El hard techno, ese latido acelerado que ha conquistado a una nueva generación de clubbers en Europa y América, vive su momento más oscuro. Lo que hasta hace apenas unas semanas era una escena en plena expansión -con macrofestivales, giras internacionales y sold outs en templos electrónicos- se ha convertido en un campo minado de acusaciones, comunicados y cancelaciones de última hora.

La escena musical electrónica ha vivido en las últimas semanas un movimiento sísmico sin precedentes. La ola de acusaciones públicas comenzó cuando un usuario de Instagram que se identifica como @bradnolimit, y que afirma haber trabajado con la agencia STEER Management (con sedes en París y Miami), compartió una serie de testimonios, capturas y mensajes que apuntan a presuntas conductas abusivas y sexuales inadecuadas por parte de varios DJs prominentes en el circuito del hard techno.

Los llamados “STEER Files”, así designados por el usuario, han acumulado una enorme viralidad en redes: Instagram, X y Reddit fueron los canales donde empezaron a circular capturas de conversaciones, testimonios y señalamientos directos contra varias figuras del género. Entre ellos aparecen DJs de renombre como Shlømo, Basswell, Fantasm, CARV y Odymel.

“Tomé la decisión consciente en agosto de 2025 de separarme de Steer después de que deterioraran completamente mi salud mental, mis valores y mis principios individuales fundamentales”, escribió Brad No Limit en uno de sus primeros mensajes. En otra publicación, fue más allá y señaló directamente a Basswell, asegurando que había violado a una mujer y que estaban emergiendo nuevos testimonios. Las afirmaciones, de extrema gravedad, aún no han derivado en cargos judiciales confirmados, pero han bastado para desencadenar una reacción en cadena.

Festivales que pisan el freno

La primera onda expansiva se sintió en España. El festival Medusa Sunbeach Festival, que se celebrará del 13 al 17 de agosto, anunció la retirada de Basswell y Shlømo de su cartel. En un comunicado, la organización explicó que, “ante la gravedad de la situación y hasta que los hechos se esclarezcan”, optaba por suspender su participación para “garantizar un entorno seguro y respetuoso”.

El movimiento no fue aislado. La sala Fabrik, uno de los grandes bastiones del techno en Madrid, prescindió de CARV en su próxima edición de CODE. También el histórico Monegros Desert Festival, que cada julio convierte el desierto aragonés en una rave multitudinaria, comunicó que cancelaba actuaciones de forma preventiva “por responsabilidad y protección de la comunidad”.

La agencia Steer Management, que representaba a los artistas señalados, publicó inicialmente que investigaría los hechos. Apenas 24 horas después, y tras un aluvión de críticas, anunció la suspensión de colaboraciones con los implicados mientras se revisaban las acusaciones. “La inacción no es una opción”, afirmaron.

Silencio, defensa y retirada

Los artistas mencionados no han permanecido en silencio. CARV reconoció haber mantenido conversaciones explícitas por chat y haber enviado imágenes íntimas, pero negó cualquier conducta no consensuada o delito. Admitió haber sido infiel y haber hecho “un mal uso” de las redes sociales, y anunció una pausa indefinida en su proyecto artístico.

Shlømo, por su parte, comunicó que se retiraba temporalmente para analizar la situación con su equipo legal. En un mensaje posterior negó haber cometido abusos sexuales y denunció ser víctima de una campaña de difamación impulsada, según él, por el propio Brad No Limit, a quien acusó de actuar por venganza.

En paralelo, la escena femenina del hard techno rompió su habitual discreción. Figuras de enorme influencia como Amelie Lens, Indira Paganotto y Sara Landry reaccionaron públicamente, defendiendo la necesidad de entornos seguros y de escuchar a las víctimas. Sin señalar directamente a compañeros, sus mensajes marcaron un cambio de tono: el hard techno ya no puede refugiarse en la cultura del backstage hermético.

Más allá de los nombres propios, el caso abre una grieta estructural. El hard techno ha crecido de forma vertiginosa en los últimos cinco años. Ritmos cada vez más rápidos, estética oscura, sexualidad explícita en redes y una narrativa de exceso han convertido a sus DJs en ídolos virales. En ese contexto, la línea entre artista y fan se vuelve difusa, y el desequilibrio de poder se amplifica.

La cultura de club ha sido históricamente un espacio de libertad y disidencia. Pero también ha convivido con dinámicas de abuso, silencio y complicidad. El #MeToo ya sacudió hace años a la industria cultural, pero el underground electrónico parecía, en muchos casos, mirarse en otro espejo, convencido de que su marginalidad lo blindaba de los vicios del mainstream.

Hoy esa coartada se tambalea.

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio