Febrero siempre llega antes a Canarias. No en el calendario, claro, sino en el ánimo: cuando en otros lugares el invierno aún pesa, en las islas ya se ensaya la alegría. Las costureras rematan disfraces, las murgas afinan la ironía y la calle empieza a latir con esa electricidad previa a lo extraordinario. En ese punto exacto -ni del todo cotidiano ni todavía desbordado- aparece Ni Borracho, el nuevo lanzamiento de Quevedo, como si la canción hubiese estado esperando su momento igual que espera una comparsa tras la esquina.
El movimiento tiene algo de gesto íntimo. Después de años de expansión internacional, cifras millonarias y escenarios multitudinarios, el artista regresa simbólicamente al territorio que lo vio crecer para dialogar con una de sus celebraciones más profundas. No lo hace desde la nostalgia ni desde el folclore congelado, sino desde un presente sonoro que entiende el Carnaval como cultura viva. La canción no mira a las islas como postal, sino como pulso.
Musicalmente, Ni Borracho ensancha el vocabulario habitual de Quevedo. La cadencia urbana que define su identidad permanece, pero se deja atravesar por metales festivos, percusiones cálidas y un ritmo cercano al merengue que empuja hacia el baile colectivo. Todo suena luminoso, exterior, pensado para existir en plural. No es una canción para escuchar en soledad, sino para corear con desconocidos que, durante unas horas, dejan de serlo.
Esa dimensión comunitaria conecta con la propia naturaleza del Carnaval canario, una celebración donde tradición popular, industria cultural y economía emocional conviven sin jerarquías claras. Durante semanas, la calle se convierte en escenario y refugio a la vez; un lugar donde la identidad se negocia entre el disfraz y la música. Que una figura central del pop español decida escribirle una banda sonora explícita a ese fenómeno revela hasta qué punto la fiesta sigue siendo un motor cultural y no solo turístico.
También resulta significativo el momento elegido dentro de la trayectoria del cantante. Tras consolidar su alcance global y recorrer grandes recintos, Quevedo opta por un gesto de raíz, casi de proximidad. En lugar de perseguir una neutralidad internacional, profundiza en lo local como vía hacia lo universal. Es una decisión artística que contradice ciertas lógicas de la industria, pero confirma una intuición antigua: lo verdaderamente propio suele viajar más lejos que lo genérico.
Al final, Ni Borracho funciona como algo más que un lanzamiento estacional. Es una intervención cultural en miniatura: una canción que reafirma territorio, comunidad y memoria compartida dentro de una industria acostumbrada a lo efímero. Puede que su destino inmediato sea sonar en carrozas, verbenas y noches interminables, pero su gesto más duradero es otro: demostrar que el pop aún puede pertenecer a un lugar concreto.
Y quizá ahí resida su mayor acierto. Mientras buena parte de la música contemporánea busca no molestar a nadie para gustar a todos, Quevedo elige lo contrario: nombrar una fiesta, un paisaje y una forma de alegría. Convertir el Carnaval en canción no es solo celebrar; es decir, con ritmo y sin solemnidad, que hay identidades que también se construyen bailando.