La segunda parte de la entrevista lleva a Tanxugueiras a dibujar su propio cuarto. El resultado no es un simple juego visual, sino una forma de autorretrato. Cada una proyecta en el papel sus miedos, sus refugios, sus vínculos y sus maneras de defenderse de lo que queda al otro lado de la ventana.

Sabela titula su dibujo "Todo lo que tengo en mi cabeza". Lo primero que aparecen son puertas. Muchas puertas. Aunque el cuarto debería ser un lugar seguro, ella necesita saber que puede escapar.

“Necesito ver muchas puertas por si tengo que escapar”, explica. En su habitación hay una puerta de entrada y otra de salida, una ventana con reja, una cama para descansar y un sol acompañado de nubes negras. La luz está, pero no llega limpia del todo.

También dibuja una mesa con contratos encima y unas esposas. La imagen no necesita demasiada explicación: “Contratos leoninos que atan a un artista sin saber que lo atan de por vida”. Frente a esa atadura aparece una llave. Y también una estrella, símbolo de quienes las guiaron y ayudaron a liberarse.

Pero el cuarto de Sabela no está hecho solo de amenaza. Hay un corazón donde caben su madre, su padre, sus animales, sus amistades, su pareja, sus hermanos, Tanxugueiras y el equipo sano: “el equipo que guía”. En ese cuarto, lo peligroso existe, pero también la red que permite sostenerse.

Aida, en cambio, dibuja desde otro tono. Su cuarto se titula "Paz y amor y el plus para el salón". Ella se representa como el señor Burns en aquel capítulo de Los Simpson en el que aparece diciendo “paz y amor”. Está con su moño, escuchando música, rodeada de sus gatos y acompañada por su perrita Leira. La escena tiene humor, pero también una idea clara de calma.

“Mi habitación está recogida porque eso es paz mental”, dice. En la pared coloca una foto de la gente que la acompaña: familia, amistades, pareja. No están siempre físicamente, pero sí en su cabeza, dentro de ese cuarto ordenado.

Fuera de la ventana, sin embargo, sigue habiendo un monstruo. El monstruo trae contratos, miedo, vigilancia. Pero Sabela ha llenado su cuarto de mecanismos de defensa: pistolas, lanzas, flechas, una cámara de vigilancia y un ojo que mira siempre hacia fuera. Los miedos siguen ahí, detrás del cristal, pero no tienen por qué entrar.

“Siempre van a estar los miedos y siempre van a estar detrás de la ventana, pero yo estoy tranquila”, resume. Y añade un detalle final: un cubo lleno de mierda. Porque en su habitación todavía hay cosas que limpiar y cosas que aprender. La paz no es perfección.

El dibujo de Olaia se llama "Morrer para vivir": morir para poder seguir viviendo y resucitar. Su cuarto está lleno de colores, incluso cuando habla de depresión. Hay una luna negra junto a un sol, nubes, relámpagos, lluvia y un corazón roto que, aun así, no se queda en la oscuridad para siempre.

“Mi corazón no está tan negro”, dice. En su habitación también aparece una silla con ropa de colores. Por la noche parece un monstruo; de día, cuando entra la luz, se revela como lo que es: una silla desordenada. La imagen resume buena parte del disco. El miedo cambia cuando cambia la luz.

Olaia dibuja también estados de ánimo que se suceden en un mismo día: miedo, tristeza, enfado, felicidad. Y vuelve a una de las metáforas más hermosas del álbum: llorar hasta que crezcan los mares. “Tenemos que llorar mucho, mucho, mucho”, dice, antes de llegar al final del recorrido, donde aparece la paz.

En su mesilla hay dos velas. Sirven para iluminar la noche, para no tener miedo y para mirar mejor esa silla que parecía un monstruo. En realidad, como en O Cuarto, todo consiste en aprender a mirar de nuevo.

Tanxugueiras han hecho de ese cuarto un lugar donde el miedo no desaparece, pero se vuelve habitable. Donde la industria, la presión y las heridas se nombran sin convertirlas en espectáculo. Donde la tradición no es una postal, sino una casa a la que regresar. Y donde tres artistas que han pasado por la noche juntas descubren que, quizá, la única forma de salir era quedarse un momento dentro, cerrar la puerta, encender una vela y volver a escucharse.

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