Imagínate que tu gran pasión fuese la música. Que escuchar un disco te provocase esa sensación de querer dedicarte a ella, de querer mezclar canciones, tocar botones, mover faders y hacer bailar a cientos de personas. Ahora imagínate haber nacido sin brazos. Para muchos, ambas realidades podrían parecer incompatibles. Para Pascal Kleiman, simplemente significaron que tendría que encontrar su propia manera de ponerse frente a una mesa de mezclas. Y la encontró.

Kleiman nació en Toulouse, Francia, en 1968, sin extremidades superiores. Sin embargo, contar su historia únicamente como la del DJ que pincha con los pies sería quedarse con la fotografía y olvidarse de escuchar la sesión.

Pascal creció rodeado de música. Su padre tocaba el clarinete de jazz y su abuelo varios instrumentos. Durante su adolescencia comenzó a comprar discos compulsivamente y a interesarse por géneros que estaban lejos del circuito comercial.

Reggae, dub, punk, funk, new wave y electrónica fueron construyendo un gusto musical que terminaría convirtiéndose en profesión.

En los años ochenta participó en el fenómeno de las radios libres francesas y puso en marcha un programa llamado Virus. Allí programaba punk, funk underground y propuestas electrónicas cuando muchos de aquellos sonidos todavía parecían pertenecer a una pequeña tribu.

Antes de hacer bailar al público de una discoteca, Kleiman ya estaba haciendo lo esencial para cualquier DJ. Seleccionar música y compartirla.

El gran cambio llegó en 1989, cuando el acid house comenzaba a transformar las pistas de baile europeas. Kleiman compró dos platos Technics MK2 y un mezclador y empezó a practicar. Lo hizo con los pies. No como espectáculo, sino porque desde niño había aprendido a utilizarlos para prácticamente todo. Escribir, manejar objetos, cocinar y, llegado el momento, también colocar un vinilo sobre un plato.

Un DJ que nunca quiso vivir de la sorpresa

La imagen de Pascal Kleiman pinchando resulta inevitablemente llamativa. Basta observarlo unos segundos para entender por qué durante años muchos medios se acercaron a él atraídos inicialmente por su discapacidad.

Pero esa curiosidad también ha sido uno de los grandes conflictos de su carrera. Kleiman nunca quiso que lo contrataran porque era capaz de pinchar con los pies. Quería que lo contrataran porque era un buen DJ.

Ya durante los años noventa hablaba públicamente sobre el peligro de convertir su trabajo en una historia de compasión o superación. La discapacidad podía conseguir una primera mirada, pero después tenía que llegar la música.

A principios de los noventa aterrizó en España y pasó por Attica, uno de los clubes esenciales de la escena electrónica madrileña. Poco después acabó instalándose en Valencia, justo cuando la ciudad vivía uno de los momentos más intensos de su historia nocturna. Era el universo que más tarde quedaría agrupado bajo la etiqueta de la Ruta del Bakalao.

Pascal encontró allí un territorio prácticamente perfecto para su manera de entender la electrónica. Pasó por salas y clubes relacionados con aquella escena como Barraca, Puzzle, Chocolate o ACTV y fue construyendo una identidad musical difícil de encerrar dentro de una única etiqueta.

Techno de Detroit, house de Chicago, electrónica británica, EBM, trance, dub, punk y funk han convivido durante décadas dentro de su universo sonoro. Para él, un DJ no debería limitarse a reproducir canciones. Debe construir conexiones entre estilos, épocas y escenas diferentes.

Durante sus años en Valencia participó en proyectos discográficos, puso en marcha sellos y estuvo relacionado con una tienda y distribuidora de música. En definitiva, formó parte de esa infraestructura invisible que permite que exista una escena electrónica más allá de las discotecas.

Del club a los premios Goya

Su historia llegó incluso al cine. En 2008 el director Ángel Loza convirtió su vida en el cortometraje documental Héroes. No hacen falta alas para volar. La película recorrió diferentes festivales y terminó consiguiendo el Premio Goya al mejor cortometraje documental en 2009.

Paradójicamente, mientras Pascal llevaba años intentando que su discapacidad no eclipsara su música, su experiencia personal terminaba convirtiéndose en protagonista de una película premiada por la Academia de Cine.

Pascal Kleiman no lleva más de tres décadas trabajando en la música electrónica para demostrar que una persona sin brazos puede convertirse en DJ. Pascal Kleiman lleva más de tres décadas trabajando porque es DJ.

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