Hay quien cree que la Semana Santa se mira. Que todo sucede en el dorado de un palio, en el balanceo de un paso, en la cera derramada, en la geometría antigua de los nazarenos atravesando la noche. Pero no. La Semana Santa, y especialmente la sevillana, también se escucha. A veces, incluso, antes de verse. Una esquina todavía vacía puede anunciarlo todo si de fondo entra una corneta. Una revirá puede parecer una maniobra hermosa; con música, en cambio, se convierte en relato. Y ahí está la clave: las marchas procesionales no son un adorno del rito, sino una de sus formas más profundas de lenguaje.

No es casual que la Semana Santa sea, desde 2017, Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de España. El propio Ministerio de Cultura la define como un conjunto de celebraciones donde se entrelazan religiosidad, tradición, expresiones artísticas y prácticas colectivas transmitidas entre generaciones. Y dentro de ese tejido, la música ocupa un lugar central: no como fondo sonoro, sino como memoria emocional compartida.

En Sevilla, esa verdad adquiere su forma más intensa durante la Madrugá, la noche que enlaza el Jueves Santo con el Viernes Santo y que, según el Consejo General de Hermandades y Cofradías, reúne a seis hermandades emblemáticas: El Silencio, El Gran Poder, La Macarena, El Calvario, Esperanza de Triana y Los Gitanos. Esa noche, la ciudad deja de ser solamente ciudad. Se vuelve una caja de resonancia. Cada calle escucha distinto. Y cada marcha decide, de alguna forma, cómo debe sentirse lo que está ocurriendo.

Por eso hablar de Semana Santa sin detenerse en las marchas musicales es dejar fuera una parte decisiva del acontecimiento. Porque una marcha no solo acompasa el caminar del paso. Marca el tipo de emoción que cabe en ese instante. Puede imponer sobriedad, desbordar ternura, convocar solemnidad o abrir una grieta sentimental en mitad de una plaza abarrotada.

Ahí está, por ejemplo, La Madrugá, una de las composiciones más reconocibles del repertorio cofrade, firmada por Abel Moreno. Su popularidad no es solo una cuestión musical: tiene que ver con su capacidad para condensar una idea entera de Sevilla. No es simplemente una pieza célebre; es una partitura que ha terminado por funcionar como símbolo sonoro de una noche concreta, de una sensibilidad reconocible, de una ciudad que ha aprendido a narrarse a sí misma a través de la música.

Pero la Semana Santa no vive solo de sus himnos más clásicos. También se renueva, se recompone y dialoga con el presente. En ese mapa entra Eternidad, asociada a la Banda de Cornetas y Tambores Rosario de Cádiz y vinculada a los compositores Sergio Larrinaga Soler y Manuel Jesús Guerrero Marín. Eternidad como uno de sus trabajos de mayor repercusión dentro de la música cofrade. La fuerza de esta marcha ayuda a entender cómo el género ha dejado de ser una reliquia encerrada en la costumbre para convertirse en un campo vivo de creación popular, donde conviven tradición, técnica musical y una capacidad inmensa para conectar con públicos muy distintos.

Y ahí aparece algo que a menudo incomoda a quienes miran la Semana Santa con condescendencia: su potencia cultural no depende de que todos compartan la fe. La música procesional rompe esa frontera con facilidad. Hay creyentes que lloran con una marcha porque la sienten como plegaria. Hay no creyentes que se estremecen porque reconocen en ella una forma de belleza colectiva, una dramaturgia del pueblo, una intensidad difícil de encontrar en otros espacios públicos. Puede tener raíz religiosa, sí, pero su efecto es también cívico, cultural y sentimental.

La cultura popular no es menos cultura por ser masiva, religiosa o tradicional. Al contrario. En demasiadas ocasiones, cierta superioridad estética ha intentado colocar la Semana Santa en un lugar folclórico, como si la emoción pública fuese un género menor. Y sin embargo, pocas manifestaciones culturales reúnen con tanta fuerza arte, memoria, organización social, patrimonio y participación ciudadana. La música de las cofradías, con su complejidad y su arraigo, desmonta esa falsa jerarquía. No hay nada menor en una melodía capaz de poner de acuerdo a varias generaciones en mitad de la calle.

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