Un vestuario de fútbol antes de un partido es uno de esos lugares que el público imagina mucho más de lo que conoce. Hay instrucciones tácticas, vendas, camisetas ordenadas, bromas nerviosas y silencios que aparecen cuando se acerca la hora de salir al campo. Y, por encima de todo, hay música.

La lista escogida por los jugadores españoles ofrece un retrato bastante preciso de una generación que escucha sin fronteras. En ella conviven las estrellas latinas del momento, clásicos del hip hop, pop internacional, electrónica, rap español y canciones que llevan años sobreviviendo a modas, algoritmos y cambios de vestuario.

El viaje empieza con Otra noche en Miami, de Bad Bunny. No es precisamente una entrada explosiva. La canción avanza entre la melancolía, la noche y cierta sensación de soledad, como si antes de la euforia competitiva hubiera tiempo para mirar por la ventana del autobús y pensar en todo lo que queda lejos.

La calma, sin embargo, dura poco. Bad Bunny no solo abre la selección musical, también se convierte en el gran capitán del altavoz. Aparece en un x100to, junto a Grupo Frontera, y vuelve con Tití Me PreguntóLA CANCIÓNBAILE INoLVIDABLENUEVAYoL y DtMF.

Siete canciones del artista puertorriqueño convierten su repertorio en la columna vertebral del vestuario. En sus temas hay celebración, arrogancia, desamor, nostalgia y ritmos capaces de poner en movimiento a cualquiera. Una mezcla especialmente útil durante una concentración larga, donde los jugadores tienen que convivir con la presión, la espera y los cambios de ánimo.

Quevedo juega en casa

Si Bad Bunny domina el centro del campo musical, Quevedo representa buena parte del acento español. El canario aparece con LA GRACIOSA, junto a Elvis Crespo, con AL GOLPITO, en colaboración con Nueva Línea, y con MI BALCÓN.

En el fútbol moderno se habla de presión alta, automatismos y ocupación de espacios. Pero existe otro automatismo mucho más antiguo. Cuando entra un ritmo caribeño, alguien acaba golpeando una taquilla como si fuera un instrumento de percusión.

La presencia española se completa con MoradDonde están, RosalíaDESPECHÁ, y Aitana con SUPERESTRELLA. También aparecen Feid, Maluma, La Pantera y varios nombres ligados a la música urbana actual.

No es una colección pensada para exhibir erudición musical, sino para funcionar en grupo. Esa diferencia es importante. Una canción puede ser brillante y, al mismo tiempo, fracasar ante una sala llena de futbolistas que necesita energía inmediata. En un vestuario no siempre gana la obra más sofisticada. Gana la que consigue que veinte personas levanten la cabeza al mismo tiempo.

DESPECHÁ juega con ventaja en ese terreno. Tiene un estribillo reconocible, ritmo instantáneo y la capacidad de incorporarse a la fiesta sin pedir explicaciones. SUPERESTRELLA aporta una dosis de pop luminoso. Morad introduce una voz más áspera y directa. El resultado es una sucesión de estilos que permite pasar de la celebración a la concentración en cuestión de segundos.

Algo parecido sucede con Trust In The Process, de Dillz. El título parece sacado directamente del lenguaje de un entrenador. Confiar en el proceso significa entrenar, esperar, insistir y aceptar que no todos los resultados llegan de inmediato.

La idea sirve para un futbolista suplente, para un joven que busca minutos o para un equipo obligado a mantener la paciencia. También puede aplicarse al aficionado que observa cómo pasan los minutos mientras el marcador continúa sin moverse.

El recorrido cambia de tono con Sound of da Police, de KRS-One, y Shook Ones, Pt. II, de Mobb Deep. El ambiente deja atrás la ligereza del pop y se adentra en un hip hop más oscuro, contundente y reconocible.

En español, Kase.O entra por partida doble. Primero aparece con Intro Camisa de la fuerza, junto a Hazhe, y después cierra la selección con Ringui Dingui, junto a SFDK.

En medio de las novedades urbanas, Michael Jackson se cuela como ese veterano al que nadie se atreve a dejar fuera de una gran competición. No necesita presentación, periodo de adaptación ni instrucciones tácticas. Su línea de bajo basta para cambiar el lenguaje corporal de una habitación entera.

A su alrededor aparecen otros giros inesperados. Magalenha, de Sérgio Mendes, aporta ritmo brasileño. Walking on a Dream, de Empire of the Sun, abre una ventana hacia la electrónica y el pop alternativo. Whatcha Say, de Jason Derulo, recupera el sonido comercial de finales de la primera década de los años 2000. Beauty and a Beat, de Justin Bieber y Nicki Minaj, añade una dosis de pop explosivo.

La recta final guarda un golpe de nostalgia para quienes descubrieron el reguetón cuando las canciones todavía se compartían por Bluetooth. El Teléfono, de Héctor El Father, Wisin y Yandel, y ¿Qué Tengo Que Hacer?, de Daddy Yankee, convierten el vestuario en una máquina del tiempo.

Después de 46 canciones, la fotografía resulta bastante clara. Hay mucho Bad Bunny, una importante representación de la música urbana española, rap clásico, electrónica, pop global, merengue y reguetón de la vieja escuela.

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