Donald Trump eligió la canción equivocada. O quizá sabía perfectamente lo que estaba haciendo. En noviembre de 2025, su Administración utilizó All-American Bitch, uno de los temas más afilados de Olivia Rodrigo, para acompañar un vídeo sobre las deportaciones de inmigrantes. La elección tenía algo de provocación y bastante de ironía involuntaria. Una canción que se burla de las exigencias impuestas a las mujeres estadounidenses acababa convertida en banda sonora de la política migratoria republicana. Olivia no tardó en responder y dejó claro que su música no estaba disponible para ese espectáculo. La artista que había conquistado el mundo cantándole a un exnovio acababa de encontrar un adversario bastante más poderoso.
Y no era precisamente su primera incursión en política. A sus 23 años, Olivia Rodrigo ha hecho de su popularidad una plataforma desde la que cuestionar las decisiones de Donald Trump, defender el derecho al aborto y reclamar una mayor implicación de las generaciones jóvenes en el futuro de Estados Unidos. Su activismo adquiere especial relevancia a las puertas de las elecciones de mitad de mandato del próximo 3 de noviembre, una cita que puede cambiar el equilibrio de poder en Washington.
Resulta curioso que una industria obsesionada con fabricar ídolos capaces de gustar a todo el mundo siga sorprendiéndose cuando alguno decide tener opinión propia. Rodrigo ha comprendido que una estrella del pop puede cantar sobre desamor sin permanecer ajena a lo que sucede fuera del escenario. Y que la rabia adolescente que vende millones de discos también puede tener una dimensión política.
De las listas de éxitos a las urnas
El próximo 3 de noviembre de 2026, Estados Unidos celebrará sus elecciones de mitad de mandato, conocidas como midterms. Estarán en juego los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 del Senado, incluidas dos elecciones especiales. Su resultado determinará hasta qué punto Donald Trump podrá impulsar su agenda durante los dos últimos años de su presidencia.
Aunque las elecciones presidenciales suelen acaparar la atención mediática, estas legislativas pueden convertirse en un contrapeso al Gobierno. Una mayoría demócrata en alguna de las cámaras permitiría reforzar la fiscalización del Ejecutivo, mientras que la continuidad del control republicano facilitaría buena parte de sus prioridades políticas.
Olivia Rodrigo wears an Amy Acton for Governor shirt during the Unraveled Tour in Columbus, Ohio. https://t.co/CTgND6r2pn
— Pop Base (@PopBase) October 30, 2026
El enfrentamiento con la Administración estadounidense comenzó cuando el Departamento de Seguridad Nacional utilizó All-American Bitch en una publicación relacionada con las deportaciones de inmigrantes.
La canción, incluida en su segundo álbum, GUTS, cuestiona las expectativas contradictorias que pesan sobre las mujeres, obligadas a mostrarse amables, complacientes y emocionalmente impecables incluso cuando tienen motivos para estar furiosas. Que terminara acompañando imágenes de actuaciones migratorias parecía una contradicción demasiado evidente como para pasar inadvertida.
Olivia respondió públicamente y exigió que su música no se utilizara para difundir lo que calificó de propaganda racista y de odio. Meses después, reflexionó sobre la posibilidad de que la Administración buscara deliberadamente enfrentamientos con celebridades para desviar la atención de otras decisiones políticas.
Del escenario al activismo por los derechos de las mujeres
El pasado 29 de agosto, Olivia Rodrigo impulsó en Irvine, California, el festival benéfico Daisy Chain Fields, que reunió a artistas como Chappell Roan, Doechii, Bikini Kill y Stevie Nicks alrededor de una propuesta centrada en la defensa de los derechos de las mujeres.
El acontecimiento congregó a más de 45.000 personas y permitió movilizar 20 millones de dólares, diez millones recaudados por la iniciativa y otros diez comprometidos por Melinda French Gates.
Durante décadas, la industria musical ha cultivado una contradicción bastante rentable. Quiere artistas con personalidad, siempre que esa personalidad no incomode demasiado. Les permite ser provocadores sobre el escenario, pero espera prudencia cuando la conversación abandona la música y entra en cuestiones políticas.
Olivia Rodrigo parece poco interesada en aceptar esas condiciones.
Su canción Serena Joy, publicada este verano, toma su nombre de uno de los personajes de El cuento de la criada, la novela de Margaret Atwood que retrata una sociedad autoritaria donde las mujeres pierden el control sobre sus propios cuerpos. La referencia conecta su universo musical con las preocupaciones que atraviesan el debate estadounidense sobre los derechos reproductivos.
La cantante no está sola. Billie Eilish, Chappell Roan y Bad Bunny también han utilizado su popularidad para pronunciarse sobre inmigración, derechos civiles y conflictos internacionales. El pop contemporáneo está recuperando una dimensión política que nunca desapareció del todo, aunque durante años parte de la industria prefiriera mantenerla fuera de los grandes escaparates comerciales.
Eso no significa que todos los artistas deban convertirse en activistas. Tampoco que tener millones de seguidores otorgue automáticamente autoridad política. Pero sí cuestiona la idea de que una celebridad deba guardar silencio sobre las decisiones que afectan a su generación.
¿Puede Olivia Rodrigo movilizar a los jóvenes en las elecciones?
Convertir su popularidad en una predicción de votos sería tan aventurado como confundir las reproducciones de Spotify con una encuesta electoral. Sin embargo, su influencia no tiene por qué medirse exclusivamente en papeletas. También reside en conseguir que asuntos como el aborto, la inmigración o las libertades individuales entren en conversaciones donde antes apenas aparecían.
Puede que Olivia Rodrigo no cambie el resultado del 3 de noviembre. Pero mientras los partidos estadounidenses buscan desesperadamente nuevas fórmulas para conectar con los jóvenes, una de las artistas más escuchadas de su generación lleva tiempo recordándoles que la política también tiene consecuencias en sus vidas.
Empezó cantando sobre un carné de conducir y un corazón roto. Ahora, sin dejar de hacerlo, también tiene algo que decir sobre quién conduce Estados Unidos.
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