frente a la pantalla. Pero antes de convertirse en uno de los grandes nombres del humor televisivo español, José Miguel Monzón ya llevaba años subiéndose a escenarios. Y no precisamente para contar chistes. Su primera herramienta para hacerse escuchar fue una guitarra.
Porque Wyoming no es uno de esos famosos que, después de triunfar, deciden probar suerte en la música. En su caso, llegó antes el rock que la televisión. Las cámaras aparecieron después, cuando ya había acumulado noches de conciertos, amplificadores y escenarios improvisados. Una trayectoria musical que ha discurrido en paralelo a su carrera como presentador y que explica bastante bien de dónde sale ese personaje al que cuesta imaginar hablando completamente en serio.
Todo empezó en el Madrid de finales de los setenta, cuando la ciudad comenzaba a descubrir nuevas formas de expresión y la música se convertía en refugio para una generación que tenía muchas cosas que decir. Allí nació Paracelso, una banda de rock en la que Wyoming compartía escenario con músicos como Maestro Reverendo, su hermano Julián Monzón, Aris Cuenca y Celso Velasco.
No era un grupo cualquiera dentro de aquella escena emergente. En 1978, Paracelso ganó la primera edición del Trofeo Rock Villa de Madrid con El trapichero, una canción que dejó constancia de una formación que prefería el descaro a las convenciones. Un año después, los músicos regresaron al certamen bajo otro nombre, El Gran Wyoming y su Banda, y volvieron a llevarse el premio. Las normas impedían repetir participación con la misma denominación, pero no parecían contemplar semejante maniobra.
Visto con perspectiva, aquella pequeña trampa tenía bastante del Wyoming que terminaríamos conociendo. La inclinación a cuestionar las reglas, la provocación y ese humor que aparece incluso cuando nadie lo espera ya formaban parte de su manera de entender el espectáculo.
El rock también podía hacer reír
Paracelso terminó separándose, pero Wyoming encontró en Ángel Muñoz, conocido como Maestro Reverendo, a uno de sus grandes compañeros de aventuras musicales. Juntos comenzaron a recorrer bares y pequeños locales madrileños con una propuesta difícil de encasillar. Había canciones, improvisación, bromas y una relación con el público que podía convertir cualquier actuación en algo completamente distinto a lo previsto.
Durante años, aquellos escenarios fueron su particular escuela. No había teleprompter, realización ni posibilidad de repetir una toma. Si un chiste no funcionaba, había que encontrar otro sobre la marcha. Y si alguien interrumpía desde una mesa, mejor todavía. La improvisación acabó convirtiéndose en una de las señas de identidad de sus espectáculos.
Aquella complicidad también dio lugar a Tres Tristes Tigres, un proyecto compartido con Moncho Alpuente que reunía música y humor en una misma propuesta. El ingenio de Alpuente, la versatilidad de Reverendo y la personalidad de Wyoming encajaban en una fórmula que no distinguía demasiado entre hacer reír y hacer pensar.
La relación artística con Maestro Reverendo se prolongó durante más de dos décadas. Su fallecimiento en 2012 cerró una etapa importante de la vida musical de Wyoming, aunque no acabó con sus ganas de seguir tocando.
Los Insolventes y las ganas de seguir haciendo ruido
Con una carrera televisiva más que consolidada, Wyoming volvió a encontrar una banda con la que compartir escenario. En 2009 nació Wyoming y Los Insolventes, un proyecto surgido de un encuentro con músicos que actuaban en un bar madrileño. Lo que comenzó como una colaboración espontánea acabó convirtiéndose en una formación estable.
Acompañado por Miguel Ángel Ariza, Luis de Diego y José Alberto Solís, integrantes de La Última Experiencia, el presentador recuperó su faceta más rockera a través de versiones de grandes clásicos. Jimi Hendrix, Eric Clapton o Led Zeppelin formaban parte del universo musical de una banda que apostaba por el directo, las guitarras y el placer de tocar canciones que llevaban décadas escuchando.
Los Insolventes terminaron recorriendo escenarios de toda España y celebraron su décimo aniversario en La Riviera de Madrid, acompañados por invitados como Rosendo, Miguel Ríos, El Drogas e Iván Ferreiro. Una reunión que decía bastante del cariño y el reconocimiento que Wyoming había cosechado también dentro de la música.
Lo curioso es que, a pesar de su popularidad televisiva, nunca pareció interesado en presentar esta faceta como una segunda carrera. Para él, la música no era una novedad ni una extravagancia. Era algo que llevaba haciendo desde mucho antes de que millones de espectadores aprendieran a reconocerlo detrás de una mesa de televisión.
Paracelso, Tres Tristes Tigres, sus años junto a Maestro Reverendo y Los Insolventes forman parte de una misma historia. La de un músico que encontró en el humor otra manera de expresarse sin renunciar a las guitarras.
Quizá por eso Wyoming siempre ha parecido tan cómodo delante de un micrófono, independientemente de que tenga que cantar una canción o comentar la actualidad. Después de tantas noches tocando en bares, lo verdaderamente extraño habría sido que terminara llevando una vida silenciosa.
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